Manifiesto Redneck

Ya me dirán ustedes si un escritor con esa pinta -y calvo hasta la coronilla, además,- escribiría un libro convencional.

¿Por qué hay que leer el Manifiesto Redneck? Creo que si su autor pudiera responder esta pregunta a un lector le diría ¡para que sepas de qué va esto, joder! Sin el taco final, pues una de las grandes capacidades de Goad es escribir pareciendo que está más cabreado que un mono -y posiblemente lo está- sin usar una sola palabrota. Ni siquiera en sus momentos de mayor indignación.

Esto no es una novela, ni un ensayo. Esto es un manual de instrucciones para comprender la sociedad americana. O al menos a esa parte de ella gracias a la cual Trump es presidente ahora. Eso que en España llamaríamos, más o menos, sur profundo.

Nosotros, paletos hispanoeuropeos, tenemos una rara idea del sur estadounidense, forjado en base a malas películas, eructos de whisky y una música entre rock, rockabilly y country. Lo cierto es que es un área geográfica, la de la antigua Confederación, donde viven los rednecks, hillbillies y crackers, tres sinónimos traducibles por la palabra paleto. Si lo pensamos, de la sociedad española desapareció ese tipo bestial de boina atornillada, hablar raro y más bruto que mandado hacer de encargo. Un motivo de risa en la Puerta del Sol de Madrid, cuando bajaba del autobús con su maleta de cartón y su faja en la cintura. Un icono del cine de los sesenta y setenta ligada irremediablemente a Paco Martínez Soria. Pues bien, de un icono como ese, pero estadounidense, es de lo que habla este libro. Solo que al pasar por la cultura anglosajona, el redneck adquiere unas escalofriantes características que incluyen la endogamia, la pederastia, el amor inmoderado por las armas, y la atrofia mental.

Al menos esa es la visión del prejuicio asentado entre los norteamericanos Made in Usa. Jim Goad nos los presenta de manera mucho más lúcida:

“La auténtica basura (blanca) se estaba preocupando de no dar ese paso en falso que les convierta en indigentes. La auténtica basura estaba viviendo de atún, fideos ramen y macarrones con queso, y muriendo en plena juventud por no poder permitirse todos esos médicos. La auténtica basura estaba forcejeando con la rabia tóxica y agobiante de que nunca iba a mejorar. La auténtica basura no disponía de tiempo para el ingenio, la creatividad ni la elegancia. La auténtica basura tenía dos trabajos y aún así no llegaba.”

Bajo la apariencia de un lenguaje desenfadado, Goad nos conduce por la historia y por el análisis de la sociedad para que entendamos porqué existe una clase trabajadora de raza blanca, y extremadamente pobre, en Estados Unidos. Especialmente interesante resulta el tema de los siervos, esclavos blancos en la práctica, que eran enviados desde Inglaterra a su colonia americana. Su pecado era ser pobres, y el modo de atraparlos y embarcarlos hacia el otro lado del mar no difiere demasiado de lo que se haría más tarde con los negros africanos. Para saber más sobre este aspecto de la historia resulta fantástica “La otra historia de los Estados Unidos”, de Howard Zinn. Pero Zinn es profesor universitario, y Goad tiene más bien un perfil de gamberro de barrio. Un macarra, eso sí, que es capaz de analizar a la perfección la realidad que le rodea.

La edición en español de Dirty Works, con una elegante traducción y notas muy eruditas sobre la sociedad norteamericana. Una joyita, vamos

Precisamente uno de los descubrimientos que hará el lector al leer el volumen es cómo, tras la independencia de EEUU, los terratenientes ricos que conquistaban nuevas tierras no tenían ya esclavos blancos enviados desde Inglaterra. La demanda de esclavos negros subió espectacularmente, y sustituyeron a los blancos. Pero no por ello los descendientes de europeos traídos a la fuerza a la colonia-prisión mejoraron sus condiciones de vida. Y así siguen hasta el día de hoy.

“Es probable que la esclavitud sea abolida por el poder de la guerra, y el cautiverio de esclavos. Tanto yo como mis amigos banqueros de Europa estamos a favor de esto, porque la esclavitud no es más que la propiedad de la mano de obra, lo que conlleva el cuidado de los trabajadores, mientras que el plan de Europa, dirigido por Inglaterra, es que el capital ha de ser quien controle la mano de obra con el control de los salarios…”

Goad toma estas palabras del libro Capitalism Unmasked, capitalismo desenmascarado, de Cook. Reflejan muy bien la tesis que nos propone el Manifiesto, la de que una clase rica, capaz de dominar la política, ha ido aprovechando su posición para disponer de nuevos esclavos blancos. Cierto que son personas con derechos civiles y libertades públicas, pero a la vez desposeídas de la posibilidad de vivir con dignidad en la pobreza. El autor cita el ejemplo de cómo su padre, única fuente de ingresos de su familia, pudo mantener a su mujer y sus cuatro hijos. Mientras que Jim Goad y su mujer, ambos universitarios, no llegan a fin de mes con sus dos extenuantes trabajos. Esta es una realidad universal fraguada desde los años noventa, aunque se haya hecho más visible a raíz de la crisis de 2008. Ya no se habla exclusivamente de ella en el mundo anglosajón, sino en todo el planeta. Focalizándose en los millenials, esa generación nacida a partir de 1980, y que tienen en el horizonte la imposibilidad de tener casa en propiedad, trabajo fijo, y posiblemente hijos. Claro que no son los únicos.

“Las entidades bancarias son más peligrosas que los ejércitos listos para el combate (…) El poder de la emisión (del dinero) hay que arrebatárselo a los bancos y devolvérselo al gobierno y al pueblo, a quienes pertenece. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las entidades que florecerán a su alrededor, privarán a los ciudadanos de toda posesión, hasta que un día sus hijos se despertarán sin casa y sin techo sobre la tierra que sus padres conquistaron.”

Esta frase no es de un economista actual de ideología izquierdista, sino de Thomas Jefferson, principal firmante de la Declaración de Independiencia de Estados Unidos y tercer presidente de ese país. Goad la toma como ejemplo, junto a muchas otras, para explicar un fenómeno que ya hemos vivido, que está a nuestro alrededor, y que explica la imposibilidad de ascenso para la clase de los rednecks, es decir los pobres blancos estadounidenses. Lo mismo les ocurre a los negros, a los millenials, y a los de cualquier otra raza. Y no solo en EEUU, ahora también en Europa. Que se sepa. El Manifiesto lo explica de manera tan clara que ni siquiera hace falta saber qué es una cuenta bancaria para comprender qué llevó a la crisis de 1929, como se replicó en 2008, y cómo todo el sistema financiero actual se sustenta en una gran mentira. Que estallará si sus actores dejan de creer en ella. Todo ello hace que la lectura del libro se convierta en una gigantesca metáfora sobre nuestra época, que se puede aplicar lo mismo a España que a casi cualquier otro punto capitalista del planeta.

