Hacedor de estrellas

  Este es uno de los libros clásicos de la ciencia ficción, rango que ha adquirido después de que muchos escritores lo usaran como base para construir algunos conceptos que ya forman parte inseparable del género. Como una humanidad que se expande a través del Universo -Isaac Asimov-, los conflictos entre especies -Arthur C. Clarke-, ola dificultad de comunicarse con extraterrestres -Stamislaw Lem-. El género alcanzó su cénit movido en parte por el interés público de la carrera espacial librada entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, proporcionando obras notables y muy entretenidas que dejaron “Hacedor de estrellas” relegado al limbo de los entendidos.

Hay una razón para ello, y es que el libro no puede estar más alejado de la expectativa del lector actual de ciencia ficción. Ni más cercano al interesado en las narraciones que explican nuestro propio tiempo. Por ello ha superado su género inicial para entrar en la literatura general. En la narración, el protagonista de Stapledon sale de su propio cuerpo, y como mente consciente emprende un viaje de conocimiento a través del Universo. No solo viaja por el espacio, sino por el tiempo, y eso le permite entrar en contacto con civilizaciones que ya habían desaparecido al surgir el hombre, y con otras que aparecerán mucho después. Curiosamente, este es uno de los obstáculos que la ciencia nos plantea a la hora de encontrar vida extraterrestre en el espacio, la dificultad de que dos civilizaciones con suficiente desarrollo para encontrarse convivan a la vez. El autor lo supera para plantearnos un viaje muy similar a la Odisea de Ulises, en cuanto a desarrollo de una búsqueda en etapas. Si el héroe griego estaba obsesionado con volver a Ítaca, su casa, el del Hacedor de estrellas busca el origen del todo, un ser supremo que no es un dios, sino la conciencia colectiva de todo lo que existe, reunificada en un solo ser. Stapledon era filósofo, y la filosofía impregna su libro de la primera página a la última. También era agnóstico, lo que nos conducirá a un “Hacedor” realmente original.

El autor estuvo influido por el pensamiento de tres filósofos que analizaban el desarrollo humano desde el punto de vista de sus sociedades: Hegel, Marx y Spinoza. Hegel buscaba en la Historia los procesos que permitieran explicar los cambios sociales, considerando que la ciencia que estudia el pasado era además un tribunal de justicia en el que juzgar el mundo. Spinoza defendió que cuerpo y mente eran un todo, sin alma que pudiera separarse, y cada hombre un componente del Dios-todo, sin libre albedrío porque está dominado por leyes universales. Karl Marx propuso una sociedad comunista donde el hombre dejaría de estar alienado, alcanzando su libertad personal, entendida como la capacidad de pertenecerse a sí mismo y no a los propietarios de los medios de producción. Todos estos planteamientos casan de manera nítida en “Hacedor de estrellas”.

El libro nos narra una historia del universo donde las únicas civilizaciones capaces de avanzar son aquellas que superan su individualismo para trabajar en el bien común, y que reúnen a las diferentes civilizaciones de un planeta para perseguir un mismo objetivo. Entran en contacto telepático unas con otras superando el problema del viaje espacial, y se descubren mutuamente al percibir conciencias que también son telépatas. Juntas, intercambiando ideas y conocimientos, forman sistemas planetarios alimentados por estrellas, mientras que abandonan a su suerte, en planetas menores, a aquellas especies que no son capaces de superar el egoísmo que les lleva a la guerra y al conflicto.

“Mi propia especie humana, en circunstancias similares, nunca se hubiese permitido, seguramente, una caída tan total. Sin duda, estamos también amenazados con la posibilidad de una guerra apenas menos destructiva; pero, cualquiera que sea nuestra agonía próxima, nos recobraremos, ciertamente. Seremos insensatos, pero exitamos siempre caer en un abismo de absoluta locura. A último momento la cordura tambaleante se yergue otra vez. No ocurrió así con los Otros Hombres.”

