La LIJ (Literatura Infantil y Juvenil) que no se puede escribir

My Big Brothers
“Mi segundo hermano está en prisión porque disparó once veces a un hombre a plena luz del día. El hombre debía dinero a mi hermano, pero no se lo devolvió.”

Y de la que no se debe hablar, debería decir. El mundo editorial es una industria que precisa ser masiva para hacerse viable, y los problemas de un segmento de la infancia no pueden convertirse en beneficios en el mercado. No son lo suficientemente numerosos como para generar beneficios, y sus padres tienen demasiados problemas como para estar preocupados por si sus hijos tienen una adecuada biblioteca. Es por ello que me ha llamado poderosamente la atención la iniciativa de la asociación Youth Ambassadors, jóvenes embajadores, de Kansas, Estados Unidos. Conscientes de su objetivo de ayudar a personas que están en desarrollo mental, sicológico y emocional, han elaborado unos libro álbumes destinados a ayudarles a comprender.

Puedo decir que esta es una de las cosas más difíciles cuando eres pequeño, porque parece rodearte un mundo “normal” que difícilmente te creerá o en el que hallarás comprensión. Yo fui víctima de acoso en el colegio y tal término no se había inventado, mis padres me pegaban y tampoco recuerdo que se hablara de la violencia doméstica. No pertenecí a una familia desestructurada ni pobre, así que era imposible que en mi entorno existiera algo parecido a una explicación. Por no hablar de alguna ayuda. Un referente que te ayude en la infancia a entender porqué tú te hallas en esas situaciones que te hacen sufrir, y los demás no, ayuda a sobrellevarlo y alcanzar una madurez “normal”. Y entiéndase esa palabra como análoga a la que tiene la mayoría de la gente. Señalo todo esto para indicar que en el libro que citaré no hay que buscar historias extraordinarias ni ilustraciones de premio. Lo que no le quita un ápice de valor literario.

El volumen puede descargarse aquí, y se compone de tres fábulas con animales. Un primer acierto, compartido con el mundo editorial oficial, donde los problemas son siempre abordados mediante personajes que son ratones, conejos, osos… La toma de distancia ayuda a verse reflejado en situaciones que resultan muy angustiosas.

The Good Man
Y un día este “hombre bueno” pegó a mi hermana porque no tenía suficiente dinero para comprarse más crack.

La primera historia, “The Good Man”, el hombre bueno, es relatado desde el punto de vista de una niña. Tiene por madre a una joven madre adolescente que busca un “hombre bueno”, eligiendo por tal a un drogadicto fumador de crack. La niña explica cómo acaba sola con él después de que él hace que todo el mundo huya de la casa. Supongo por el contexto que es su hija, así que no tiene otra salida. No hay final feliz, naturalmente, pues de lo que se trata es de ayudar a los niños a comprender y aceptar el mundo que los rodea, para salir de él.

La segunda historia, Dinner Time, presenta una madre sola tiene que alimentar a sus hijos y para conseguir que tengan unas raciones “adecuadas” deja de comer. Uno de los niños, seguramente más mayor, se hincha la tripa a base de vasos de agua para que le sobre comida y poder dársela a su madre. La frase final es de una rotundidad aplastante: “todo el mundo necesita comer”. Y en apariencia es un modo de ayudar a entender a los niños más pobres que quizá quitándose ellos mismos un poco de comida puedan hacer que sus padres también se alimenten. No hay soluciones fáciles en la pobreza.

La última historia, “My Big Brothers”, Mis hermanos mayores, es de una violencia inusitada. Conejitos siendo arrestados con la pistola de un policía en la cabeza, otro que descerraja once tiros a una rana en la calle porque le debe dinero, y otro más que ahoga a una rata en unos lavabos porque intenta violarle. Son mis hermanos mayores, dice la protagonista, y los quiero aunque no siempre hagan las cosas bien.

Dinner Time
Así que ella pudo comer algo, porque todo el mundo necesita comer

Son relatos terribles, pero lo son porque se acercan a nuestra sensibilidad y a nuestro propio tiempo. Todavía perviven entre nosotros cuentos que hablan de situaciones infantiles verdaderamente angustiosas, y están plenamente aceptados. Si recordamos Hansel y Gretel, de los Hermanos Grimm, la historia ocurre porque sus padres no pueden darles de comer, y los abandonan en el bosque. Los autores dulcificaron, por sugerencia de los editores, las historias que habían recogido de la tradición oral, pero aún así la narración sobre la casita de chocolate y la bruja del bosque es bastante delicada. En el origen medieval de estas historias estaba reflejada una realidad cotidiana para unos padres sometidos regularmente a carestías provocadas por guerras o hambrunas, especialmente en el medio rural. Casados a los veinte años, o antes, no era infrecuente que abandonaran a sus hijos para que murieran, y así la poca comida que había en la casa les permitiera sobrevivir. Si lo lograban, tampoco era extraño que volvieran a tener más hijos, pues en la reproducción se basaba que cuando la enfermedad y la vejez les alcanzara, alguien se ocupara de cuidarles. La bruja del bosque, y la casita de chocolate se refieren también a los siniestros habitantes de los bosques medievales. Criminales huidos de la justicia, o salteadores de caminos, sus campamentos en lo profundo de la espesura eran temidos, y había sospechas de que sobrevivían durante las hambrunas valiéndose del canibalismo. En este contexto, resulta mucho más realista Pulgarcito en la versión de Perrault, que es más antigua, y redactada también en una época sin tapujos ni censuras previas. Este protagonista, el más pequeño de los hermanos, se salva en varias ocasiones de ser abandonado en el bosque. Su padre, que lamenta tener que abandonarlos, parece dudar entre lo que es moral y lo que se ve obligado a hacer. Hay, en fin, todo un conflicto reflejado, el de cierta clase social de campesinos pobres, cuyas condiciones de vida no desaparecieron de Europa, en realidad, hasta el siglo XX.