Para finalizar el Manifiesto, y profundizando en el aspecto sociológico de todo el asunto, Goad nos explica que la demonización de los rednecks en la cultura, y la construcción en la mentalidad americana del paleto barbáro, endogámico y peligroso, ha sido muy útil para enfrentar a las clases pobres entre sí. Constituyendo una única clase, con idénticos problemas basados en las condiciones laborales, los negros odian a los rednecks, los rednecks a los negratas, los blancos de ciudad (pobres) a los rednecks, y así indefinidamente.

No puedo dejar de señalar una vez más que la traducción de Javier Lucini es magistral. Solo este editor de Dirty Works es capaz de volcar al español de forma comprensible, y con notas aclaratorias, el inglés sureño, su jerga, y sus referentes culturales. La editorial en sí continúa proporcionándonos un riquísimo aporte cultural, que hasta ahora solo estaba disponible en inglés. Eso sí. Si deciden leer éste, u otro cualquiera de sus libros, tengan a mano una botella de bourbon o whisky. Les hará falta.  Y a los de Dirty les hará felices. Si además desean recomendaciones musicales del sur profundo, sigan su facebook. Y cómpreles libros. Se lo merecen.

Invernáculo, de Brian Aldiss

El 19 de agosto de 2017 moría Brian W. Aldiss, y su fallecimiento tuvo una pequeña repercusión, la que merecen esas noticias de fondo que rellenan los apáticos medios de agosto. De no haber sido por el período vacacional, posiblemente ni siquiera se hubiese mencionado a este renovador de la ciencia ficción, que en los años sesenta, como tantos otros escritores, dio una vuelta al género, elevándolo a lo literario, al igual que Arthur C. Clarke, o Isaac Asimov. Tenía 92 años, y en los últimos diez había recibido importantes premios, como la Orden del Imperio Británico por su aportación a la literatura, un doctorado de la Universidad de Liverpool, y el World Fantasy Special Award de la World Fantasy Convention de Brighton, Inglaterra. Una vida larga, y una obra irregular, con altibajos, que tuvo una brillantísima trayectoria entre los años sesenta y finales de los setenta.

Las aportaciones de Aldiss al género no solo se han convertido en referentes, sino que han mutado en incorporaciones a la cultura colectiva. Fue el primero que analizó la posible relación emocional entre un ser humano y una inteligencia artificial, IA, especialmente cuando la máquina supera su carácter de objeto para ser amada. Aunque cuando publicó su relato  “Los súperjuguetes duran todo el verano”, -Super-Toys Last All Summer Long-, no se hablaba de la IA, a diferencia de hoy día, el autor anticipó el paradigma de la IA. En 2001 Steven Spielberg popularizó su narración estrenando “A.I. Inteligencia Artificial”, justo en el momento en que la posibilidad de que los ordenadores pensaran comenzaba a vislumbrarse en el horizonte de Silicon Valley.

Portada original de Hothouse, publicada en castellano como Invernáculo

De toda su obra es Invernáculo la que mejor se acercará a la sensibilidad del lector actual. Especialmente porque supera la parte científica del género para ser una novela de aventuras, viajes y fantasía desbordante. El argumento nos conduce por las tribulaciones de varios grupos de humanos en un mundo miles de años en el futuro. Nuestra raza, para entonces, ha pasado a ser una especie menor en los nichos ecológicos, y lejos de dominar el planeta, sobrevive con dificultad en base a una alta natalidad y a una rápida emancipación de sus niños, que independiza apenas convertidos en adolescentes. La raza ha reducido su tamaño a la mitad, coloreando su piel con un tono verde, a fin de camuflarse. El Sol se ha convertido en una supernova, y el cambio en la radiación de nuestra estrella ha posibilitado un clima ecuatorial, con gran humedad. La Luna ha continuado su acercamiento a la Tierra, estando próxima a su colisión en unos cuantos miles de años más. El resultado de estos cambios es una evolución de las plantas, que han pasado a desplazarse, cazar como depredadores, y desarrollar toda una serie de estrategias destinadas a proporcionarse nutrientes, en base a otras plantas, y a los mamíferos, reptiles e insectos que aún sobreviven. De ese modo encontramos vegetales que vuelan, y atacan desde el cielo, como águilas.

Edición española de Invernáculo por la editorial Minotauro

Lo maravilloso de Aldiss es que convierte este panorama apocalíptico para el ser humano en una historia clásica de zombies. Al menos tal como la entendemos hoy día, mediante la persecución de muertos vivientes sin inteligencia ni velocidad, pero que por número y bajo determinadas circunstancias son letales. Cuando invernáculo fue escrita esta referencia cultural apenas estaba desarrollada, pero él fue capaz de proporcionarnos una verdadera carnicería donde los humanos que acompañan la narración desaparecen súbitamente, atrapados por especies vegetales que ponen los pelos de punta. Lo cierto es que la primera parte parece una enciclopedia de botánica futura, con especies vegetales descritas con sus singulares nombres, cada una de las cuales intercala una tragedia. Y sin una sola línea de aburrimiento.

Para cuando la variedad de vegetales asesinos comienza a cansar, Aldiss nos ofrece un giro, en el que el grupo humano de adultos inicia su ritual de muerte -una especie de suicidio- para dejar que los niños, convertidos en adolescentes, continúen su vida en solitario. Aquí la novela comienza a ser una aventura de viajes en un planeta que conserva el frío en sus polos, o quizá en una cadena montañosa -la narración no aclara este punto-. A través de ese azar que obliga a los protagonistas a trasladarse de un lugar a otro, conocemos otras posibilidades de humanidad. Pues igual que los hombres y mujeres que son descritos constituyen una especie que ha reducido su tamaño a un tercio del actual, para disminuir sus necesidades de alimentación, y han desarrollado un pigmento verde en su piel para camuflarse, otros humanos han adoptado otras estrategias. En zonas frías, un comportamiento tribal, caníbal y un tanto salvaje. En torno a un volcán, han sido parasitados por unos árboles, que manejan su voluntad y son alimentados mediante una conexión, en forma de rama, que parece una cola. Esos hombres proporcionan pescado a la planta-árbol, que ella devuelve por la savia a la sangre en forma de nutrientes, alimentándose a su vez. Pero privándoles de voluntad propia. Existe también una mutación que proporciona alas a los hombres, transformándolos además en una especie de insectos sociales.

