Materia Oscura, Blake Crouch

¿Ciencia ficción dura o pura ficción? Entre esos dos polos oscila la creación literaria de este género desde que perdió el favor masivo de los lectores. El fin de la Unión Soviética puso fin al interés por la carrera espacial, ya que se dio por hecho que Estados Unidos había ganado. Mucho antes el mundo occidental daba por hecho que la NASA llevaba la delantera, y tanto es así que aquella misión Apolo XIII de los setenta -la de “Houston, tenemos un problema”- apenas suscitó la atención pública. Al fin y al cabo regresaban, otra vez, a la Luna, qué original.

Edición española de la obra de Crouch por Nocturna Ediciones 2017

La repercusión de esa actitud social supuso que los universos imaginados donde una futura humanidad viviera rodeada de robots -Asimov- o se descubriera a sí misma en sociedades extraterrestres -Bradbury- dejaran de demandarse entre los más vendidos de las librerías. A partir de ese punto la ciencia ficción se dividió en dos subgéneros, el duro y el general. Duras son las novelas basadas en postulados científicos, cuyas explicaciones pueden escapar al lector común. Generales, las que simplemente rodean el argumento con fantasías futuristas. Materia Oscura está en mitad de los dos, y puede que por eso acabe siendo un referentes para autores y lectores.
La base teórica forma parte de esos aspectos de la Física difíciles de entender, los de la mecánica cuántica. Si han oído hablar del experimento imaginado del gato de Schödinger sabrán que el animal está vivo y muerto a la vez antes que el observador abra la caja. Lo que intenta demostrar esa paradoja es que en el universo cuántico un electrón puede estar en dos lugares distintos al mismo tiempo, hasta que el observador mira y decide en qué sitio se queda. Lo que es pura fantasía para la realidad común es rutina en la física cuántica. Qué ocurre si trasladamos eso a una tecnología aplicable y lo convertimos en algo tangible en nuestro mundo. Aquí es donde comienza la trama de Materia Oscura.
Blake Crouch nos propone a un científico capaz de fabricar una caja como la de Schödinger, pero donde podemos meternos nosotros mismos y acceder a los universos paralelos. Es decir, a aquellos en los que nuestro yo ha tomado otras decisiones.
Desde el punto de vista de la física, los universos paralelos nacen de la influencia de la medida, a la que podemos llamar observación. Como observadores de la realidad, influimos en ella, decidimos si el gato está vivo o muerto, si el electrón está a la izquierda o a la derecha del tablero. El autor da un paso más y decide que en su trama fantástica, cada decisión vital que tomamos genera un universo paralelo donde nuestro yo comienza a vivir una vida completamente diferente. Imaginen un mundo en el que ustedes hubieran estudiado algo diferente a lo que eligieron, cambiaran de pareja, no tuvieran hijos, o los tuvieran, si no los tienen. E imaginen también la posibilidad de visitar esos mundos y observarse a sí mismos en cada una de las variaciones.
Lo fascinante de Materia Oscura es que el protagonista es víctima de sí mismo en otro mundo paralelo, desde el que su yo espejo viene a ocupar su vida. Este científico dejó su carrera para tener un hijo y casarse con su pareja, mientras que el que inventó la caja la abandonó y no tuvo ese hijo. Un día el yo del éxito profesional viene a ocupar el sitio del otro, enviando a este a su mundo. Y comienza un apasionante thriller que no da un minuto de respiro al lector. Ni un segundo, más bien.
Porque uno de los mejores aspectos de esta novela es precisamente su capacidad de mantenerte atrapado en las páginas esperando a ver qué pasa. Se mete en un berenjenal bestial, y si uno no entiende demasiado la física cuántica, cosa que nos pasa a la mayoría, puede prescindir de las repercusiones científicas del argumento para centrarse solo en la trama. Asegurado éxito por tanto para lectores de novelas de aventuras que no necesariamente se interesen por el género. Un enorme acierto, y un gran talento el de Blake Crouch, del que ya estoy deseando ver cómo ha seguido evolucionando en el resto de sus libros.

El pelirrojo es Blake Crouch, y esta imagen está tomada de su web https://www.blakecrouch.com

Lo negativo, la salida del berenjenal. Todo estaba muy bien planteado, hasta que lleva el experimento de Schödinger al extremo, y en lugar de aparecer un gato muerto o uno vivo, aparecen tantos gatos como observadores hayan abierto la caja. Lo expreso así para no revelar el argumento, pero háganse a la idea de que todos sus yos, procedentes de todos los universos posibles, se reúnen en una habitación con un gato, muerto o vivo, para defender que ellos son los que deben ocupar su lugar. La locura.
Otro aspecto que le falta a Materia Oscura para subir el escalón de la literatura es la profundidad del personaje central. Menuda aventura vital con enormes implicaciones filosóficas vive. Pese a ello sale únicamente con el deseo, tan de película norteamericana, de ser un padre de familia que cuida de su mujer y su hijo. Vale, muy tierno, muy bonito, pero las posibilidades de reflexión e implicaciones vitales tienen mucho recorrido, y Crouch no las aprovecha. Ello no quita para que el libro se disfrute enormemente, tan solo le falta ese final perfecto que hace el gran postre de un buen menú, uno excelente.
Así que de momento la ciencia ficción, que puede aprender mucho de Materia Oscura, no deja de ser un género menor. Mañana será otro día, y aparecerá por fin el equivalente a Juego de Tronos, no ambientado en un escenario medieval y fantástico de cuento de hadas, sino en uno futurista y científico. Estamos cada vez más cerca de eso, y Materia Oscura lo demuestra.

Fuerte abrazo a la tripulación

Esta es una felicitación de fin de año, hecha por MST para JotDown cultural Magazine Como no sabía dónde ponerla ha acabado aquí.

En esa nave de los locos llamada JotDown solo el capitán está cuerdo. Aunque posiblemente no. El director lo parece, pero detrás de esa buena gestión y capacidad analítica de informático que mantiene a flote esta revista, esconde un alma de apasionado por los calamares gigantes. Quiero decir, por esas anomalías de la naturaleza que están en los abismos y que para quien sabe mirar, salen a flote. Supongo que es así como encuentra redactores, o quizá sean ellos quienes participen de la pesca. Pese a ser uno de ellos sigo sin estar muy seguro de cómo he acabado allí. Tampoco pregunto, no vayan a darse cuenta que solo soy un polizonte en mitad de esta panda de tipos y tipas que están entre la genialidad y la barbarie.