Pero no nos engañemos al pensar que Perrault o los Hermanos Grimm escribían para los protagonistas de las historias en que se inspiraban. En ambos casos la educación universal era algo utópico, por lo que sus lectores iban a pertenecer a una clase acomodada. Solo los hijos de los pudientes, aunque no fueran ricos, podían permitirse leer y escribir. Hansel, Gretel o Pulgarcito habrían empezado a trabajar desde muy niños, y desde luego no hubieran sabido jamás qué cosa era un libro, salvo tal vez la Biblia del sacerdote en la iglesia de su poblado. Nuestra sociedad ha cambiado felizmente en este sentido, pues incluso los más pobres y con mayores problemas en casa pueden tener, en los países occidentales, acceso a la educación. Con todos los peros que podamos ponerle. Lo que ha desaparecido, sin embargo, es el ánimo de reflejar sus situaciones en la literatura infantil. Situaciones límite como las que viven los niños que leen el libro de Youth Ambassadors no pueden encontrarse en la LIJ actual. Y aquí tenemos a la serpiente que se muerde la cola. Los editores se horrorizan ante la posibilidad de historias como éstas, incluso si acaban tan felizmente como en los cuentos de los Grimm. Los autores, sabedores de esta realidad, censuran su creatividad para no presentar conflicto alguno en sus obras. Los padres son reticentes a que sus hijos se enfrenten a nada que les entristezca, y es difícil encontrar el equilibrio entre un sociedad que quiere convertirlos rápido en consumidores y proyectos de trabajadores, y su natural derecho a ser niños -y por tanto ingenuos- el tiempo que necesiten. Sin duda eso provoca excesos en la educación, a veces cayendo en una excesiva exigencia, y otras en demasiado mimo.

Pero a mi entender la pregunta es otra. En un mundo donde los conflictos de la emigración, el terrorismo, el cambio climático, y la pobreza, parecen ir a tomar control del mundo, ¿por qué protegemos tanto a nuestros hijos del conocimiento de la realidad que los rodea? Si a niños que crecen en el conflicto le ayuda saber que esa realidad existe, ¿no ayudará a los nuestros también el enfrentarla?

Stoner

Primera edición de Stoner. La ventana a través de la que se mira la realidad no es solo una referencia en el propio argumento, sino la descripción sobre cómo decide gastar su vida el protagonista.

¿Qué es una novela de culto? En mi opinión una buena historia que sigue reimprimiéndose a lo largo de los años, sin que los editores sepan muy bien porqué. Y a la que, por no encontrarle explicación, es llevada al cajón de sastre de las llamadas “novelas de culto”. Al parecer, Stoner es una de ellas. Y es necesario hacer este tipo de aclaraciones antes de reseñarla, porque este libro está lejos de ser una historia que puede gustar a unos pocos, característica propia de este subgénero, si es que lo es.

A John Edward Williams, su autor, la universidad de Arkansas en la que trabajó no lo presenta como uno de sus profesores, sino con dos sencillas palabras, novelista y poeta. Nada más cierto, como evidencia Stoner, aunque fuera también profesor universitario de inglés y hombre convencido de que la labor del novelista era, fundamentalmente, una descripción del tiempo. Ese gran enemigo de los escritores, y aliado a la vez capaz de poner las obras en su lugar, si caen en las manos adecuadas. Tal le ha ocurrido a esta obra, que fue publicada de nuevo en 2013, después de haberse agotado en 1965, para convertirse en un auténtico superventas en esta primera década del siglo XXI.

Hay una principal razón para ello, y es el modo en como el lenguaje nos conduce de la primera página a la última con una facilidad de lectura pasmosa, donde a la vez se nos va proporcionando información vital. No cabe duda de que Williams domina su idioma, como profesor del mismo, y lo hace mediante una prosa elegante y fluida. Tan buena como la traducción que ha hecho Antonio Díez Fernández para Baile del Sol en España. Es una de esas ocasiones donde, en mi opinión, y debido tanto a la pericia del traductor como al estilo del autor, no se pierde nada al verter del idioma inglés al nuestro.

El autor de Stoner consideraba que la literatura fue creada para entretener. Y que leer sin divertirse era un acto estúpido.

Ahora bien, no esperemos que Stoner nos deslumbre con un argumento fuera de lo común. Porque es difícil imaginarse que un libro pueda transcurrir tan bien por la senda de lo cotidiano y lo simple, y a la vez ser capaz de encandilarnos tanto. No es lo que sucede, sino cómo está contado, pero también es quién lo está viviendo. Stoner es un personaje que, salvo contadas ocasiones, vive sin apasionamientos. Como una apisonadora, eso sí, porque cuando toma una decisión no hace otra cosa que llevarla adelante, sin considerar si hay una opción mejor. Es, ante todo, el reflejo de los hombres nacidos antes de la Primera Guerra Mundial, que enfrentan una sociedad donde lo roles y las clases sociales están muy delimitados. Hay que adaptarse a ellos y procurar aceptar verdades tan desoladoras como que ciertas mujeres, con las que uno puede casarse, nunca disfrutarán de su sexualidad contigo. Eso, junto a la pobreza en la que nace, y su ascenso social a través del estudio, constituye una narración redonda en cuanto a lo que les ocurría a los habitantes del siglo XX. Algo que parece difuminarse en el mundo actual de contratos precarios y empobrecimiento acelerado de la clase media.

Esta narración desde los márgenes del tiempo en que Williams vivió es uno de los ejes magistrales de la novela, y merecería la pena realizar una disección de su argumento para analizarlo. Sin embargo ello privaría a los lectores de esta reseña del placer de ir descubriéndolo.