El autor en su despacho, rodeado por su biblioteca personal.

Transcurrida más de la mitad del libro, uno se pregunta qué más opciones puede ya proporcionarnos el argumento. Es aquí donde, desde el punto de vista científico, más flojea Invernáculo. Aunque como novela de fantasía – y no ya de ciencia ficción- permanece fiel a su carácter. Los protagonistas descubren que uno de los animales-planta teje hilos, similares a los de araña, entre la cercana Luna y la Tierra, trasladándose del satélite al planeta, y viceversa. Pero la sorpresa argumental nos la depara un hongo. Uno del tipo colmenilla, esa delicia gastronómica del otoño, cuando llueve. En Invernáculo, un hongo entra en simbiosis con el cerebro del protagonista, aumenta su inteligencia y recupera una memoria ancestral, inserta en su adn, que le permite reconocer la evolución de los homínidos. El hongo, con voz propia, se da cuenta de que entró en simbiosis con los monos hace millones de años, y gracias a eso, mediante un largo proceso, acabó originándose el homo sapiens. El problema es que este vegetal tiene un lado oscuro y soberbio, convirtiéndose en un tirano que obliga a su huésped a adoptar comportamientos que le favorezcan. El conflicto entre las dos inteligencias y voluntades hacen que Invernáculo alcance su cénit literario, y también el científico.

La teoría del gen egoísta, de Dawkins, estableció casi una década después de publicado Invernáculo, que los organismos somos máquinas de supervivencia para genes. Recientemente ha comenzado a descubrirse que parte de nuestras decisiones “cerebrales” están condicionadas por la microbiota de nuestros intestinos. Todo apunta a que la voluntad humana no se rige por el libre albedrío, y esa es la propuesta de Aldiss en Invernáculo, mediante su hongo. Mucho antes de que la propia ciencia sugiriera teorías en este sentido.

Estrenada en España como La tienda de los horrores, esta película, basada en un musical de Off-Broadway, explotaba la posibilidad de plantas devoradores de hombres. Fue estrenado en 1986, cuando la influencia cultural de Aldiss y su Invernáculo en la cultura anglosajona era ya enorme.

El final de Invernáculo, después de haberse metido en tantos jardines, vuelve a cambiar el género del libro, adentrándose sin prejuicios en la pura fantasía. Entra en escena un delfín extremadamente inteligente y con dotes de clarividencia. Y uno de los vegetales-animales que viaja entre la Tierra y la Luna acaba convertido en nave espacial. Comenzando un viaje de exploración en busca de mundos habitables, puesto que nuestro planeta acabará absorbido cuando el Sol supernova estalle. No se preocupen, que no les estoy destripando el final.

En suma, Invernáculo es una novela que no da ni un respiro, apta para amantes de la ciencia ficción, de los libros de fantasía, y de los apocalipsis, zombies o de otro tipo. Y también una de las mejores entradas al universo de Aldiss.

AVISO. Puede que no vuelvan a mirar a las hermosas flores de la misma manera después de leer Invernáculo.

Hacedor de estrellas

  Este es uno de los libros clásicos de la ciencia ficción, rango que ha adquirido después de que muchos escritores lo usaran como base para construir algunos conceptos que ya forman parte inseparable del género. Como una humanidad que se expande a través del Universo -Isaac Asimov-, los conflictos entre especies -Arthur C. Clarke-, ola dificultad de comunicarse con extraterrestres -Stamislaw Lem-. El género alcanzó su cénit movido en parte por el interés público de la carrera espacial librada entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, proporcionando obras notables y muy entretenidas que dejaron “Hacedor de estrellas” relegado al limbo de los entendidos.

Hay una razón para ello, y es que el libro no puede estar más alejado de la expectativa del lector actual de ciencia ficción. Ni más cercano al interesado en las narraciones que explican nuestro propio tiempo. Por ello ha superado su género inicial para entrar en la literatura general. En la narración, el protagonista de Stapledon sale de su propio cuerpo, y como mente consciente emprende un viaje de conocimiento a través del Universo. No solo viaja por el espacio, sino por el tiempo, y eso le permite entrar en contacto con civilizaciones que ya habían desaparecido al surgir el hombre, y con otras que aparecerán mucho después. Curiosamente, este es uno de los obstáculos que la ciencia nos plantea a la hora de encontrar vida extraterrestre en el espacio, la dificultad de que dos civilizaciones con suficiente desarrollo para encontrarse convivan a la vez. El autor lo supera para plantearnos un viaje muy similar a la Odisea de Ulises, en cuanto a desarrollo de una búsqueda en etapas. Si el héroe griego estaba obsesionado con volver a Ítaca, su casa, el del Hacedor de estrellas busca el origen del todo, un ser supremo que no es un dios, sino la conciencia colectiva de todo lo que existe, reunificada en un solo ser. Stapledon era filósofo, y la filosofía impregna su libro de la primera página a la última. También era agnóstico, lo que nos conducirá a un “Hacedor” realmente original.

El autor estuvo influido por el pensamiento de tres filósofos que analizaban el desarrollo humano desde el punto de vista de sus sociedades: Hegel, Marx y Spinoza. Hegel buscaba en la Historia los procesos que permitieran explicar los cambios sociales, considerando que la ciencia que estudia el pasado era además un tribunal de justicia en el que juzgar el mundo. Spinoza defendió que cuerpo y mente eran un todo, sin alma que pudiera separarse, y cada hombre un componente del Dios-todo, sin libre albedrío porque está dominado por leyes universales. Karl Marx propuso una sociedad comunista donde el hombre dejaría de estar alienado, alcanzando su libertad personal, entendida como la capacidad de pertenecerse a sí mismo y no a los propietarios de los medios de producción. Todos estos planteamientos casan de manera nítida en “Hacedor de estrellas”.

El libro nos narra una historia del universo donde las únicas civilizaciones capaces de avanzar son aquellas que superan su individualismo para trabajar en el bien común, y que reúnen a las diferentes civilizaciones de un planeta para perseguir un mismo objetivo. Entran en contacto telepático unas con otras superando el problema del viaje espacial, y se descubren mutuamente al percibir conciencias que también son telépatas. Juntas, intercambiando ideas y conocimientos, forman sistemas planetarios alimentados por estrellas, mientras que abandonan a su suerte, en planetas menores, a aquellas especies que no son capaces de superar el egoísmo que les lleva a la guerra y al conflicto.