Tengo edad suficiente como para haber crecido en una cultura de kiosco, de niño que esperaba el fin de semana para arañar un tebeo de Mortadelo o Superlópez. Que hojeaba el periódico El País y su suplemento cultural, porque tenía una parte dedicada a los niños, y por sus fotos. Suficientemente mayor también como para haber sido uno de los primeros que usó internet antes de que existieran los navegadores -qué infierno de comandos-. Y a la vez tan joven como para adaptarme a aceptar que los quioscos se fueron y que ahora la producción gorda y jugosa pasa por internet. Cuando supe que JotDown existía -y la descubrí como usuario del agregador de noticias Menéame- me quedé flipando un buen rato. De pronto tenía ante mi un suplemento cultural a la altura de aquel que recordaba de El País -el cual, antes de decaer, era la gran revista de divulgación cultural española-. Bueno, estaba el Blanco y Negro de ABC, pero demasiado a menudo era un reducto de dinosaurios. No me malinterpreten, siempre he admirado los museos. Por contraste, JotDown aparecía redactada con un estilo underground que aún no se había visto masivamente reflejado en la prensa de nuestro país. O que al menos yo solo recordaba de la cultura anglosajona. Y me enamoré. Llevo enamorado desde el 2011.

Sus artículos son largos, larguísimos. Reclaman tardes nubladas con una buena bebida, a veces caliente y a veces cargada, según. Hay cosas que pueden decirse en mil palabras y quedar bien dichas, e incluso en el breve los argumentos parecen tener más razón. Pero en el placer de extenderse es donde un redactor da la talla, manteniendo el interés hasta la última línea. Lo intentan. Lo intentamos en cada maniobra. Y cuando la cagamos nunca acabamos de entender si estábamos demasiado borrachos, o demasiado poco.

El día en que recibí un correo del gran loco, del capitán de la nave, ofreciéndome escribir allí, tuve la misma sensación que en el cochecito de la montaña rusa. La de ese instante con el vacío en el estómago por el inminente descenso, que te coge las tripas, y te las retuerce. Joder, no sé yo si lo voy a hacer bien, qué responsabilidad. En fin. No se lo dije. Empecé haciendo uno, seguí con otro a ver qué pasaba, fui salvando los papeles, y aquí me tienen todavía. Leo con voracidad algunas firmas, unas me despiertan envidia, en otras encuentro que todos tenemos días malos, mediocres. Sigo el Twitter porque las frases del subdirector son una novela por entregas, que parece transcurrir entre conciertos de rock duro, actualidad general, ansias de dulce con extra triple de azúcar, y fanatismo de gimnasio, estos dos últimos solo a veces. Sigo a la bola, mote de twiteros para @jotdownmagazine, pero a ella no puedo resumirla, así que si quieren saber lo que es bueno, síganla.

Con JotDown no han dejado de pasarme cosas buenas. Convocan anualmente un premio de divulgación científica al que decidí presentarme, cuando ya escribía para ellos, por la razón más infame que pueda imaginarse. Necesitaba el dinero. Estaba en una de esas etapas malas que frecuento, la veintidós, creo. Nunca había escrito sobre ciencia, y además soy negadísimo para las matemáticas desde niño. Tuve que renunciar a estudiarla, pero me convertí en un engendro de letras puras que continaba leyendo sobre física. Imaginaba entonces que en sus diferentes ramas acabaría encontrando la respuesta al qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos, que no me dio la filosofía. Pues oigan, tampoco. A lo único que me ayudó a aquello fue a ganar el JotDown Ciencia 2017, contra todo pronóstico, y con un artículo sobre la flora intestinal y el cine expresionista alemán, dos cosas que me gustan bastante. Me llevaron a Sevilla, me invitaron a cenar, y conocí a una parte de esos locos que pululan por cubierta. Ustedes no dirían al toparlos por la calle que tienen las cabecitas dando vueltas a mil revoluciones por minuto, pero créanme que así es. También conocí las tapas sevillanas, con divulgadores y científicos como Francis Villatoro, Carlos Briones, Clara Grima y Enrique F. Borja, autor de Cuentos Cuánticos, y madre mía. Qué gente más maja, y qué sublime todo.

No pasó mucho antes de que la necesidad volviera a acometerme, y me presentara por ello a otro premio, este de periodismo, que también gané, salvando el mes. A la entrega acudió una de las directivas de JotDown, robando un poco de su tiempo para verme. Luego volvimos a vernos en mi ciudad, la acompañé a una entrevista, comimos juntos, charlamos y hasta gestionamos la expedición de un abono transportes. Se imaginan lo que pasó. Que me enamoré de su persona. No en el sentido carnal, por favor, sino de esa forma de ser, estar y actuar que es a la vez una mezcla de talento, corazón y ganas. Hemos hablado muchas veces luego por correo o teléfono, y trabajado juntos, sin que mi impresión inicial cambiara ni un ápice. ¿Y saben a qué conclusión he llegado? Que JotDown no es como nosotros, los lectores, la percibimos por casualidad. Que como esta mujer a la que aludo, el resto de tripulantes a los que conocemos solo por sus palabras son maravillosamente parecidos a ella en cualidades. Eso les convierte en el mejor equipo que pueda desearse para una nave que navega a través de la cultura, el mar más loco de este mundo porque, como ya les dirían sus padres, a duras penas da para comer. Pero qué vida intensa proporciona. No tengo mucho que contarles al respecto si ya son habituales de la lectura de esas páginas JD, y solo pueden serlo si han tenido la paciencia de llegar hasta aquí.

Posverdad: mentira emotiva destinada a manipular los sentimientos de las personas para influir en sus decisiones. Fuera del gremio se llama seducción o publicidad. ¿Ustedes ya se han suscrito a JotDown?