La novela ha sido ya editada en 21 países, y pronto será lanzada en China. Williams no ha vivido para ver su éxito, pero al menos su viuda recibirá el pago de los derechos. En Estados Unidos, y de ahí nace el equívoco de decir que esta es una novela de culto, que casi nadie la conoce. Ciertamente es así al otro lado del Atlántico, y ello porque su protagonista no puede ser, en su actuación, más europeo y contenido. De hecho nos parecerá a menudo que estamos en una universidad inglesa, y no en una norteamericana. Pero esta forma de ser, y de narrar, que ya ha demostrado su éxito en toda Europa, colocará a Stoner entre los clásicos andando el tiempo. Un clásico extraño, además, porque nos habla de un tiempo en que las universidades fueron templos en los que refugiarse, lejos de las guerras y los vaivenes del mercado, lugares que tenían que seguir funcionando, sin plantearse porqué. Un tiempo, en suma, pasado, y una novela que define cuáles fueron los márgenes del siglo XX, incluso para quien en el futuro nada sepa de aquella centuria. Magistral.

Una guerra no solo mata a unos cuantos miles o a unos cuantos cientos de miles de jóvenes. Mata algo en la gente que no puede recuperarse nunca. Y si alguien pasa por suficientes guerras, pronto todo lo que queda es el bruto, la criatura que nosotros -usted y yo, y otros como nosotros- han sacado del fango.

Extracto de la traducción de Baile del Sol a cargo de Antonio Díez Fernández

1984 y El cuento de la criada

Para quienes no lo sepan, estos dos títulos han vuelto a convertirse en superventas en todas las librerías de Estados Unidos desde que Trump es presidente. El cuento de la criada ha experimentado además dos repuntes, el último a raíz de la serie estrenada en HBO, que lleva el libro al formato audiovisual. La razón de esta búsqueda de sentido a la realidad a través de las fantasías resulta sociológicamente interesantísima. Porque en apariencia, los lectores tratan de identificar la realidad que les rodea a través de un relato. Y hay una razón para ello.

El motivo es la simplificación a que obliga cualquier narrativa para ser eficaz. Algo que usa habitualmente también la ciencia de la Historia, donde los procesos son contemplados en el largo plazo, con todos los documentos disponibles, sabiendo los precedentes, el desarrollo y las consecuencias. Comprender la realidad pasa por tener todos los datos, y a excepción de mentes muy brillantes, casi nadie comprende su propio presente. Es muy fácil en cambio hablar de hechos del pasado, y también hace más sencillo tu propio tiempo la comparación con universos distópicos con el de Orwell y Margaret Artwood. Ahora bien, dejando a un lado el fenómeno contemporáneo, ¿qué tal son estos libros?

La escritora Margaret Artwood ha salido en la serie del mismo título que su libro, haciendo de “tía”, una de las mujeres viejas que vigilan a las jóvenes reproductoras, en el argumento de su obra

Lo más intrigante de ambos títulos es cómo han llegado a ser tan famosos. Puede explicarse en el caso de Orwell porque 1984 fue publicado en un momento en que era difícil entender qué pasaba en la URSS. Los defensores del comunismo no aceptaban la verdadera realidad dictatorial en que se había convertido el movimiento obrero inicial, con campos de prisioneros llamados Gulags que en poco se distinguían de los campos de concentración nazis. Una represión social brutal donde se enfrentaba a padres e hijos, denunciando los segundos a los primeros, y fomentando el miedo, la alienación y la carencia de todo pensamiento crítico. 1984 lo explica a la perfección, y más que una predicción del futuro parece, con todos los datos de que hoy disponemos, un reflejo de la sociedad rusa bajo el mando de Stalin. La novela tiene, naturalmente, universos simbólicos de control que escapan a su crítica inicial al bolchevismo, y que están plenamente presentes en la sociedad de hoy. A medida que el capitalismo se implanta y desarrolla sin alternativa crítica a su modelo social, y después de haber convertido a los ciudadanos en seudoesclavos consumidores, ha comenzado a fomentarse el control sobre su pensamiento. El objetivo está claro, aceptar menos salarios, peor vivienda, menos sanidad y educación, y puede que pronto menos democracia. No intento describir la realidad en que vivimos, sino transmitir el sentimiento que se ha producido en una parte de nuestras sociedades a raíz de su transformación. Esa parte busca leer 1984, y también El cuento de la criada, para encontrar una forma de explicar el mundo que nos ha tocado. Otros no, porque interpretan la realidad bajo una óptica más favorable, pero dado que estos libros son leídos por ser distopías, es eso lo que nos interesa.

La obra de Margareth Artwood es radicalmente distinta a la de Orwell, fundamentalmente porque está escrita desde el punto de vista de una mujer. Hay muchos más matices sentimentales en su personaje, una mayor dimensión humana. Y también una constante que eleva su carácter literario por encima de Orwell. La protagonista, que ha vivido en un mundo previo al del totalitarismo en que ahora vive, no muestra desesperación ni rebeldía, sino más bien un dejarse llevar. Esa es su grandeza literaria, porque también los seres humanos tendemos a adaptarnos si tenemos que afrontar una lucha sostenida. Nos cansamos, y acabamos dando por bueno lo que no nos gusta. En ese aspecto, Artwood es magistral. Y 1984 palidece en cuanto a que sus personajes son bastante más planos. Eso sí, este arranque sugerente acabará dando comienzo al hastío en El cuento de la criada, a diferencia de 1984, mucho más ameno.

No se extrañen si ven en los Estados Unidos mujeres vestidas como las criadas de la narración. Porque están convirtiéndose en un símbolo de protesta en aquellos estados que quieren limitar el aborto. No son meras reproductoras, y eso es lo que Artwood trata de decirnos. Lo de arriba es una corte judicial en una foto tomada en 2017. Sí, este mismo año.