“Mi propia especie humana, en circunstancias similares, nunca se hubiese permitido, seguramente, una caída tan total. Sin duda, estamos también amenazados con la posibilidad de una guerra apenas menos destructiva; pero, cualquiera que sea nuestra agonía próxima, nos recobraremos, ciertamente. Seremos insensatos, pero exitamos siempre caer en un abismo de absoluta locura. A último momento la cordura tambaleante se yergue otra vez. No ocurrió así con los Otros Hombres.”

Los personajes que desfilan por las páginas de Stapledon son joyas de la ciencia ficción. Humanos ligeramente más chatos, con pelaje verde, mayores narices, muy similares a nosotros. Incluso con un punto humorístico en su sociedad que recuerda el torno burlesco de “Los viajes de Gulliver”. Avanzados cangrejos y peces que desarrollan una existencia simbiótica. Hombres planta que se separan de sus raíces de noche para moverse. Amebas esenciales pero con una parca consciencia en los principios de formación del universo. Todos terminan en un grado muy avanzado de civilización, aprovechando al máximo la energía de las estrellas, e incluso modificando su combustión. Hasta descubrir que incluso en esos astros existe inteligencia, comunicación y consciencia: son seres.

“Pero estas razas eran parecidas a la nuestra sobre todo en un aspecto. En todas había una rara mezcla de delicadeza y violencia. (…) En el pasado reciente se había alabado de labios afuera la delicadeza, la tolerancia y la libertad; pero la política había fallado, pues no había allí un propósito sincero, ni convicción, ni respeto verdadero y vívido por la personalidad invididual.”

Las grandes civilizaciones universales de Stapledon entran en contacto en sus respectivas galaxias, y forman mentes comunales que facilitan el desarrollo, para después comunicarse con galaxias vecinas y mentes comunales. Y tras ese maravilloso avance social, donde las especies conflictivas son abandonadas a sus guerras en planetas aislados, para que se extingan, la combustión de las estrellas hace que todo desaparezca en el negro vacío. Hay, desde luego, en todo esto, una metáfora del Big Bang, la explosión de la que se forma el espacio-tiempo, y la evolución que nos plantean físicos como Stephen Hawking, según los cuales todo acabará cuando las últimas estrellas se apaguen, y la materia restante se contraiga en un punto de infinita densidad, regresando al origen. Pero hay también, a lo largo del desarrollo del argumento, una explicación historicista del comportamiento de las especies, al modo de Hegel; unas leyes universales que vemos repetirse en el comportamiento de galaxias muy alejadas entre sí, y especies totalmente diferentes, al modo de Spinoza; y siempre sociedades triunfantes porque tienen un objetivo “comunista”, entendido éste como común a todos y no “de economía con medios de producción de propiedad estatal”. Al modo planteado por Marx.

“Descubrimos, por ejemplo, que algunos planetas grandes y secos estaban habitados por criaturas parecidos a insectos, cuyos enjambres o nidos eran el cuerpo múltiple de una sola mente.”

Quizá lo anterior pueda dar la sensación de que “Hacedor de estrellas” es un libro duro de leer. Pero nada más alejado de la realidad. Uno puede dejarse llevar por su argumento desde la primera página a la última, y disfrutar con las perlas filosóficas que Stapledon va sembrando en nuestro camino, sin saber nada de filosofía. No hay, eso sí, trama en el argumento, ni protagonistas individuales, ni desarrollo de la acción. Hacedor de estrellas es la historia del Universo, y un viaje en el tiempo en las dos direcciones, y dado que escribir es jugar con el tiempo, no imagino otra manera de condensar semejante evolución en 280 páginas. Hay a veces que saltarse las minuciosas explicaciones de Stapledon sobre galaxias, especies y cosmogonías. En palabras de Borges -cuyo prólogo figura en la edición argentina de Minotauro, 1974- el autor describe sus mundos “con la aridez de un naturalista”. Para una novela muchas de estas explicaciones serían innecesarias, pero este libro se salta los géneros y admite una difícil clasificación. Eso lo hace, por otra parte, tremendamente moderno, y mezcla a la vez de distopía y utopía, completamente colectiva. El autor deja además una pista sobre el tiempo en que realizó el viaje su protagonista, pues al regresar a la Tierra su conciencia, sobrevolándola, ve las ciudades españolas arder -Guerra Civil-, y a las juventudes hitlerianas adorando a su führer. Previo a ello encuentra al dios universal, al “Hacedor de estrellas”, y es bastante menos amable de lo que pudiera imaginarse. Pero no desvelaré esa parte para no destrozar el mayor interés del libro a quien desee leerlo.

“¿Y el futuro? Oscurecido por la tormenta creciente de la locura de este mundo, aunque atravesado por ráfagas de nueva y violenta esperanza, la esperanza de un mundo cuerdo, razonable y más feliz. Entre nuestro tiempo y el futuro, ¿qué horror puede esperar? Los opresores no dejarán dócilmente su sitio.(…) “

La LIJ (Literatura Infantil y Juvenil) que no se puede escribir

My Big Brothers
“Mi segundo hermano está en prisión porque disparó once veces a un hombre a plena luz del día. El hombre debía dinero a mi hermano, pero no se lo devolvió.”

Y de la que no se debe hablar, debería decir. El mundo editorial es una industria que precisa ser masiva para hacerse viable, y los problemas de un segmento de la infancia no pueden convertirse en beneficios en el mercado. No son lo suficientemente numerosos como para generar beneficios, y sus padres tienen demasiados problemas como para estar preocupados por si sus hijos tienen una adecuada biblioteca. Es por ello que me ha llamado poderosamente la atención la iniciativa de la asociación Youth Ambassadors, jóvenes embajadores, de Kansas, Estados Unidos. Conscientes de su objetivo de ayudar a personas que están en desarrollo mental, sicológico y emocional, han elaborado unos libro álbumes destinados a ayudarles a comprender.

Puedo decir que esta es una de las cosas más difíciles cuando eres pequeño, porque parece rodearte un mundo “normal” que difícilmente te creerá o en el que hallarás comprensión. Yo fui víctima de acoso en el colegio y tal término no se había inventado, mis padres me pegaban y tampoco recuerdo que se hablara de la violencia doméstica. No pertenecí a una familia desestructurada ni pobre, así que era imposible que en mi entorno existiera algo parecido a una explicación. Por no hablar de alguna ayuda. Un referente que te ayude en la infancia a entender porqué tú te hallas en esas situaciones que te hacen sufrir, y los demás no, ayuda a sobrellevarlo y alcanzar una madurez “normal”. Y entiéndase esa palabra como análoga a la que tiene la mayoría de la gente. Señalo todo esto para indicar que en el libro que citaré no hay que buscar historias extraordinarias ni ilustraciones de premio. Lo que no le quita un ápice de valor literario.