Les quiero, ¿saben? A ellos, y también a ustedes, lectores como yo. Cada comentario que ponen, cada minuto que pasan pendientes de sus párrafos, dan continuidad sin saberlo a algo mágico y maravilloso. Que detrás del telón está siempre a punto de quebrarse, porque es un sueño, y los sueños del hombre perecen a la fría luz de los neones que cuelgan en los techos de los bancos.

Pero hoy no. Hoy la nave sigue, siete años después, y no irá al pairo si seguimos amando el write briefly or hurriedly, el write a short note of. O sea, el tomar notas apresuradamente sobre el mundo, el hacer jot down para contarlo.

Habrá que hacer mucha publicidad para sostenerlo, y buenos artículos, y magníficas entrevistas, y más periodismo. Y algún día diremos orgullosos, cuando el mundo comprenda qué es JotDown: nosotros estuvimos ahí, leyendo, escribiendo. Así que solo puedo desear que os dure mucho, fieras. Fuerte abrazo al capitán, a los oficiales, y a toda a la tripulación de esa maravillosa nave de los locos.

1.280 almas

Portada original de 1280 almas, título en inglés Pop 1280

Jim Thompson era un perro malo. Al menos así hubiera definido su época a un escritor que antes de serlo fue traficante de alcohol en la Ley Seca, vagabundo, hijo de un sheriff corrupto y medio indio. Su madre era cherokee, y antes de estos tiempos de pieles finas y ofendiditos, eso era como ser medio humana. El autor llegó tarde a todas partes, a la literatura con 39 años, y al Partido Comunista estadounidense también, aunque suficientemente pronto como para ser perseguido en la caza de brujas de McCarthy. Le pasó de todo, menos obtener un triunfo literario. Pero profundamente convencido de su valía, le advirtió a su mujer que guardara bien sus manuscritos, porque acabarían valiendo oro. Y así es. Era muy grande y se ha ido haciendo más por ese camino retorcido de los escritores malditos, a los que el tiempo acaba por dar la razón.

Dicen los críticos que 1.280 almas es su mejor novela, pero ese es un mal comienzo para acercarse a él. Lo malo de Thompson es que necesitaba dinero y escribió 12 novelas en 18 meses, que no son gran cosa porque salieron de forma apresurada y automática, destinadas a las colecciones pulp, y escritas para poder comer. Lo sublime, que en sus 29 novelas que sí merece la pena leer usó 32 maneras de contar una historia, con tramas donde nada es lo que parece, y protagonistas que representan lo peor del género humano. O sea, en términos literarios, lo verdaderamente humano.

Aquí es donde podemos darles la razón a los críticos, hay que acercarse a él desde 1.280 almas. Pero no porque sea su mejor obra, sino porque es una obra maestra en el retrato de un mediocre listo, que es lo que somos la mayoría de nosotros. Salvo excepciones, la vida se trata de sobrevivir, y el sheriff de la novela, Nick Corey, está dispuesto a todo para ello conservando su trabajo. No cree en la justicia, ni en perseguir a los malos, ni en nada parecido a la vocación de un trabajo policial. Le gusta la casa que le dan, el dinero de su sueldo, y el poder acostarse con su trío de mujeres, es decir, su esposa y sus dos amantes. En cuanto a la justicia y persecución de los delincuentes, se trata de aparentarlo para salir reelegido en cada votación, y punto. Cree además que a los ricos y poderosos no hay que perseguirlos, y a los pobres y malos solo cuando sea imprescindible. Come como un glotón, folla como un obseso y deambula de un lado a otro de ese pueblo de 1.280 almas que supuestamente regula como sheriff, sin hacer gran cosa.

Thompson era un genio de la sicología humana, a la altura -y aquí es donde los clasicistas pueden saltarme a la yugular- del Falstaff de Shakespeare-. En general sus novelas tratan de alcohólicos, perdedores, sicópatas e inadaptados. Me refiero a Shakespeare, pero también a Thompson. Este último era uno de ellos, su padre también, y tristemente no ha sido publicada en español su biografía infantil, Bad Boy, chico malo, porque ahí están las claves de su visión descarnada y lúcida sobre el mundo. Queremos creernos buenos y no lo somos, si se nos ha socializado convenientemente dejamos de ser depredadores, y poco más. Pero en el fondo los que triunfan -y en la sociedad de hoy a eso se reduce a tener trabajo, techo, comida y fornicio-, han de haber tenido un punto de picardía y maldad, y una cierta habilidad para sus relaciones sociales. Es mucho más importante ser listo que ser inteligente. Y Nick Covey, el protagonista, que parece tonto de remate, es endiabladamente listo.

Si el New York Times dice que el libro es bueno apuntándonos con una pipa, a ver quién le contradice

A 1.280 lo define su primer párrafo, donde está contado absolutamente todo, aunque el lector eso solo vaya a saberlo al final.

“Bien, señor, el caso es que debería haberme encontrado a gusto, tan a gusto como un hombre puede encontrarse. Porque allí estaba yo, el jefe de policía de Potts County y ganando al año casi dos mil dólares, sin mencionar los pellizcos que sacaba de paso. Por si fuera poco, tenía alojamiento gratis en el segundo piso del Palacio de Justicia, el sitio más bonito que un hombre pueda desear; hasta tenía cuarto de baño, de manera que no me veía en la necesidad de bañarme en un barreño ni de ir a un lugar público, como hacían casi todos los del pueblo. En lo que a mi me concernía, creo que podía afirmarse que aquello era el reino de los cielos. Para mi lo era, y parecía que podía seguir siéndolo -mientras fuera comisario de Potts County-, con tal de que me preocupara solo de mis propios asuntos y solo detuviera a alguien cuando no tuviera más remedio, y de que el detenido fuera un don nadie”.

Algunos señalados fragmentos sirven para definir qué encontraremos en estas páginas.

“Me levanté por la mañana, me afeité y me di un baño, aunque aún era lunes y ya me había bañado a conciencia el sábado anterior”.

“Compré un poco de comida en el tenderete del tren, apenas unos cuantos bocadillos, un trozo de pastel, patatas fritas, cacahuetes, dulces y una gaseosa”.