Artwood nos presenta una sociedad en la que un grupo paramilitar ha dado un golpe de estado, se ha hecho con el control del gobierno y el parlamento, y ha instituido una sociedad donde prima lo religioso. O al menos una religión entendida al modo de los grupos más radicales de Estados Unidos y Canadá, una herencia típicamente anglosajona, y uno de los problemas presentes en sus sociedades. Ciertos colegios y comunidades prohíben enseñar la Teoría de la Evolución y censuran cualquier actividad sexual, interpretando la Biblia al pie de la letra. Esto no es ficción, sino parte del presente de Estados Unidos. Y es desde ese punto de vista lo que nos hace comprender  que la obra, publicada en los lejanos años 80, se haya convertido en altamente demandada en la actualidad. Uno de los miedos sociales más comunes entre la sociedad estadounidense más progresista es que predominen los grupos radicales de corte religioso. Muchos tienen la sensación de que eso es lo que se ha conseguido con Trump. Y que El cuento de la criada lo refleja a la perfección. Si bien, literariamente es un libro mediocre.

Si bien el planteamiento inicial es interesante, y el hecho de que la élite que ha tomado el poder esté tan avejentada que para tener hijos necesita “criadas reproductoras” abre muchas posibilidades, la narración corta todas de raíz. Está bien asistir al proceso mental de la protagonista, esa dicotomía a la que he aludido entre rebelarse o aguantar. Pero no resulta creíble que no se desespere ni una sola vez por no saber qué ha sido de su marido, o dónde está su hija, la cual le fue arrebatada. Resulta además mortalmente aburrido que a medida que se suceden las páginas no pase nada sustancial, como si el lector estuviera atrapado en una larga, y aburrida, pesadilla.

Frente a la criada, el protagonista de 1984, como parte del partido en el poder, y empleado en un ministerio, tiene una posición privilegiada para entender qué está pasando. La criada es lo opuesto, una mujer encarcelada en una celda que no le permite conocer la realidad. Se desvelará parcialmente al final qué ha ocurrido, con un giro narrativo algo facilón, y que no desvelaré aquí para no destripar el libro a quien le queden ganas de leerlo.

Créanme, no existe esta cámara de vigilancia junto a la placa que conmemora la casa en que vivió George Orwell. Es una de esas mentiras de internet, una manipulación, si quieren, del Gran Hermano.

1984 es una de esas obras que resiste el paso del tiempo, y que puede emanciparse de su origen como crítica al comunismo para universalizarse como espejo de cualquier sistema político totalitario. Casualmente esa pantalla desde que el Gran Hermano te vigila parece ser un adelanto de internet. Hoy es muy fácil para la policía, si decide investigarnos por orden del juez, saber qué hemos leído y comprado en la red en los últimos meses y años, nuestras preferencias, gustos personales y opiniones, fotos personales, e ingresos. Pero sin ir tan lejos una opinión de juventud puede conducirnos ante el juez, o ciertos comportamientos en internet privarnos de que nos contraten en una oferta de trabajo. Así que la vigilancia de 1984 cuidando que nuestra conducta sea correcta es más válida que nunca.

Tengo que decir algo a favor de El cuento de la criada. Tenemos una literatura, como una cultura humana en general, muy condicionada por la visión masculina. No es fácil equilibrar tantos siglos de historia donde la mujer ha sido poco más que un acompañamiento al hombre. Así que Artwood aporta, afortunadamente, una visión muy interesante de lo que sería una mujer común en cuanto considerada mero objeto reproductor. Y ahí se queda, sin ir más allá. Esta es una de esas ocasiones en que, sin conocerla, les diré que mejor vean la serie. Les resultará más entretenida.

The Road (La carretera)

Disfruté cada minuto que pasé pegado a las páginas de La Carretera, primera novela de Cormac McCarthy que leí, y que ahora he vuelto a releer.

Fotograma de la película protagonizada por Viggo Mortensen y basada en la novela.

El escritor estadounidense opta por un relato ininterrumpido, sin capítulos, para ilustrar el fatigoso viaje del padre y su hijo por un mundo reducido a las cenizas del recuerdo. La imposibilidad del lector para establecer pausas durante la lectura permite identificarse con los protagonistas, quienes avanzan sin descanso hacia un destino incierto, pues el mar al que dirigen sus pasos de pertenece al pasado del padre, ahora destruido sin que lleguemos a conocer jamás la causa, solo las consecuencias.

Sin embargo, la esperanza de proporcionar un futuro mejor a su hijo, quien no debería haber nacido ni conocido mundo como aquel -en el que los escasos supervivientes recurren con frecuencia la antropofagia ante la falta absoluta de alimento-, es lo único que le permite seguir caminando. Precisamente, el deseo de preservar la inocencia del niño le lleva a cometer actos egoístas, incluso violentos. Una contradicción de sentimientos apreciable en la negativa del autor a referírsele como «su hijo», siempre «el niño». Es decir, el padre pretende establecer una separación emocional para no vacilar llegado el momento de apretar el gatillo.

De hecho, los escasos diálogos entre ambos son reiterativos, basados en monosílabos hasta convertirse prácticamente en monólogos carentes de significado, solo palabras pronunciadas en voz alta para que parezcan más reales. Y es que la imposibilidad de hablar sobre el pasado –los escasos recuerdos del padre sobre su propia infancia, el incierto desastre que originó aquel «invierno nuclear» o el abandono de la esposa y madre- y la incertidumbre de su propio futuro les obliga a centrarse en el desolador presente, al silencio de quienes no tienen nada que decirse  ni mayor relación que la establecida por las circunstancias. Al fin y al cabo, «cualquiera puede ser padre, pero sólo un hombre de verdad merece ser llamado papá».

Ilustración de Seamus Heffernan, ilustrador.

