Invernáculo, de Brian Aldiss

El 19 de agosto de 2017 moría Brian W. Aldiss, y su fallecimiento tuvo una pequeña repercusión, la que merecen esas noticias de fondo que rellenan los apáticos medios de agosto. De no haber sido por el período vacacional, posiblemente ni siquiera se hubiese mencionado a este renovador de la ciencia ficción, que en los años sesenta, como tantos otros escritores, dio una vuelta al género, elevándolo a lo literario, al igual que Arthur C. Clarke, o Isaac Asimov. Tenía 92 años, y en los últimos diez había recibido importantes premios, como la Orden del Imperio Británico por su aportación a la literatura, un doctorado de la Universidad de Liverpool, y el World Fantasy Special Award de la World Fantasy Convention de Brighton, Inglaterra. Una vida larga, y una obra irregular, con altibajos, que tuvo una brillantísima trayectoria entre los años sesenta y finales de los setenta.

Las aportaciones de Aldiss al género no solo se han convertido en referentes, sino que han mutado en incorporaciones a la cultura colectiva. Fue el primero que analizó la posible relación emocional entre un ser humano y una inteligencia artificial, IA, especialmente cuando la máquina supera su carácter de objeto para ser amada. Aunque cuando publicó su relato  “Los súperjuguetes duran todo el verano”, -Super-Toys Last All Summer Long-, no se hablaba de la IA, a diferencia de hoy día, el autor anticipó el paradigma de la IA. En 2001 Steven Spielberg popularizó su narración estrenando “A.I. Inteligencia Artificial”, justo en el momento en que la posibilidad de que los ordenadores pensaran comenzaba a vislumbrarse en el horizonte de Silicon Valley.

Portada original de Hothouse, publicada en castellano como Invernáculo

De toda su obra es Invernáculo la que mejor se acercará a la sensibilidad del lector actual. Especialmente porque supera la parte científica del género para ser una novela de aventuras, viajes y fantasía desbordante. El argumento nos conduce por las tribulaciones de varios grupos de humanos en un mundo miles de años en el futuro. Nuestra raza, para entonces, ha pasado a ser una especie menor en los nichos ecológicos, y lejos de dominar el planeta, sobrevive con dificultad en base a una alta natalidad y a una rápida emancipación de sus niños, que independiza apenas convertidos en adolescentes. La raza ha reducido su tamaño a la mitad, coloreando su piel con un tono verde, a fin de camuflarse. El Sol se ha convertido en una supernova, y el cambio en la radiación de nuestra estrella ha posibilitado un clima ecuatorial, con gran humedad. La Luna ha continuado su acercamiento a la Tierra, estando próxima a su colisión en unos cuantos miles de años más. El resultado de estos cambios es una evolución de las plantas, que han pasado a desplazarse, cazar como depredadores, y desarrollar toda una serie de estrategias destinadas a proporcionarse nutrientes, en base a otras plantas, y a los mamíferos, reptiles e insectos que aún sobreviven. De ese modo encontramos vegetales que vuelan, y atacan desde el cielo, como águilas.

Edición española de Invernáculo por la editorial Minotauro

Lo maravilloso de Aldiss es que convierte este panorama apocalíptico para el ser humano en una historia clásica de zombies. Al menos tal como la entendemos hoy día, mediante la persecución de muertos vivientes sin inteligencia ni velocidad, pero que por número y bajo determinadas circunstancias son letales. Cuando invernáculo fue escrita esta referencia cultural apenas estaba desarrollada, pero él fue capaz de proporcionarnos una verdadera carnicería donde los humanos que acompañan la narración desaparecen súbitamente, atrapados por especies vegetales que ponen los pelos de punta. Lo cierto es que la primera parte parece una enciclopedia de botánica futura, con especies vegetales descritas con sus singulares nombres, cada una de las cuales intercala una tragedia. Y sin una sola línea de aburrimiento.