Cuando acaba de matar al único testigo de su primer asesinato y quiere aparentar que ambos se han matado entre sí:

“Yo quería que pareciera que tío John había disparado a Tom con su propia arma y que Tom le había quitado la escopeta y había disparado sobre tío John. O al revés”.

Cuando acaba de hacer que su amante mate a su mujer y a su cuñado:

“Fui a la iglesia, como siempre, y me pidieron que cantara en el coro, como había estado haciendo hasta el momento en que pareció que Sam Gaddis iba a derrotarme en las elecciones. (…) el cura me tomó de la mano, me llamó hermano, y dijo que veía que el espíritu habitaba en mi”.

Mi recomendación. No le opongan prejuicios a este western pulp ni a Thompson, y disfruten de 1280 almas. Y no hagan caso si les dicen que el sheriff es un sicópata. Tiene demasiado método para ser un simple loco.

N.B. Todas las citas corresponden a la edición de 2003 hecha por Editorial Diagonal Grup 62 traducida por Antonio Prometeo Goya. Sin finalidad comercial y con el único objetivo de la difusión cultural en este blog.

Un terror llamado Danielewski

Este amable tipo que finge hojear Los detectives salvajes de Roberto Bolaño es el autor de un libro que no deja indiferente a quien lo lee, La casa de hojas. Pocos han sido capaces de servir una historia de terror tan subyugante, trufada con notas al pie que forman capítulos enteros, la narración paralela de dos tipos obsesionados por investigar la trama que da origen al libro, extensas bibliografías eruditas, inventadas y reales, referencias, citas. Una auténtica locura. Un mamotreto de 709 páginas que a ratos es una tesina soporífera, una historia de realismo social, y un conjunto de caligramas. Pero sobre todo un juego de mesa. En serio.

El lector decide si entra o no en todas las casillas, si se salta tramos o los recorre. La historia de terror que preside todo está por encima, y te mantiene absorbido sobre la base más manida que pueda imaginarse, la casa encantada. No con espíritus, ni apariciones, ni nada por el estilo, sino con el monstruo más puro de todos. Uno sin rostro, ni apariencia, algo que en realidad no existe, y del que solo vemos las consecuencias de sus actos. Banales, más que malvadas. Un infierno como lo hubiera descrito Dante de haber nacido en nuestro tiempo y llamarse Danielewski.

El autor de La casa de hojas es un escritor tan improbable que solo podría haber sido publicado de dar con editores insólitos. Mezclar en un tocho así una historia de terror, saga familiar, especulación metafísica, colección epistolar, colección de citas y bibliografías, artículos periodísticos, referencias, y seguro que me dejo algo, y decir a alguien que te lo publique no es un acto de fe. Es un suicidio. Porque encima la trama es poliédrica, no puede seguirse a través del tradicional planteamiento, nudo y desenlace. Por el contrario, es una locura de ascensores, escaleras, habitaciones, pasillos, en la que haría falta un mapa para no perderse algo. Y lo más raro de todo. Pese a su carácter experimental, es extremadamente fácil de leer y absolutamente subyugadora.

La trama principal, terrorífica, nos habla del fotógrafo Navidson y su casa, que comienza midiendo más por dentro que por fuera, y que poco a poco irá abriendo pasillos en su interior, nuevas habitaciones, sótanos, escaleras. Arquitecturas expandidas en un espacio que no existe, una tercera dimensión cuya mayor maldad es la ausencia de todo. Acabará explorando esa magnitud con un equipo de personas que se perderán en un espeluznante descenso a los infiernos vacíos.

El libro nos habla continuamente, como un tratado sobre cine, de El expediente Navidson, una película documental que en realidad no existe. Pero tal como habla de ella sí parece haberse estrenado en algún remoto festival independiente. Navidson ha rodado y montado su experiencia en el interior del infierno de la casa. Hay además un manuscrito de idéntico título, estudiado hasta la nausea por un sabio ciego, un tal Zampano, a cuya muerte es retomado por un joven tatuador de veintinco años, Johnny Truant. Su obsesión por ese estudio crítico, que le llevará a no alimentarse, a no lavarse, a no trabajar ni salir, es la historia de un maníaco, a ratos terrorífica, a ratos profundamente humana, a la altura de los mejores narradores rusos.

Hay que añadir también el corpus de notas eruditas. Acompañando todo esto, el autor cita lo mismo a Marx, Heidegger, Poe, Melville, Borges, Joyce, Shakesperare, o Thomas Pychoon, mezclando libros que existen con otros inventados. La totalidad es un puzzle, parecido a las trampas de El Ulises, a la desestructuración de La broma infinita o a los recovecos de El arcoiris de gravedad. Y siempre con una novela de Stephen King en el fondo.

Hay vida suficiente para descifrar este libro. O deberemos renunciar al menos durante un año, lápiz y papel en mano, al resto de nuestra biblioteca para enfrascarnos en lecturas, relecturas, análisis. Es una trampa, ¿saben? Si lo hiciéramos podríamos convertirnos en Zampano, en el estudiante, o en el mismo Navidson. Y quién sabe si de pronto cierta habitación del interior de nuestra casa comienza a medir unos centímetros más.

A los fanáticos de La casa de Hojas esto no les desanima. En absoluto. A través de la página web del autor podemos llegar a los foros de discusión sobre el libro. Allí hay miles de post, en diversos idiomas. Más de 56.000 publicaciones en inglés, casi 10.000 en francés. Menos significativo es el griego, o italiano. Y tampoco destaca el español. Aunque en todos hay más visitas y consultas que post publicados, y eso significa que hay muchos lectores anonadados buscando respuestas por ahí.

La editorial que lo ha publicado en España, Pálido Fuego, no es una de las grandes, así que eso explica la escasez de presencia en los foros. Y algo similar sucede en otros idiomas. Este está considerado un libro para minorías, o de culto, aunque vaya por la sexta edición en nuestro país. Cabe decir que Danielewski está absolutamente encantado con el ejemplar en español, porque ha respetado absolutamente su original publicado en inglés. Y eso significa páginas en blanco con una palabra en medio, caligramas al modo de Apollinaire, bocetos a lápiz, polaroids reproducidas a color, cambios en tipografía, letras apretadísimas, o pies de página que se convierten en varias decenas de páginas seguidas.