El volumen puede descargarse aquí, y se compone de tres fábulas con animales. Un primer acierto, compartido con el mundo editorial oficial, donde los problemas son siempre abordados mediante personajes que son ratones, conejos, osos… La toma de distancia ayuda a verse reflejado en situaciones que resultan muy angustiosas.

The Good Man
Y un día este “hombre bueno” pegó a mi hermana porque no tenía suficiente dinero para comprarse más crack.

La primera historia, “The Good Man”, el hombre bueno, es relatado desde el punto de vista de una niña. Tiene por madre a una joven madre adolescente que busca un “hombre bueno”, eligiendo por tal a un drogadicto fumador de crack. La niña explica cómo acaba sola con él después de que él hace que todo el mundo huya de la casa. Supongo por el contexto que es su hija, así que no tiene otra salida. No hay final feliz, naturalmente, pues de lo que se trata es de ayudar a los niños a comprender y aceptar el mundo que los rodea, para salir de él.

La segunda historia, Dinner Time, presenta una madre sola tiene que alimentar a sus hijos y para conseguir que tengan unas raciones “adecuadas” deja de comer. Uno de los niños, seguramente más mayor, se hincha la tripa a base de vasos de agua para que le sobre comida y poder dársela a su madre. La frase final es de una rotundidad aplastante: “todo el mundo necesita comer”. Y en apariencia es un modo de ayudar a entender a los niños más pobres que quizá quitándose ellos mismos un poco de comida puedan hacer que sus padres también se alimenten. No hay soluciones fáciles en la pobreza.

La última historia, “My Big Brothers”, Mis hermanos mayores, es de una violencia inusitada. Conejitos siendo arrestados con la pistola de un policía en la cabeza, otro que descerraja once tiros a una rana en la calle porque le debe dinero, y otro más que ahoga a una rata en unos lavabos porque intenta violarle. Son mis hermanos mayores, dice la protagonista, y los quiero aunque no siempre hagan las cosas bien.

Dinner Time
Así que ella pudo comer algo, porque todo el mundo necesita comer

Son relatos terribles, pero lo son porque se acercan a nuestra sensibilidad y a nuestro propio tiempo. Todavía perviven entre nosotros cuentos que hablan de situaciones infantiles verdaderamente angustiosas, y están plenamente aceptados. Si recordamos Hansel y Gretel, de los Hermanos Grimm, la historia ocurre porque sus padres no pueden darles de comer, y los abandonan en el bosque. Los autores dulcificaron, por sugerencia de los editores, las historias que habían recogido de la tradición oral, pero aún así la narración sobre la casita de chocolate y la bruja del bosque es bastante delicada. En el origen medieval de estas historias estaba reflejada una realidad cotidiana para unos padres sometidos regularmente a carestías provocadas por guerras o hambrunas, especialmente en el medio rural. Casados a los veinte años, o antes, no era infrecuente que abandonaran a sus hijos para que murieran, y así la poca comida que había en la casa les permitiera sobrevivir. Si lo lograban, tampoco era extraño que volvieran a tener más hijos, pues en la reproducción se basaba que cuando la enfermedad y la vejez les alcanzara, alguien se ocupara de cuidarles. La bruja del bosque, y la casita de chocolate se refieren también a los siniestros habitantes de los bosques medievales. Criminales huidos de la justicia, o salteadores de caminos, sus campamentos en lo profundo de la espesura eran temidos, y había sospechas de que sobrevivían durante las hambrunas valiéndose del canibalismo. En este contexto, resulta mucho más realista Pulgarcito en la versión de Perrault, que es más antigua, y redactada también en una época sin tapujos ni censuras previas. Este protagonista, el más pequeño de los hermanos, se salva en varias ocasiones de ser abandonado en el bosque. Su padre, que lamenta tener que abandonarlos, parece dudar entre lo que es moral y lo que se ve obligado a hacer. Hay, en fin, todo un conflicto reflejado, el de cierta clase social de campesinos pobres, cuyas condiciones de vida no desaparecieron de Europa, en realidad, hasta el siglo XX.

Pero no nos engañemos al pensar que Perrault o los Hermanos Grimm escribían para los protagonistas de las historias en que se inspiraban. En ambos casos la educación universal era algo utópico, por lo que sus lectores iban a pertenecer a una clase acomodada. Solo los hijos de los pudientes, aunque no fueran ricos, podían permitirse leer y escribir. Hansel, Gretel o Pulgarcito habrían empezado a trabajar desde muy niños, y desde luego no hubieran sabido jamás qué cosa era un libro, salvo tal vez la Biblia del sacerdote en la iglesia de su poblado. Nuestra sociedad ha cambiado felizmente en este sentido, pues incluso los más pobres y con mayores problemas en casa pueden tener, en los países occidentales, acceso a la educación. Con todos los peros que podamos ponerle. Lo que ha desaparecido, sin embargo, es el ánimo de reflejar sus situaciones en la literatura infantil. Situaciones límite como las que viven los niños que leen el libro de Youth Ambassadors no pueden encontrarse en la LIJ actual. Y aquí tenemos a la serpiente que se muerde la cola. Los editores se horrorizan ante la posibilidad de historias como éstas, incluso si acaban tan felizmente como en los cuentos de los Grimm. Los autores, sabedores de esta realidad, censuran su creatividad para no presentar conflicto alguno en sus obras. Los padres son reticentes a que sus hijos se enfrenten a nada que les entristezca, y es difícil encontrar el equilibrio entre un sociedad que quiere convertirlos rápido en consumidores y proyectos de trabajadores, y su natural derecho a ser niños -y por tanto ingenuos- el tiempo que necesiten. Sin duda eso provoca excesos en la educación, a veces cayendo en una excesiva exigencia, y otras en demasiado mimo.

Pero a mi entender la pregunta es otra. En un mundo donde los conflictos de la emigración, el terrorismo, el cambio climático, y la pobreza, parecen ir a tomar control del mundo, ¿por qué protegemos tanto a nuestros hijos del conocimiento de la realidad que los rodea? Si a niños que crecen en el conflicto le ayuda saber que esa realidad existe, ¿no ayudará a los nuestros también el enfrentarla?