Los personajes que desfilan por las páginas de Stapledon son joyas de la ciencia ficción. Humanos ligeramente más chatos, con pelaje verde, mayores narices, muy similares a nosotros. Incluso con un punto humorístico en su sociedad que recuerda el torno burlesco de “Los viajes de Gulliver”. Avanzados cangrejos y peces que desarrollan una existencia simbiótica. Hombres planta que se separan de sus raíces de noche para moverse. Amebas esenciales pero con una parca consciencia en los principios de formación del universo. Todos terminan en un grado muy avanzado de civilización, aprovechando al máximo la energía de las estrellas, e incluso modificando su combustión. Hasta descubrir que incluso en esos astros existe inteligencia, comunicación y consciencia: son seres.

“Pero estas razas eran parecidas a la nuestra sobre todo en un aspecto. En todas había una rara mezcla de delicadeza y violencia. (…) En el pasado reciente se había alabado de labios afuera la delicadeza, la tolerancia y la libertad; pero la política había fallado, pues no había allí un propósito sincero, ni convicción, ni respeto verdadero y vívido por la personalidad invididual.”

Las grandes civilizaciones universales de Stapledon entran en contacto en sus respectivas galaxias, y forman mentes comunales que facilitan el desarrollo, para después comunicarse con galaxias vecinas y mentes comunales. Y tras ese maravilloso avance social, donde las especies conflictivas son abandonadas a sus guerras en planetas aislados, para que se extingan, la combustión de las estrellas hace que todo desaparezca en el negro vacío. Hay, desde luego, en todo esto, una metáfora del Big Bang, la explosión de la que se forma el espacio-tiempo, y la evolución que nos plantean físicos como Stephen Hawking, según los cuales todo acabará cuando las últimas estrellas se apaguen, y la materia restante se contraiga en un punto de infinita densidad, regresando al origen. Pero hay también, a lo largo del desarrollo del argumento, una explicación historicista del comportamiento de las especies, al modo de Hegel; unas leyes universales que vemos repetirse en el comportamiento de galaxias muy alejadas entre sí, y especies totalmente diferentes, al modo de Spinoza; y siempre sociedades triunfantes porque tienen un objetivo “comunista”, entendido éste como común a todos y no “de economía con medios de producción de propiedad estatal”. Al modo planteado por Marx.

“Descubrimos, por ejemplo, que algunos planetas grandes y secos estaban habitados por criaturas parecidos a insectos, cuyos enjambres o nidos eran el cuerpo múltiple de una sola mente.”

Quizá lo anterior pueda dar la sensación de que “Hacedor de estrellas” es un libro duro de leer. Pero nada más alejado de la realidad. Uno puede dejarse llevar por su argumento desde la primera página a la última, y disfrutar con las perlas filosóficas que Stapledon va sembrando en nuestro camino, sin saber nada de filosofía. No hay, eso sí, trama en el argumento, ni protagonistas individuales, ni desarrollo de la acción. Hacedor de estrellas es la historia del Universo, y un viaje en el tiempo en las dos direcciones, y dado que escribir es jugar con el tiempo, no imagino otra manera de condensar semejante evolución en 280 páginas. Hay a veces que saltarse las minuciosas explicaciones de Stapledon sobre galaxias, especies y cosmogonías. En palabras de Borges -cuyo prólogo figura en la edición argentina de Minotauro, 1974- el autor describe sus mundos “con la aridez de un naturalista”. Para una novela muchas de estas explicaciones serían innecesarias, pero este libro se salta los géneros y admite una difícil clasificación. Eso lo hace, por otra parte, tremendamente moderno, y mezcla a la vez de distopía y utopía, completamente colectiva. El autor deja además una pista sobre el tiempo en que realizó el viaje su protagonista, pues al regresar a la Tierra su conciencia, sobrevolándola, ve las ciudades españolas arder -Guerra Civil-, y a las juventudes hitlerianas adorando a su führer. Previo a ello encuentra al dios universal, al “Hacedor de estrellas”, y es bastante menos amable de lo que pudiera imaginarse. Pero no desvelaré esa parte para no destrozar el mayor interés del libro a quien desee leerlo.

“¿Y el futuro? Oscurecido por la tormenta creciente de la locura de este mundo, aunque atravesado por ráfagas de nueva y violenta esperanza, la esperanza de un mundo cuerdo, razonable y más feliz. Entre nuestro tiempo y el futuro, ¿qué horror puede esperar? Los opresores no dejarán dócilmente su sitio.(…) “

Autor: MST Martín Sacristán

Escritor, periodista, creador de contenidos Y con la palabra, lo que tú quieras. www.martinsacristan.com

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