Les haré una confesión. Me salté muchos trozos. De La Casa de Hojas me quedaría exclusivamente con la narración de Navidson, la novela de terror escalofriante que logró atraparme como ya no lo conseguían este tipo de textos desde mi adolescencia. La parte de Zampano y el estudiante enloquecido, que parece la de un yonqui, tiene un realismo duro, muy norteamericano, muy heredero de la generación Beat, y como complemento de lo primero, no está mal. Aunque cuando llegas al final te den ganas de abofetear a Danielewski. ¿En serio, tío? ¿Para eso me has traído hasta aquí?

El resto es más para jugadores, no para lectores de mi calaña. Pasó el tiempo en que me apetecía perderme en citas de grandes intelectuales haciendo constructos, como en la universidad. Pero eso es solo una preferencia personal que no le quita un ápice de calidad, valor, originalidad y rareza a la novela. No hay una sola página gratuita, los caligramas están perfectamente construidos, y hay un momento sublime en que las tipografías te conducen a la soledad, la caída en el vacío, y la pérdida. A quien le apetezca puede perderse en una investigación de Sherlock Holmes a través de las notas de Zampano o las evidencias de Navidson. Los cazadores de misterios podrían incluso arriesgarse a buscar el lugar en que está la casa imaginada, trasladándola a un escenario de verdad. Aunque quizá para esos sea menos estéril liarse a rebuscar, preguntar y leer en los post.

Esta es la gran meta novela de nuestro tiempo. Y rebosa tanto, que sus páginas se salen de la literatura. Lo que no soy capaz de decirles es a dónde.

Mi discurso en la entrega del 42 Premio Enrique Ferrán

Con motivo del premio que me entregó la revista El Ciervo, publico aquí mi discurso al hilo del tema de la convocatoria, “La intimidad en riesgo”. Os recuerdo que podéis leer mi artículo premiado en el número 767 de la revista, y online aquí. Reitero mi agradecimiento a los miembros de El Ciervo, sus amigos, y a toda esa maravillosa gente que tan bien me trató en su ciudad, Barcelona. Moltes gràcies a tots. 

Asistentes y ponentes en la entrega. De izquierda a derecha, Marc Argemí, Norbert Bilbeny, Martín Sacristán, Jaume Boix y Eugenia de Andrés.

“Cuando vi la convocatoria de El Ciervo pensé que encerraba una contradicción, llamando a los participantes a ponerla en evidencia. El mismo título, “La intimidad en riesgo”, parece de broma porque la intimidad, en internet, nunca ha existido. A los usuarios nos ha parecido que sí, porque al fin y al cabo quién iba a estar interesado en espiarnos. La mayoría de nosotros no tenemos importancia o categoría como para eso. Sin embargo una cosa es el momento en que sea relevante saber de nosotros, y otra la posibilidad de hacerlo. El proceso tecnológico que resulta en comunicar ordenadores, e internet, no es más que eso, exige que la información pase por una serie de nodos dejando un rastro. Nuestro proveedor de acceso, se llame Movistar, Vodafone, Jazztel y demás, puede ver y observar todo lo que hacemos en nuestro ordenador, tablet o teléfono móvil. Cuando accedemos a una página de periódico, el dueño de ese medio puede saber qué hemos leído, dónde estamos, e incluso si se esfuerza un poco, quiénes somos.

Y ahora que el asunto empieza a preocuparnos, ya es demasiado tarde. Hemos entregado nuestras vidas a la tecnología. La gran pregunta, y eso es lo que me gustó de esta convocatoria, es si estamos inermes. ¿Podemos evitar el riesgo?

Para responder a eso os he traído una serie de noticias publicadas en los últimos dos meses.
– Los terminales Xiaomi envían la información de sus usuarios a China sin su permiso. (Fotografías, agenda de contactos, y contenido de los mensajes SMS) Esto mismo ha ocurrido con la marca OnePlus, lo que puede indicar que lo hacen más fabricantes.
– China implanta el sistema de vigilancia ligado al DNI. (Datos biométricos -reconocimiento facial-, nivel cultural, etnia, religión practicada y si dispones de pasaporte y familiares en el extranjero. La suma de esos datos te cataloga como “seguro” “normal” o “inseguro” para el régimen chino.) Os aseguro que esto no es ciencia ficción y que ya ha empezado a funcionar en el país asiático.
– El día en que las máquinas causaron una crisis en los mercados.
Este es el titular de un interesantísimo artículo de gurusblog donde explicaba que las estrategias de inversión en los mercados ya no están determinadas por humanos, sino por algoritmos. La última crisis del Dow Jones la provocaron ellos, porque se habían contagiado unos a otros una tendencia bajista, de venta, y por tanto no había habido ventas emocionales de humanos preocupados por los cambios del mercado o deseosos de recoger beneficios. Fueron las máquinas, hasta ese punto estamos ya dominados por ellas.
– El Congreso Estadounidense amplía la autoridad de la NSA
Durante los próximos seis años la agencia que vigila en internet a ciudadanos en todo el mundo tendrá las manos libres. Esto significa que cualquiera de nosotros puede ser espiado por la policía estadounidense si así lo decide de forma unilateral.
– Google y Facebook estan vigilando cada uno de tus movimientos online. Es hora de pararlos. Gabriel Weinberg, fundador de DuckDuckGo. Estas empresas distorsionan los resultados enseñándote aquello en lo que creen que clickarás, a través de Inteligencias Artificiales. Con lo cual ya ni siquiera ves internet entera, sino la que ellos quieren que veas.
Y el titular que más me gusta de todos.
– La legislación que protegerá a los Dreamers de su expulsión pagará el precio de admitir el espionaje de alta tecnología.
Dreamers, hijos de emigrantes ilegales a EEUU que llevan décadas viviendo allí. A cambio de no expulsarlos el Congreso norteamericano ha propuesto que todos los ciudadanos estadounidenses que viajen al extranjero y todos los extranjeros que viajen a aquel país tengan un registro de sus datos biométricos, y puedan ser rastreados por drones, que estarán autorizados a grabar su vehículos o las pantallas de sus móviles y ordenadores.
Esto es, ni más ni menos, el sistema de vigilancia china ligado al DNI.