Stoner

Primera edición de Stoner. La ventana a través de la que se mira la realidad no es solo una referencia en el propio argumento, sino la descripción sobre cómo decide gastar su vida el protagonista.

¿Qué es una novela de culto? En mi opinión una buena historia que sigue reimprimiéndose a lo largo de los años, sin que los editores sepan muy bien porqué. Y a la que, por no encontrarle explicación, es llevada al cajón de sastre de las llamadas “novelas de culto”. Al parecer, Stoner es una de ellas. Y es necesario hacer este tipo de aclaraciones antes de reseñarla, porque este libro está lejos de ser una historia que puede gustar a unos pocos, característica propia de este subgénero, si es que lo es.

A John Edward Williams, su autor, la universidad de Arkansas en la que trabajó no lo presenta como uno de sus profesores, sino con dos sencillas palabras, novelista y poeta. Nada más cierto, como evidencia Stoner, aunque fuera también profesor universitario de inglés y hombre convencido de que la labor del novelista era, fundamentalmente, una descripción del tiempo. Ese gran enemigo de los escritores, y aliado a la vez capaz de poner las obras en su lugar, si caen en las manos adecuadas. Tal le ha ocurrido a esta obra, que fue publicada de nuevo en 2013, después de haberse agotado en 1965, para convertirse en un auténtico superventas en esta primera década del siglo XXI.

Hay una principal razón para ello, y es el modo en como el lenguaje nos conduce de la primera página a la última con una facilidad de lectura pasmosa, donde a la vez se nos va proporcionando información vital. No cabe duda de que Williams domina su idioma, como profesor del mismo, y lo hace mediante una prosa elegante y fluida. Tan buena como la traducción que ha hecho Antonio Díez Fernández para Baile del Sol en España. Es una de esas ocasiones donde, en mi opinión, y debido tanto a la pericia del traductor como al estilo del autor, no se pierde nada al verter del idioma inglés al nuestro.

El autor de Stoner consideraba que la literatura fue creada para entretener. Y que leer sin divertirse era un acto estúpido.

Ahora bien, no esperemos que Stoner nos deslumbre con un argumento fuera de lo común. Porque es difícil imaginarse que un libro pueda transcurrir tan bien por la senda de lo cotidiano y lo simple, y a la vez ser capaz de encandilarnos tanto. No es lo que sucede, sino cómo está contado, pero también es quién lo está viviendo. Stoner es un personaje que, salvo contadas ocasiones, vive sin apasionamientos. Como una apisonadora, eso sí, porque cuando toma una decisión no hace otra cosa que llevarla adelante, sin considerar si hay una opción mejor. Es, ante todo, el reflejo de los hombres nacidos antes de la Primera Guerra Mundial, que enfrentan una sociedad donde lo roles y las clases sociales están muy delimitados. Hay que adaptarse a ellos y procurar aceptar verdades tan desoladoras como que ciertas mujeres, con las que uno puede casarse, nunca disfrutarán de su sexualidad contigo. Eso, junto a la pobreza en la que nace, y su ascenso social a través del estudio, constituye una narración redonda en cuanto a lo que les ocurría a los habitantes del siglo XX. Algo que parece difuminarse en el mundo actual de contratos precarios y empobrecimiento acelerado de la clase media.

Esta narración desde los márgenes del tiempo en que Williams vivió es uno de los ejes magistrales de la novela, y merecería la pena realizar una disección de su argumento para analizarlo. Sin embargo ello privaría a los lectores de esta reseña del placer de ir descubriéndolo.

La novela ha sido ya editada en 21 países, y pronto será lanzada en China. Williams no ha vivido para ver su éxito, pero al menos su viuda recibirá el pago de los derechos. En Estados Unidos, y de ahí nace el equívoco de decir que esta es una novela de culto, que casi nadie la conoce. Ciertamente es así al otro lado del Atlántico, y ello porque su protagonista no puede ser, en su actuación, más europeo y contenido. De hecho nos parecerá a menudo que estamos en una universidad inglesa, y no en una norteamericana. Pero esta forma de ser, y de narrar, que ya ha demostrado su éxito en toda Europa, colocará a Stoner entre los clásicos andando el tiempo. Un clásico extraño, además, porque nos habla de un tiempo en que las universidades fueron templos en los que refugiarse, lejos de las guerras y los vaivenes del mercado, lugares que tenían que seguir funcionando, sin plantearse porqué. Un tiempo, en suma, pasado, y una novela que define cuáles fueron los márgenes del siglo XX, incluso para quien en el futuro nada sepa de aquella centuria. Magistral.

Una guerra no solo mata a unos cuantos miles o a unos cuantos cientos de miles de jóvenes. Mata algo en la gente que no puede recuperarse nunca. Y si alguien pasa por suficientes guerras, pronto todo lo que queda es el bruto, la criatura que nosotros -usted y yo, y otros como nosotros- han sacado del fango.

Extracto de la traducción de Baile del Sol a cargo de Antonio Díez Fernández

1984 y El cuento de la criada

Para quienes no lo sepan, estos dos títulos han vuelto a convertirse en superventas en todas las librerías de Estados Unidos desde que Trump es presidente. El cuento de la criada ha experimentado además dos repuntes, el último a raíz de la serie estrenada en HBO, que lleva el libro al formato audiovisual. La razón de esta búsqueda de sentido a la realidad a través de las fantasías resulta sociológicamente interesantísima. Porque en apariencia, los lectores tratan de identificar la realidad que les rodea a través de un relato. Y hay una razón para ello.

El motivo es la simplificación a que obliga cualquier narrativa para ser eficaz. Algo que usa habitualmente también la ciencia de la Historia, donde los procesos son contemplados en el largo plazo, con todos los documentos disponibles, sabiendo los precedentes, el desarrollo y las consecuencias. Comprender la realidad pasa por tener todos los datos, y a excepción de mentes muy brillantes, casi nadie comprende su propio presente. Es muy fácil en cambio hablar de hechos del pasado, y también hace más sencillo tu propio tiempo la comparación con universos distópicos con el de Orwell y Margaret Artwood. Ahora bien, dejando a un lado el fenómeno contemporáneo, ¿qué tal son estos libros?