Precisamente, ese egoísta deseo por mantener al niño vivo únicamente para tener una razón que justifique su propia existencia conlleva un exceso de protección le impide aprender, a valerse por si mismo, a sobrevivir. El padre convierte a su hijo en un ser dependiente de su figura. Es posible que algunos interpreten sus acciones como la necesidad de salvaguardarlo de la violencia, pero la negativa de dejarlo crecer, de permitirle seguir percibiendo el mundo a través de la ingenuidad –no de inocencia- infantil provoca que sea aún más débil y, por ende, más dependiente. Y es que resulta demasiado simple dividir a las personas en exclusivamente dos categorías, «buenos» y «malos», sin posibilidad de ambigüedad al interpretar sus acciones.

No obstante, McCarthy  evita el tedio en su novela – a consecuencia de la reiteración de escenas y el ritmo pausado de la narración- intercalando su arduo peregrinaje con escenas que nos hacen perder cualquier esperanza en el ser humano. El escritor estadounidense sitúa a sus personajes en una situación límite para mostrarnos sus reacciones cuando todo su mundo queda reducido a la satisfacción de las funciones más básicas; en especial, la necesidad de encontrar comida en un mundo yermo, en el que la tierra es incultivable por la gruesa capa de ceniza que la cubre o la ausencia de animales, bien porque han emigrado a otras regiones del país- e incluso del planeta- o han perecido en este eterno invierno gris. Aquí es cuando nos ofrece el retrato más descarnado de la humanidad, las imágenes provocan un fuerte impacto en el lector, tanto por lo que se nos describe como por la forma de hacer. Y es que McCarthy los narra en un tono neutro, de absoluta normalidad ante la brutalidad de la que somos testigos, incremento su efecto desmoralizador.

De este modo, conforme avanzamos por «La carretera» crece nuestra impotencia ante el recuerdo de un mundo ahora inexistente mientras avanzamos fatigosamente hacia un futuro todavía más incierto que el desalentador presente en el que intentamos sobrevivir, aunque carezcamos de razones para hacerlo. Cormac McCarthy nos ofrece una novela sin esperanzas, un relato de supervivencia extrema sobre la pérdida de nuestra humanidad y, en especial, la lucha de un padre por preservar la esperanza para dar un significado a la vida de su hijo en un planeta que la perdió hace demasiado tiempo. A pesar de las contradicciones en la personalidad de sus dos protagonistas –y, sobre todo, de su comportamiento ante determinadas circunstancias-, «La carretera» se extiende ante nosotros, inmutable, con un desalentador mensaje que no dejara indiferente al lector en su arduo avance hacia ninguna parte.

LO MEJOR: La estructuración de la novela en un único párrafo impide al lector realizar pausas, transmitiendo de forma metafórica el desaliento de sus protagonistas. La descripción de un planeta árido, cubierto de ceniza y muerte, sin esperanza. La simbología de los diálogos y otros detalles asociados a la relación entre padre e hijo. El distanciamiento narrativo incrementa el demoledor efecto de las escenas más crudas.

LO PEOR: Las incoherencias en el comportamiento de los dos personajes principales. La excesiva ingenuidad del hijo no resulta congruente en el contexto, pese a la sobreprotección paterna. «La carretera» no es la clásica  novela postapocalíptica, muchos lectores aficionados del subgénero pueden desilusionarse ante la auténtica complejidad del planteamiento pese a su apariencia sencilla.

LA PELÍCULA: el rodaje ha mantenido los momentos tensos y el carácter obsesivo del protagonista adulto. Tiene secuencias magistrales de cine de terror, y si no existiera el libro sería una gran película. Pero como buen producto comercial, deja espacio para respirar, a diferencia de la narración. Es una de esas ocasiones en que, contando lo mismo son muy distintas, y si habríamos de inclinarnos hacia cuál es mejor, pues en este caso sería el libro.

No juzguemos a McCarthy, el autor, por esta novela. Ni por aquella que en los 70 le retrató como un maestro del thriller con Child of God, donde un alienado protagonista se convierte en un asesino en serie. Es un tipo que huye de los escritores y los ambientes literarios, porque prefiere leer, escribir y pensar. Es además un importante divulgador de literatura científica, bastante reconocido, y ha ayudado a redactar artículos a expertos en economía, geología, y astrofísica. Nada tonto, alejado de la imagen del escritor, y absolutamente potente a la hora de retratar la sicología humana en situaciones límite. También absolutamente libre a la hora de escribir. The Road ha tenido su versión en álbum ilustrado para niños.

Álbum ilustrado para niños con The Road. Hecho por McCarthy para sus lectores más jóvenes.

Anna

Las primeras páginas de Anna me llevaron a esa pereza lectora que duda entre abandonar el volumen o tolerarlo como mejor se pueda. El hecho de que sus protagonistas fueran niños me llevó a pensar que estaba ante una novela juvenil de personajes facilones y situaciones planas. No podía estar más equivocado. La genialidad de Niccolò Ammaniti consiste precisamente en sacar de esa supuesta debilidad una gran novela, presentando a los niños en un escenario apocalíptico y privados de mayores.

Anna mezcla además muchos géneros, lo cual es en mi opinión un signo de la buena literatura de nuestro tiempo. El Boom Latinoamericano y su realismo mágico dieron el gran paso introduciendo en los llamados libros serios ciertas concesiones a la fantasía. Unido a la gran influencia que los libros anglosajones -cuyos autores tienen menos prejuicios en ese sentido- han imprimido en los autores europeos, está propiciando un regreso a los orígenes de la novela moderna. Que necesariamente debemos situar en el Renacimiento italiano, a través de dos autores fundamentales, Dante y Bocaccio. La influencia de los cuentos de aquel país fue inmensa en Europa, especialmente porque las guerras propiciaron el contacto con la forma de relatar italiana, ejerciendo enormes influencias en autores como Cervantes, Shakespeare y Rabelais. En los tres encontramos el mundo mágico, aunque el español lo disfrace de locura quijotesca. Recuperando este origen literario que ponía su foco en entretener al lector, la moderna literatura nos ofrece, gracias a esa libertas, joyas como Anna.