Jaume Boix, director de El Ciervo, entrega el premio de 2018 a su ganador, Martín Sacristán. A su izquierda Joan Subirats, concejal de cultura del Ayuntamiento de Barcelona.

Todo esto puede pareceros ciencia ficción o una distopía futurista. Pero vuestra opinión no importa, y la mía tampoco, porque esto es el presente. Qué podemos hacer nosotros, individuos carentes del poder de las corporaciones o los gobiernos, contra ello.

A mi entender, solo hay un camino, compuesto de dos variables. La primera, aprender de tecnología para saber qué estamos usando cuando usamos un aparato. Aprender qué podemos instalar y qué no, y desde luego prestar atención a noticias como las que acabo de leeros.
La segunda, esconderse.

Aludía en el artículo con el que he ganado este premio a una comparación que es muy relevante. Cuando estamos en internet estamos en la calle, así que lo que enseñemos de nosotros mismos debe ser lo que queramos que los demás vean.

Acabaré con unas palabras de John Perry Barlow, uno de los primeros usuarios de la internet académica, y un gran activista que defendió, hasta su reciente muerte, la independencia del ciberespacio, como él lo llamaba.

La mejor manera de inventar el futuro es predecirlo. Y debemos preocuparnos por las empresas tanto como nos preocupamos por el Gobierno.

Gracias por escucharme.”

PD: El día después de la ceremonia apareció una noticia relevante que afecta a España, aunque como es habitual ha pasado muy desapercibida en el interés del público. El gobierno está estudiando asociar la información recogida en el PNR con el DNI y nuestras publicaciones en redes sociales. El PNR es un registro de nuestros datos que se almacena cuando viajamos: qué avión cogemos, en qué hotel nos alojamos, a dónde vamos. Se implantó después del 11-S y si se asocia al DNI y a nuestra actividad en redes sociales, acabaremos en un sistema no muy diferente al chino, el cual citaba en mi discurso.

Manifiesto Redneck

Ya me dirán ustedes si un escritor con esa pinta -y calvo hasta la coronilla, además,- escribiría un libro convencional.

¿Por qué hay que leer el Manifiesto Redneck? Creo que si su autor pudiera responder esta pregunta a un lector le diría ¡para que sepas de qué va esto, joder! Sin el taco final, pues una de las grandes capacidades de Goad es escribir pareciendo que está más cabreado que un mono -y posiblemente lo está- sin usar una sola palabrota. Ni siquiera en sus momentos de mayor indignación.

Esto no es una novela, ni un ensayo. Esto es un manual de instrucciones para comprender la sociedad americana. O al menos a esa parte de ella gracias a la cual Trump es presidente ahora. Eso que en España llamaríamos, más o menos, sur profundo.

Nosotros, paletos hispanoeuropeos, tenemos una rara idea del sur estadounidense, forjado en base a malas películas, eructos de whisky y una música entre rock, rockabilly y country. Lo cierto es que es un área geográfica, la de la antigua Confederación, donde viven los rednecks, hillbillies y crackers, tres sinónimos traducibles por la palabra paleto. Si lo pensamos, de la sociedad española desapareció ese tipo bestial de boina atornillada, hablar raro y más bruto que mandado hacer de encargo. Un motivo de risa en la Puerta del Sol de Madrid, cuando bajaba del autobús con su maleta de cartón y su faja en la cintura. Un icono del cine de los sesenta y setenta ligada irremediablemente a Paco Martínez Soria. Pues bien, de un icono como ese, pero estadounidense, es de lo que habla este libro. Solo que al pasar por la cultura anglosajona, el redneck adquiere unas escalofriantes características que incluyen la endogamia, la pederastia, el amor inmoderado por las armas, y la atrofia mental.

Al menos esa es la visión del prejuicio asentado entre los norteamericanos Made in Usa. Jim Goad nos los presenta de manera mucho más lúcida:

“La auténtica basura (blanca) se estaba preocupando de no dar ese paso en falso que les convierta en indigentes. La auténtica basura estaba viviendo de atún, fideos ramen y macarrones con queso, y muriendo en plena juventud por no poder permitirse todos esos médicos. La auténtica basura estaba forcejeando con la rabia tóxica y agobiante de que nunca iba a mejorar. La auténtica basura no disponía de tiempo para el ingenio, la creatividad ni la elegancia. La auténtica basura tenía dos trabajos y aún así no llegaba.”

Bajo la apariencia de un lenguaje desenfadado, Goad nos conduce por la historia y por el análisis de la sociedad para que entendamos porqué existe una clase trabajadora de raza blanca, y extremadamente pobre, en Estados Unidos. Especialmente interesante resulta el tema de los siervos, esclavos blancos en la práctica, que eran enviados desde Inglaterra a su colonia americana. Su pecado era ser pobres, y el modo de atraparlos y embarcarlos hacia el otro lado del mar no difiere demasiado de lo que se haría más tarde con los negros africanos. Para saber más sobre este aspecto de la historia resulta fantástica “La otra historia de los Estados Unidos”, de Howard Zinn. Pero Zinn es profesor universitario, y Goad tiene más bien un perfil de gamberro de barrio. Un macarra, eso sí, que es capaz de analizar a la perfección la realidad que le rodea.

La edición en español de Dirty Works, con una elegante traducción y notas muy eruditas sobre la sociedad norteamericana. Una joyita, vamos

Precisamente uno de los descubrimientos que hará el lector al leer el volumen es cómo, tras la independencia de EEUU, los terratenientes ricos que conquistaban nuevas tierras no tenían ya esclavos blancos enviados desde Inglaterra. La demanda de esclavos negros subió espectacularmente, y sustituyeron a los blancos. Pero no por ello los descendientes de europeos traídos a la fuerza a la colonia-prisión mejoraron sus condiciones de vida. Y así siguen hasta el día de hoy.