La escritora Margaret Artwood ha salido en la serie del mismo título que su libro, haciendo de “tía”, una de las mujeres viejas que vigilan a las jóvenes reproductoras, en el argumento de su obra

Lo más intrigante de ambos títulos es cómo han llegado a ser tan famosos. Puede explicarse en el caso de Orwell porque 1984 fue publicado en un momento en que era difícil entender qué pasaba en la URSS. Los defensores del comunismo no aceptaban la verdadera realidad dictatorial en que se había convertido el movimiento obrero inicial, con campos de prisioneros llamados Gulags que en poco se distinguían de los campos de concentración nazis. Una represión social brutal donde se enfrentaba a padres e hijos, denunciando los segundos a los primeros, y fomentando el miedo, la alienación y la carencia de todo pensamiento crítico. 1984 lo explica a la perfección, y más que una predicción del futuro parece, con todos los datos de que hoy disponemos, un reflejo de la sociedad rusa bajo el mando de Stalin. La novela tiene, naturalmente, universos simbólicos de control que escapan a su crítica inicial al bolchevismo, y que están plenamente presentes en la sociedad de hoy. A medida que el capitalismo se implanta y desarrolla sin alternativa crítica a su modelo social, y después de haber convertido a los ciudadanos en seudoesclavos consumidores, ha comenzado a fomentarse el control sobre su pensamiento. El objetivo está claro, aceptar menos salarios, peor vivienda, menos sanidad y educación, y puede que pronto menos democracia. No intento describir la realidad en que vivimos, sino transmitir el sentimiento que se ha producido en una parte de nuestras sociedades a raíz de su transformación. Esa parte busca leer 1984, y también El cuento de la criada, para encontrar una forma de explicar el mundo que nos ha tocado. Otros no, porque interpretan la realidad bajo una óptica más favorable, pero dado que estos libros son leídos por ser distopías, es eso lo que nos interesa.

La obra de Margareth Artwood es radicalmente distinta a la de Orwell, fundamentalmente porque está escrita desde el punto de vista de una mujer. Hay muchos más matices sentimentales en su personaje, una mayor dimensión humana. Y también una constante que eleva su carácter literario por encima de Orwell. La protagonista, que ha vivido en un mundo previo al del totalitarismo en que ahora vive, no muestra desesperación ni rebeldía, sino más bien un dejarse llevar. Esa es su grandeza literaria, porque también los seres humanos tendemos a adaptarnos si tenemos que afrontar una lucha sostenida. Nos cansamos, y acabamos dando por bueno lo que no nos gusta. En ese aspecto, Artwood es magistral. Y 1984 palidece en cuanto a que sus personajes son bastante más planos. Eso sí, este arranque sugerente acabará dando comienzo al hastío en El cuento de la criada, a diferencia de 1984, mucho más ameno.

No se extrañen si ven en los Estados Unidos mujeres vestidas como las criadas de la narración. Porque están convirtiéndose en un símbolo de protesta en aquellos estados que quieren limitar el aborto. No son meras reproductoras, y eso es lo que Artwood trata de decirnos. Lo de arriba es una corte judicial en una foto tomada en 2017. Sí, este mismo año.

Artwood nos presenta una sociedad en la que un grupo paramilitar ha dado un golpe de estado, se ha hecho con el control del gobierno y el parlamento, y ha instituido una sociedad donde prima lo religioso. O al menos una religión entendida al modo de los grupos más radicales de Estados Unidos y Canadá, una herencia típicamente anglosajona, y uno de los problemas presentes en sus sociedades. Ciertos colegios y comunidades prohíben enseñar la Teoría de la Evolución y censuran cualquier actividad sexual, interpretando la Biblia al pie de la letra. Esto no es ficción, sino parte del presente de Estados Unidos. Y es desde ese punto de vista lo que nos hace comprender  que la obra, publicada en los lejanos años 80, se haya convertido en altamente demandada en la actualidad. Uno de los miedos sociales más comunes entre la sociedad estadounidense más progresista es que predominen los grupos radicales de corte religioso. Muchos tienen la sensación de que eso es lo que se ha conseguido con Trump. Y que El cuento de la criada lo refleja a la perfección. Si bien, literariamente es un libro mediocre.

Si bien el planteamiento inicial es interesante, y el hecho de que la élite que ha tomado el poder esté tan avejentada que para tener hijos necesita “criadas reproductoras” abre muchas posibilidades, la narración corta todas de raíz. Está bien asistir al proceso mental de la protagonista, esa dicotomía a la que he aludido entre rebelarse o aguantar. Pero no resulta creíble que no se desespere ni una sola vez por no saber qué ha sido de su marido, o dónde está su hija, la cual le fue arrebatada. Resulta además mortalmente aburrido que a medida que se suceden las páginas no pase nada sustancial, como si el lector estuviera atrapado en una larga, y aburrida, pesadilla.

Frente a la criada, el protagonista de 1984, como parte del partido en el poder, y empleado en un ministerio, tiene una posición privilegiada para entender qué está pasando. La criada es lo opuesto, una mujer encarcelada en una celda que no le permite conocer la realidad. Se desvelará parcialmente al final qué ha ocurrido, con un giro narrativo algo facilón, y que no desvelaré aquí para no destripar el libro a quien le queden ganas de leerlo.

Créanme, no existe esta cámara de vigilancia junto a la placa que conmemora la casa en que vivió George Orwell. Es una de esas mentiras de internet, una manipulación, si quieren, del Gran Hermano.

1984 es una de esas obras que resiste el paso del tiempo, y que puede emanciparse de su origen como crítica al comunismo para universalizarse como espejo de cualquier sistema político totalitario. Casualmente esa pantalla desde que el Gran Hermano te vigila parece ser un adelanto de internet. Hoy es muy fácil para la policía, si decide investigarnos por orden del juez, saber qué hemos leído y comprado en la red en los últimos meses y años, nuestras preferencias, gustos personales y opiniones, fotos personales, e ingresos. Pero sin ir tan lejos una opinión de juventud puede conducirnos ante el juez, o ciertos comportamientos en internet privarnos de que nos contraten en una oferta de trabajo. Así que la vigilancia de 1984 cuidando que nuestra conducta sea correcta es más válida que nunca.

Tengo que decir algo a favor de El cuento de la criada. Tenemos una literatura, como una cultura humana en general, muy condicionada por la visión masculina. No es fácil equilibrar tantos siglos de historia donde la mujer ha sido poco más que un acompañamiento al hombre. Así que Artwood aporta, afortunadamente, una visión muy interesante de lo que sería una mujer común en cuanto considerada mero objeto reproductor. Y ahí se queda, sin ir más allá. Esta es una de esas ocasiones en que, sin conocerla, les diré que mejor vean la serie. Les resultará más entretenida.

The Road (La carretera)

Disfruté cada minuto que pasé pegado a las páginas de La Carretera, primera novela de Cormac McCarthy que leí, y que ahora he vuelto a releer.