Edición en español de Annagrama, 2016. La ilustración de portada es de Raid71, seudónimo del ilustrador Chris Thornley, cuyo trabajo en las portadas de diferentes libros es absolutamente evocador. Él hace algo poco común, y es aportarnos el sentimiento que transmite la obra, en lugar de conceptualizar su argumento. Merece la pena visitar su web para conocer su trabajo.

El libro nos conduce a un escenario en el que una epidemia mortal, de un virus contra el que no hay cura, acaba con todos los adultos del planeta. O al menos con los de la isla de Sicilia en donde transcurre la acción. Los niños sobreviven, pero solo hasta la adolescencia, dado que las hormonas en su sangre permiten que también padezcan la enfermedad y mueran. Anna y su hermano Astor son unos de esos supervivientes infantiles, a los que su madre ha dejado un cuaderno con explicaciones sencillas para sobrevivir.

Ammaniti, el autor, contesta a nuestra pregunta de cómo se comportarían los niños en una situación desesperada de forma magistral. Revela cómo los pequeños son manipulados por los más mayores, y se dejan llevar inocentemente. Pero más importante aún, nos enseña que aquellos más cercanos a la adolescencia no han desarrollado el nivel de maldad de un adulto, que seguramente abusara de ellos para sostenerse. No son ángeles, desde luego, y su organización tribal ha renunciado a la piedad o a la justicia, solo que no pueden llegar a la crueldad ni al crimen gratuito. Simplemente porque no tienen el resabio de la edad adulta.

Hay además en Anna un maravilloso componente poético. El ser humano está condenado a morir, como cualquier ser vivo, pero en nuestro tiempo esta idea se aplaza o se elude. Al fin y al cabo vivimos sanos hasta edad muy avanzada. El escenario de la novela nos sitúa en otra tesitura, mucho más inmediata. Crecer significa morir. La regla en las chicas o el asomo del bozo en ellos supone que contraerán la Roja, y agonizarán sin remedio. Pero ello no quita ocasión a que la solidaridad, el amor, la ternura, vayan saliéndonos al paso. Anna, que comienza siendo muy niña y que ovulará por primera vez hacia el final, tendrá ocasión de sentir la ternura de una madre hacia su hermano pequeño, la pasión incipiente de una adolescente enamorada, y la determinación de una adulta para buscar la salvación.

El autor de Anna afirmó en una entrevista a El País que “No tenía talentos particulares, no sabía qué me reservaría el futuro. Por desesperación, para pasar el rato, me puse a escribir”. Eso le motivó más que acabar la tesis de su carrera de biología. Y es que el mal de la literatura nos acecha con su veneno en cualquier parte, cuando menos lo esperamos.

Hace tiempo que Niccolò Ammaniti es una referencia en la literatura de su país, y si el resto de sus libros son así, promete convertirse pronto en un clásico internacional. Este libro, Anna, es uno de esos que nos reconcilian con el hecho de ser humanos. Y creanme, esto pasa cada vez menos a menudo.

La maldición gitana, Harry Crews

Porqué leemos. En general queremos que nos cuenten historias capaces de descubrir mundos y vidas en los que no hemos participado. El libro nos alcanza una realidad que en la vida gris y cotidiana no suele abordarnos. Menos aún si quien la protagoniza es Marvin Molar, un tipo deforme y sordomudo que tiene brazos con cincuenta centímetros de circunferencia.

Pero no es la apariencia de monstruo del protagonista la que hace buena literatura en La maldición gitana. Sus páginas hablan de una realidad que su autor, Harry Crews, conoció muy bien. Vivir en un mundo del que jamás te sientes parte, y en el que tienes que sobrevivir con tus deficiencias, y sin derramar una sola lágrima. Sería mucho pedir que en estas circunstancias uno sonriera, y lo cierto es que en La maldición gitana hay poco espacio para la sonrisa. Las situaciones grotescas son innumerables, pero solo dan lugar a la burla cuando Marvin Molar enfrenta el mundo, nunca en la intimidad de quienes le rodean, su familia y su novia.

La iglesia era una de esas fortalezas baptistas, un inmenso cúmulo de granito con cerca de diez chapiteles, un bloque cuadrado, vidriera y una cartelera negra plantada en el exterior con frase bonitas y el menú semanal. La frase bonita de esta semana era: ENTRA Y TEN TU FE ALZADA, que me pareció bastante lamentable y me da que era fruto de malos hábitos de lectura, de leer a los Wallace del mundo: Wallace Irving, Irving Wallace y Wallace Wallace. Debajo del oficio del Alzamiento de la Fe ponía lo que el predicador iba a hacer el domingo, algo titulado “Una lección de amor”, y debajo la concurrencia que había asistido últimamente. Suficiente para hacer vomitar a Dios. (Extracto de la traducción de Javier Lucini, editorial Dirty Works).

Marvin Molar, el enano de brazos musculados que escribe estas palabras, nació con dos deformidades, un cráneo sobredimensionado y un par de piernas ridículas que le cuelgan inservibles. Fue abandonado en la puerta de un gimnasio, cuyo dueño le ha criado, convirtiéndole en una criatura de feria que realiza actuaciones. Sesiones de equilibrismo sobre sus potentes brazos, posibles gracias al entrenamiento de su padre adoptivo, un tipo que de joven dejaba que los coches pasaran por encima de su musculado torso.

Con qué clase de personas puede relacionarse alguien así. La respuesta es más sencilla de lo que parece: con otros monstruos como él. Dos boxeadores sonados, y un padrastro con cierto retraso mental a raíz de un accidente en una de sus actuaciones que le aplastó el cráneo. Y qué ocurre si aparece alguien más o menos normal, y se convierte en su novia. Pues que en apariencia a Marvin le ha tocado la lotería, y una diosa del sexo calienta su cama sin dar importancia a sus deformidades.