“Es probable que la esclavitud sea abolida por el poder de la guerra, y el cautiverio de esclavos. Tanto yo como mis amigos banqueros de Europa estamos a favor de esto, porque la esclavitud no es más que la propiedad de la mano de obra, lo que conlleva el cuidado de los trabajadores, mientras que el plan de Europa, dirigido por Inglaterra, es que el capital ha de ser quien controle la mano de obra con el control de los salarios…”

Goad toma estas palabras del libro Capitalism Unmasked, capitalismo desenmascarado, de Cook. Reflejan muy bien la tesis que nos propone el Manifiesto, la de que una clase rica, capaz de dominar la política, ha ido aprovechando su posición para disponer de nuevos esclavos blancos. Cierto que son personas con derechos civiles y libertades públicas, pero a la vez desposeídas de la posibilidad de vivir con dignidad en la pobreza. El autor cita el ejemplo de cómo su padre, única fuente de ingresos de su familia, pudo mantener a su mujer y sus cuatro hijos. Mientras que Jim Goad y su mujer, ambos universitarios, no llegan a fin de mes con sus dos extenuantes trabajos. Esta es una realidad universal fraguada desde los años noventa, aunque se haya hecho más visible a raíz de la crisis de 2008. Ya no se habla exclusivamente de ella en el mundo anglosajón, sino en todo el planeta. Focalizándose en los millenials, esa generación nacida a partir de 1980, y que tienen en el horizonte la imposibilidad de tener casa en propiedad, trabajo fijo, y posiblemente hijos. Claro que no son los únicos.

“Las entidades bancarias son más peligrosas que los ejércitos listos para el combate (…) El poder de la emisión (del dinero) hay que arrebatárselo a los bancos y devolvérselo al gobierno y al pueblo, a quienes pertenece. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las entidades que florecerán a su alrededor, privarán a los ciudadanos de toda posesión, hasta que un día sus hijos se despertarán sin casa y sin techo sobre la tierra que sus padres conquistaron.”

Esta frase no es de un economista actual de ideología izquierdista, sino de Thomas Jefferson, principal firmante de la Declaración de Independiencia de Estados Unidos y tercer presidente de ese país. Goad la toma como ejemplo, junto a muchas otras, para explicar un fenómeno que ya hemos vivido, que está a nuestro alrededor, y que explica la imposibilidad de ascenso para la clase de los rednecks, es decir los pobres blancos estadounidenses. Lo mismo les ocurre a los negros, a los millenials, y a los de cualquier otra raza. Y no solo en EEUU, ahora también en Europa. Que se sepa. El Manifiesto lo explica de manera tan clara que ni siquiera hace falta saber qué es una cuenta bancaria para comprender qué llevó a la crisis de 1929, como se replicó en 2008, y cómo todo el sistema financiero actual se sustenta en una gran mentira. Que estallará si sus actores dejan de creer en ella. Todo ello hace que la lectura del libro se convierta en una gigantesca metáfora sobre nuestra época, que se puede aplicar lo mismo a España que a casi cualquier otro punto capitalista del planeta.

Para finalizar el Manifiesto, y profundizando en el aspecto sociológico de todo el asunto, Goad nos explica que la demonización de los rednecks en la cultura, y la construcción en la mentalidad americana del paleto barbáro, endogámico y peligroso, ha sido muy útil para enfrentar a las clases pobres entre sí. Constituyendo una única clase, con idénticos problemas basados en las condiciones laborales, los negros odian a los rednecks, los rednecks a los negratas, los blancos de ciudad (pobres) a los rednecks, y así indefinidamente.

No puedo dejar de señalar una vez más que la traducción de Javier Lucini es magistral. Solo este editor de Dirty Works es capaz de volcar al español de forma comprensible, y con notas aclaratorias, el inglés sureño, su jerga, y sus referentes culturales. La editorial en sí continúa proporcionándonos un riquísimo aporte cultural, que hasta ahora solo estaba disponible en inglés. Eso sí. Si deciden leer éste, u otro cualquiera de sus libros, tengan a mano una botella de bourbon o whisky. Les hará falta.  Y a los de Dirty les hará felices. Si además desean recomendaciones musicales del sur profundo, sigan su facebook. Y cómpreles libros. Se lo merecen.

Invernáculo, de Brian Aldiss

El 19 de agosto de 2017 moría Brian W. Aldiss, y su fallecimiento tuvo una pequeña repercusión, la que merecen esas noticias de fondo que rellenan los apáticos medios de agosto. De no haber sido por el período vacacional, posiblemente ni siquiera se hubiese mencionado a este renovador de la ciencia ficción, que en los años sesenta, como tantos otros escritores, dio una vuelta al género, elevándolo a lo literario, al igual que Arthur C. Clarke, o Isaac Asimov. Tenía 92 años, y en los últimos diez había recibido importantes premios, como la Orden del Imperio Británico por su aportación a la literatura, un doctorado de la Universidad de Liverpool, y el World Fantasy Special Award de la World Fantasy Convention de Brighton, Inglaterra. Una vida larga, y una obra irregular, con altibajos, que tuvo una brillantísima trayectoria entre los años sesenta y finales de los setenta.

Las aportaciones de Aldiss al género no solo se han convertido en referentes, sino que han mutado en incorporaciones a la cultura colectiva. Fue el primero que analizó la posible relación emocional entre un ser humano y una inteligencia artificial, IA, especialmente cuando la máquina supera su carácter de objeto para ser amada. Aunque cuando publicó su relato  “Los súperjuguetes duran todo el verano”, -Super-Toys Last All Summer Long-, no se hablaba de la IA, a diferencia de hoy día, el autor anticipó el paradigma de la IA. En 2001 Steven Spielberg popularizó su narración estrenando “A.I. Inteligencia Artificial”, justo en el momento en que la posibilidad de que los ordenadores pensaran comenzaba a vislumbrarse en el horizonte de Silicon Valley.