Fotograma de la película protagonizada por Viggo Mortensen y basada en la novela.

El escritor estadounidense opta por un relato ininterrumpido, sin capítulos, para ilustrar el fatigoso viaje del padre y su hijo por un mundo reducido a las cenizas del recuerdo. La imposibilidad del lector para establecer pausas durante la lectura permite identificarse con los protagonistas, quienes avanzan sin descanso hacia un destino incierto, pues el mar al que dirigen sus pasos de pertenece al pasado del padre, ahora destruido sin que lleguemos a conocer jamás la causa, solo las consecuencias.

Sin embargo, la esperanza de proporcionar un futuro mejor a su hijo, quien no debería haber nacido ni conocido mundo como aquel -en el que los escasos supervivientes recurren con frecuencia la antropofagia ante la falta absoluta de alimento-, es lo único que le permite seguir caminando. Precisamente, el deseo de preservar la inocencia del niño le lleva a cometer actos egoístas, incluso violentos. Una contradicción de sentimientos apreciable en la negativa del autor a referírsele como «su hijo», siempre «el niño». Es decir, el padre pretende establecer una separación emocional para no vacilar llegado el momento de apretar el gatillo.

De hecho, los escasos diálogos entre ambos son reiterativos, basados en monosílabos hasta convertirse prácticamente en monólogos carentes de significado, solo palabras pronunciadas en voz alta para que parezcan más reales. Y es que la imposibilidad de hablar sobre el pasado –los escasos recuerdos del padre sobre su propia infancia, el incierto desastre que originó aquel «invierno nuclear» o el abandono de la esposa y madre- y la incertidumbre de su propio futuro les obliga a centrarse en el desolador presente, al silencio de quienes no tienen nada que decirse  ni mayor relación que la establecida por las circunstancias. Al fin y al cabo, «cualquiera puede ser padre, pero sólo un hombre de verdad merece ser llamado papá».

Ilustración de Seamus Heffernan, ilustrador.

Precisamente, ese egoísta deseo por mantener al niño vivo únicamente para tener una razón que justifique su propia existencia conlleva un exceso de protección le impide aprender, a valerse por si mismo, a sobrevivir. El padre convierte a su hijo en un ser dependiente de su figura. Es posible que algunos interpreten sus acciones como la necesidad de salvaguardarlo de la violencia, pero la negativa de dejarlo crecer, de permitirle seguir percibiendo el mundo a través de la ingenuidad –no de inocencia- infantil provoca que sea aún más débil y, por ende, más dependiente. Y es que resulta demasiado simple dividir a las personas en exclusivamente dos categorías, «buenos» y «malos», sin posibilidad de ambigüedad al interpretar sus acciones.

No obstante, McCarthy  evita el tedio en su novela – a consecuencia de la reiteración de escenas y el ritmo pausado de la narración- intercalando su arduo peregrinaje con escenas que nos hacen perder cualquier esperanza en el ser humano. El escritor estadounidense sitúa a sus personajes en una situación límite para mostrarnos sus reacciones cuando todo su mundo queda reducido a la satisfacción de las funciones más básicas; en especial, la necesidad de encontrar comida en un mundo yermo, en el que la tierra es incultivable por la gruesa capa de ceniza que la cubre o la ausencia de animales, bien porque han emigrado a otras regiones del país- e incluso del planeta- o han perecido en este eterno invierno gris. Aquí es cuando nos ofrece el retrato más descarnado de la humanidad, las imágenes provocan un fuerte impacto en el lector, tanto por lo que se nos describe como por la forma de hacer. Y es que McCarthy los narra en un tono neutro, de absoluta normalidad ante la brutalidad de la que somos testigos, incremento su efecto desmoralizador.

De este modo, conforme avanzamos por «La carretera» crece nuestra impotencia ante el recuerdo de un mundo ahora inexistente mientras avanzamos fatigosamente hacia un futuro todavía más incierto que el desalentador presente en el que intentamos sobrevivir, aunque carezcamos de razones para hacerlo. Cormac McCarthy nos ofrece una novela sin esperanzas, un relato de supervivencia extrema sobre la pérdida de nuestra humanidad y, en especial, la lucha de un padre por preservar la esperanza para dar un significado a la vida de su hijo en un planeta que la perdió hace demasiado tiempo. A pesar de las contradicciones en la personalidad de sus dos protagonistas –y, sobre todo, de su comportamiento ante determinadas circunstancias-, «La carretera» se extiende ante nosotros, inmutable, con un desalentador mensaje que no dejara indiferente al lector en su arduo avance hacia ninguna parte.

LO MEJOR: La estructuración de la novela en un único párrafo impide al lector realizar pausas, transmitiendo de forma metafórica el desaliento de sus protagonistas. La descripción de un planeta árido, cubierto de ceniza y muerte, sin esperanza. La simbología de los diálogos y otros detalles asociados a la relación entre padre e hijo. El distanciamiento narrativo incrementa el demoledor efecto de las escenas más crudas.

LO PEOR: Las incoherencias en el comportamiento de los dos personajes principales. La excesiva ingenuidad del hijo no resulta congruente en el contexto, pese a la sobreprotección paterna. «La carretera» no es la clásica  novela postapocalíptica, muchos lectores aficionados del subgénero pueden desilusionarse ante la auténtica complejidad del planteamiento pese a su apariencia sencilla.

LA PELÍCULA: el rodaje ha mantenido los momentos tensos y el carácter obsesivo del protagonista adulto. Tiene secuencias magistrales de cine de terror, y si no existiera el libro sería una gran película. Pero como buen producto comercial, deja espacio para respirar, a diferencia de la narración. Es una de esas ocasiones en que, contando lo mismo son muy distintas, y si habríamos de inclinarnos hacia cuál es mejor, pues en este caso sería el libro.

No juzguemos a McCarthy, el autor, por esta novela. Ni por aquella que en los 70 le retrató como un maestro del thriller con Child of God, donde un alienado protagonista se convierte en un asesino en serie. Es un tipo que huye de los escritores y los ambientes literarios, porque prefiere leer, escribir y pensar. Es además un importante divulgador de literatura científica, bastante reconocido, y ha ayudado a redactar artículos a expertos en economía, geología, y astrofísica. Nada tonto, alejado de la imagen del escritor, y absolutamente potente a la hora de retratar la sicología humana en situaciones límite. También absolutamente libre a la hora de escribir. The Road ha tenido su versión en álbum ilustrado para niños.

Álbum ilustrado para niños con The Road. Hecho por McCarthy para sus lectores más jóvenes.