Pero la vida no esconde cuentos de hadas. No lo hace para las personas nacidas sin deformidades, así que menos aún para Marvin. Esa es la verdad detrás de La maldición gitana, y Harry Crews sabe desvelarla con maestría, frases cortas y directas, y un lenguaje acorde a quien es su protagonista. Pocos imaginarán el final destinado a quien ha sido maldecido con estas palabras: ¡ojalá encuentres un coño a tu medida!

Harry Crews cuando ya era un autor consagrado. Se afeitó a lo mohicano, y se hizo un tatuaje en el brazo porque quería seguir siendo, pese a su éxito, un outsider. El verso de su brazo de escribir dice: ¿Cómo te gusta beneficiarte de tu muchacho de ojos azules, señor Muerte? Un fragmento del poema Buffalo Bill de E.E. Cummings. Fuente: Blood, Bone and Marrow, página para la biografía de Crews escrita por Ted Geltner.

El libro atrapa desde la primera página a la última, y no te suelta. Con una economía de expresión trabajada al máximo, solo sencilla en apariencia. Crews fue universitario y profesor de inglés, así que dominaba la técnica. Pero además fue hombre alcohólico, padre que vio morir a uno de sus hijos, y niño con una infancia terrorífica. Es un buen cóctel para ser escritor, si uno es capaz de sacar su propia mierda y crear con ella historias que reflejen la condición humana. Y vaya si lo consigue.

La maestría de Crews se comprende mejor al leer “Una infancia: biografía de un lugar”. Curiosamente ambas obras parecen ir ligadas en nuestro país a la figura de Javier Lucini, que es el traductor de de las dos. Y lo más parecido que yo imagino para un ángel del infierno metido a editor. Lo cual es un síntoma de que el mundo evoluciona a mejor, aunque últimamente las sociedades estén dando síntomas de todo lo contrario.

Este tipo es responsable de traducir, y conduce una editorial: Javier Lucini.

No es ningún secreto que me he convertido en fan de la editorial Dirty Works. Pero es que empresarialmente son una delicatessen en el panorama de pequeñas editoriales procurando ganarse la vida con obras de autores consagrados pero poco conocidos aquí. El criterio de Dirty es impecable, traer la literatura sureña de los Estados Unidos, y concretamente aquella de tipos tan jodidos como William Burroughs hijo, y semejantes. La aportación cultural de tal esfuerzo es impresionante. Máxime cuando hasta las grandes editoriales parecen hoy máquinas de imprenta, que lanzan productos de fácil consumo confiando en que dos de cada diez títulos funcionen, y los otros ocho vayan al infierno.

Sucias maneras de abrir un DW. Algo se me está pegando, temo.

Les dejo una pregunta que pueden responderse como mejor les parezca. ¿Por qué en un país desmoronado como éste, con tanta gente sufriendo, no aparecen novelas como las que publica Dirty Works, escritas por españoles? Les dejo una pista: sí se están escribiendo, pero no cuadrarían en ningún catálogo de los actuales. Un hecho que, como diría Marvin Molar, haría vomitar a Dios.

Jonathan Strange y el señor Norrell

Empezaré reconociendo que no suelo acabar los libros cuya acción no comienza hasta más allá de la página 250, y éste es el caso de la primera novela de Susanna Clarke. El argumento, dilatado a lo largo de 800 páginas, podría resumirse en cinco, lo que da idea de su cadencia. Cierto que en las últimas cien la conclusión se acelera, y de hecho uno comienza a leer más deprisa, casi ansioso por descubrir, al fin, cómo serán los caminos de la magia. Porque ese es el motivo principal que mueve la obra, la práctica de la magia. El género de la fantasía en la mejor tradición de Tolkien y Rowling.

De hecho podría parecer, por la fecha de publicación, que Jonathan Strange y el señor Norrell son fruto de la influencia de Harry Potter, pero los diez años que tardó Clarke en concebirla y ponerla por escrito, hacen suponer que J.K. Rowling fue posterior, o en todo caso, que se idearon a la vez. Esto, que sería insólito en las literaturas en otros idiomas, no tiene nada de raro en el mundo anglosajón, donde los libros de fantasía son considerados tan literarios como los realistas. No ocurre así en el caso del español, y aunque quizá semejante prejuicio esté siendo abandonado en la actualidad, la primera generación de escritores que se saltaron esa regla, aunque fuera parcialmente, fueron los del Boom Lationamericano. Cien años de soledad es sin duda el ejemplo más popular del que fue llamado realismo mágico, que tardó llegar al español tanto como alcanzó el influjo de Cervantes vilipendiando, con su Quijote, las quimeras. Algo semejante a lo que hizo García Márquez hace Clarke en esta novela ucrónica. Y es que, pese a que este libro esté en los estantes del género fantástico, lo supera saliéndose de largo por sus costuras.

Ilustración de la Guerra de la Independencia, por Portia Rosenberg. Incluida en la edición original, y en la versión española de la editorial Salamandra.

El argumento transcurre en la Inglaterra del siglo XIX, concretamente en el Período Regencia, cuando el rey Jorge III perdió la cordura, quedando la corona inglesa en manos de su hijo, como regente, futuro rey Jorge IV. Es el tiempo de Lord Byron y Jean Austen, y también el de una acomodada clase alta que vive ignorante de las estrecheces del pueblo llano. De este modo, Jonathan Strange y el señor Norrell se convierte en una ucronía, regresando fielmente al pasado para redibujarlo completamente. Y ensalzar, de paso, todo lo británico. La escritora hace un retrato fidedigno de una época en que dos tendencias confluyen, y eso lo muestra en sus dos protagonistas. Tanto Norrell como Strange son caballeros, pero uno representa los modos del XVIII y el otro las nuevas corrientes novecentistas. El señor Norrell, el mayor, usa todavía peluca blanca en su atuendo, vive retirado en su casa de campo, con sus libros, y es un perfecto erudito sin vida social. Strange es un caballero londinense, joven, amante de lo urbano y de los viajes. Ambos son magos, y a iniciativa suya, la magia comenzará a servir como apoyo a las acciones del gobierno inglés. Especialmente al librar las guerras contra uno de sus principales enemigos, Napoleón Bonaparte.