Portada original de Hothouse, publicada en castellano como Invernáculo

De toda su obra es Invernáculo la que mejor se acercará a la sensibilidad del lector actual. Especialmente porque supera la parte científica del género para ser una novela de aventuras, viajes y fantasía desbordante. El argumento nos conduce por las tribulaciones de varios grupos de humanos en un mundo miles de años en el futuro. Nuestra raza, para entonces, ha pasado a ser una especie menor en los nichos ecológicos, y lejos de dominar el planeta, sobrevive con dificultad en base a una alta natalidad y a una rápida emancipación de sus niños, que independiza apenas convertidos en adolescentes. La raza ha reducido su tamaño a la mitad, coloreando su piel con un tono verde, a fin de camuflarse. El Sol se ha convertido en una supernova, y el cambio en la radiación de nuestra estrella ha posibilitado un clima ecuatorial, con gran humedad. La Luna ha continuado su acercamiento a la Tierra, estando próxima a su colisión en unos cuantos miles de años más. El resultado de estos cambios es una evolución de las plantas, que han pasado a desplazarse, cazar como depredadores, y desarrollar toda una serie de estrategias destinadas a proporcionarse nutrientes, en base a otras plantas, y a los mamíferos, reptiles e insectos que aún sobreviven. De ese modo encontramos vegetales que vuelan, y atacan desde el cielo, como águilas.

Edición española de Invernáculo por la editorial Minotauro

Lo maravilloso de Aldiss es que convierte este panorama apocalíptico para el ser humano en una historia clásica de zombies. Al menos tal como la entendemos hoy día, mediante la persecución de muertos vivientes sin inteligencia ni velocidad, pero que por número y bajo determinadas circunstancias son letales. Cuando invernáculo fue escrita esta referencia cultural apenas estaba desarrollada, pero él fue capaz de proporcionarnos una verdadera carnicería donde los humanos que acompañan la narración desaparecen súbitamente, atrapados por especies vegetales que ponen los pelos de punta. Lo cierto es que la primera parte parece una enciclopedia de botánica futura, con especies vegetales descritas con sus singulares nombres, cada una de las cuales intercala una tragedia. Y sin una sola línea de aburrimiento.

Para cuando la variedad de vegetales asesinos comienza a cansar, Aldiss nos ofrece un giro, en el que el grupo humano de adultos inicia su ritual de muerte -una especie de suicidio- para dejar que los niños, convertidos en adolescentes, continúen su vida en solitario. Aquí la novela comienza a ser una aventura de viajes en un planeta que conserva el frío en sus polos, o quizá en una cadena montañosa -la narración no aclara este punto-. A través de ese azar que obliga a los protagonistas a trasladarse de un lugar a otro, conocemos otras posibilidades de humanidad. Pues igual que los hombres y mujeres que son descritos constituyen una especie que ha reducido su tamaño a un tercio del actual, para disminuir sus necesidades de alimentación, y han desarrollado un pigmento verde en su piel para camuflarse, otros humanos han adoptado otras estrategias. En zonas frías, un comportamiento tribal, caníbal y un tanto salvaje. En torno a un volcán, han sido parasitados por unos árboles, que manejan su voluntad y son alimentados mediante una conexión, en forma de rama, que parece una cola. Esos hombres proporcionan pescado a la planta-árbol, que ella devuelve por la savia a la sangre en forma de nutrientes, alimentándose a su vez. Pero privándoles de voluntad propia. Existe también una mutación que proporciona alas a los hombres, transformándolos además en una especie de insectos sociales.

El autor en su despacho, rodeado por su biblioteca personal.

Transcurrida más de la mitad del libro, uno se pregunta qué más opciones puede ya proporcionarnos el argumento. Es aquí donde, desde el punto de vista científico, más flojea Invernáculo. Aunque como novela de fantasía – y no ya de ciencia ficción- permanece fiel a su carácter. Los protagonistas descubren que uno de los animales-planta teje hilos, similares a los de araña, entre la cercana Luna y la Tierra, trasladándose del satélite al planeta, y viceversa. Pero la sorpresa argumental nos la depara un hongo. Uno del tipo colmenilla, esa delicia gastronómica del otoño, cuando llueve. En Invernáculo, un hongo entra en simbiosis con el cerebro del protagonista, aumenta su inteligencia y recupera una memoria ancestral, inserta en su adn, que le permite reconocer la evolución de los homínidos. El hongo, con voz propia, se da cuenta de que entró en simbiosis con los monos hace millones de años, y gracias a eso, mediante un largo proceso, acabó originándose el homo sapiens. El problema es que este vegetal tiene un lado oscuro y soberbio, convirtiéndose en un tirano que obliga a su huésped a adoptar comportamientos que le favorezcan. El conflicto entre las dos inteligencias y voluntades hacen que Invernáculo alcance su cénit literario, y también el científico.

La teoría del gen egoísta, de Dawkins, estableció casi una década después de publicado Invernáculo, que los organismos somos máquinas de supervivencia para genes. Recientemente ha comenzado a descubrirse que parte de nuestras decisiones “cerebrales” están condicionadas por la microbiota de nuestros intestinos. Todo apunta a que la voluntad humana no se rige por el libre albedrío, y esa es la propuesta de Aldiss en Invernáculo, mediante su hongo. Mucho antes de que la propia ciencia sugiriera teorías en este sentido.

Estrenada en España como La tienda de los horrores, esta película, basada en un musical de Off-Broadway, explotaba la posibilidad de plantas devoradores de hombres. Fue estrenado en 1986, cuando la influencia cultural de Aldiss y su Invernáculo en la cultura anglosajona era ya enorme.

El final de Invernáculo, después de haberse metido en tantos jardines, vuelve a cambiar el género del libro, adentrándose sin prejuicios en la pura fantasía. Entra en escena un delfín extremadamente inteligente y con dotes de clarividencia. Y uno de los vegetales-animales que viaja entre la Tierra y la Luna acaba convertido en nave espacial. Comenzando un viaje de exploración en busca de mundos habitables, puesto que nuestro planeta acabará absorbido cuando el Sol supernova estalle. No se preocupen, que no les estoy destripando el final.

En suma, Invernáculo es una novela que no da ni un respiro, apta para amantes de la ciencia ficción, de los libros de fantasía, y de los apocalipsis, zombies o de otro tipo. Y también una de las mejores entradas al universo de Aldiss.

AVISO. Puede que no vuelvan a mirar a las hermosas flores de la misma manera después de leer Invernáculo.