Clarke es de esas británicas que adora lo inglés por encima de todo, y que guarda una excelente opinión sobre los usos y costumbres de su país. Todo ello aporta a la novela un sabor tan británico como el del té. Pero no debemos interpretarlo como un defecto, ni mucho menos, sino más bien como un sabor que impregna las páginas, tanto como la vida rusa lo hace en Dovstoiesky, Tolstoy o Chéjov. A diferencia de las obras de aquellos, éste es un libro de argumento fantástico, y a ello se sacrifica la profundidad de los personajes, por lo que no podemos compararlo a las grandes novelas de la literatura universal, aunque sí equipararlo a los grandes libros de la literatura fantástica. La forma de narrar, y el tempo, son tan admirables, que incluso en la traducción que he manejado los hechos se concatenan de forma fluida y elegante, siendo un verdadero placer seguir su lectura. El trabajo de la traductora, Ana María De la Fuente, es excepcional, y la lengua inglesa fluye en español con una elegancia cervantina, que lo atrapa a uno. Lo que denota un trabajo en la estructura y sintaxis de Clarke absolutamente minucioso, y una comprensión absoluta de su lengua por parte de De la Fuente. Esta es la razón, de hecho, que me llevó a la página doscientas cincuenta, cuando ya comenzaba a declinar el planteamiento inicial, y que me ha tenido enganchado hasta su final.

Ahora bien, en Jonathan Strange y el señor Norrell no importa tanto el argumento como lo que relata, por contradictorio que esto pueda parecer. Pensar que puede existir lo imposible es uno de los mayores placeres humanos, pues de otro modo no nos hubiera acompañado, desde el inicio de nuestra existencia, los mitos de la narración. También Clarke nos otorga una posibilidad fantástica, y es que el reino fundado por el mítico Arturo, esa Inglaterra nacida de la Edad Media, con su tabla redonda y sus leyes, proceda realmente de la magia de un rey. En este caso, del Rey Cuervo, un humano raptado por los duendes de niño, y criado en los túmulos de las hadas, convertido en general de un ejército de duendes, y monarca de varias tierras, la real y la fantástica. En la novela, el Parlamento Británico acepta este hecho con total naturalidad, y admite la existencia de la magia como parte de su propia historia, incluso como una asignatura impartida en los colegios. Es más, acepta la colaboración de los magos en los asuntos de gobierno, y el propio Strange viaja a España para ayudar al duque de Wellington en su alianza con los españoles, a fin de derrotar a los franceses en la Guerra de la Independencia. Allí, Strange mueve carreteras y desplaza ciudades y bosques, sin tomarse el trabajo de devolver todo a su lugar. Fernando VII se queja después de este hecho al Parlamento, pero los ingleses poco menos que se lo toman a broma. Cabe decir que España es representada como una nación bárbara e incivilizada, lo que de hecho era en aquella época, y que el ejército de Wellington parece no contar con españoles entre sus filas, lo que no es demasiado fiel a la verdad. Se respira en todo ello, como en el resto del libro, ese pensamiento tan británico que les ha llevado al Brexit, y que bebe de la gloria pasada. Pero una vez más he de decir que sirve estupendamente a los propósitos del libro.

El mago Strange saliendo por un espejo después de descubrir los pasadizos que los unen. Ilustración de Portia Rosenberg.

La novela permite viajar a las guerras napoleónicas, al Londres de la alta sociedad, a Portugal y a España, y a Venecia, recreando algo que entre la clase alta británica del XIX se llamó el Grand Tour. Un viaje previo a casarse, que debía hacer todo caballero por Europa para acabar su formación, convirtiéndose en hombre de mundo. Lord Byron se lo tomó muy al pie de la letra, siendo uno de los primeros en viajar en algo parecido a una autocaravana actual, aunque en su caso no regresó nunca a su tierra natal. Tanto le gustó la libertad que encontró fuera de ella. Además de esto, el libro de Clarke tiene los ingredientes propios de los cuentos de hadas, mucha magia que permite lo imposible pero está sometida a reglas, grandes magos del tipo clásico, como el Merlín de Arturo, hechizos, duendes y personajes malvados de tipo élfico. En su final, sublime, una torre de oscuridad se eleva sobre uno de los barrios de Venecia, los árboles y bosques cobran vida, y los mundos mágicos y el real se confunden por un momento. Y todo ello, en una recreación histórica tan fiel, que uno podría estar leyendo una novela realista, escrita hace más de un siglo, dando así veracidad a la presencia de lo mágico.

Por si no fueran poco sus ochocientas páginas, hay además un permanente juego metaliterario, con abundante notas a pie de página. Otros cien folios con eruditas a una biblioteca de magia inventada, con títulos de volúmenes, editorial y año de publicación, así como abundantes leyendas y tradiciones mágicas. El libro, en fin, da para tres, y es capaz de seducirnos con su lectura desde la primera página a la última. En mi opinión personal, las evocadoras ilustraciones de Portia Rosenberg lo estropean algo, porque ponen cara a sus protagonistas, y ese debe ser un sagrado derecho reservado al lector. Pero esto sin duda son manías personales mías, y habrá quien las encuentre muy pertinentes. Por respeto a ambas autoras, he decidido incluirlas como parte de la ilustración de este artículo, tomándolas de la web de la autora.