Para cuando la variedad de vegetales asesinos comienza a cansar, Aldiss nos ofrece un giro, en el que el grupo humano de adultos inicia su ritual de muerte -una especie de suicidio- para dejar que los niños, convertidos en adolescentes, continúen su vida en solitario. Aquí la novela comienza a ser una aventura de viajes en un planeta que conserva el frío en sus polos, o quizá en una cadena montañosa -la narración no aclara este punto-. A través de ese azar que obliga a los protagonistas a trasladarse de un lugar a otro, conocemos otras posibilidades de humanidad. Pues igual que los hombres y mujeres que son descritos constituyen una especie que ha reducido su tamaño a un tercio del actual, para disminuir sus necesidades de alimentación, y han desarrollado un pigmento verde en su piel para camuflarse, otros humanos han adoptado otras estrategias. En zonas frías, un comportamiento tribal, caníbal y un tanto salvaje. En torno a un volcán, han sido parasitados por unos árboles, que manejan su voluntad y son alimentados mediante una conexión, en forma de rama, que parece una cola. Esos hombres proporcionan pescado a la planta-árbol, que ella devuelve por la savia a la sangre en forma de nutrientes, alimentándose a su vez. Pero privándoles de voluntad propia. Existe también una mutación que proporciona alas a los hombres, transformándolos además en una especie de insectos sociales.

El autor en su despacho, rodeado por su biblioteca personal.

Transcurrida más de la mitad del libro, uno se pregunta qué más opciones puede ya proporcionarnos el argumento. Es aquí donde, desde el punto de vista científico, más flojea Invernáculo. Aunque como novela de fantasía – y no ya de ciencia ficción- permanece fiel a su carácter. Los protagonistas descubren que uno de los animales-planta teje hilos, similares a los de araña, entre la cercana Luna y la Tierra, trasladándose del satélite al planeta, y viceversa. Pero la sorpresa argumental nos la depara un hongo. Uno del tipo colmenilla, esa delicia gastronómica del otoño, cuando llueve. En Invernáculo, un hongo entra en simbiosis con el cerebro del protagonista, aumenta su inteligencia y recupera una memoria ancestral, inserta en su adn, que le permite reconocer la evolución de los homínidos. El hongo, con voz propia, se da cuenta de que entró en simbiosis con los monos hace millones de años, y gracias a eso, mediante un largo proceso, acabó originándose el homo sapiens. El problema es que este vegetal tiene un lado oscuro y soberbio, convirtiéndose en un tirano que obliga a su huésped a adoptar comportamientos que le favorezcan. El conflicto entre las dos inteligencias y voluntades hacen que Invernáculo alcance su cénit literario, y también el científico.

La teoría del gen egoísta, de Dawkins, estableció casi una década después de publicado Invernáculo, que los organismos somos máquinas de supervivencia para genes. Recientemente ha comenzado a descubrirse que parte de nuestras decisiones “cerebrales” están condicionadas por la microbiota de nuestros intestinos. Todo apunta a que la voluntad humana no se rige por el libre albedrío, y esa es la propuesta de Aldiss en Invernáculo, mediante su hongo. Mucho antes de que la propia ciencia sugiriera teorías en este sentido.

Estrenada en España como La tienda de los horrores, esta película, basada en un musical de Off-Broadway, explotaba la posibilidad de plantas devoradores de hombres. Fue estrenado en 1986, cuando la influencia cultural de Aldiss y su Invernáculo en la cultura anglosajona era ya enorme.

El final de Invernáculo, después de haberse metido en tantos jardines, vuelve a cambiar el género del libro, adentrándose sin prejuicios en la pura fantasía. Entra en escena un delfín extremadamente inteligente y con dotes de clarividencia. Y uno de los vegetales-animales que viaja entre la Tierra y la Luna acaba convertido en nave espacial. Comenzando un viaje de exploración en busca de mundos habitables, puesto que nuestro planeta acabará absorbido cuando el Sol supernova estalle. No se preocupen, que no les estoy destripando el final.

En suma, Invernáculo es una novela que no da ni un respiro, apta para amantes de la ciencia ficción, de los libros de fantasía, y de los apocalipsis, zombies o de otro tipo. Y también una de las mejores entradas al universo de Aldiss.

AVISO. Puede que no vuelvan a mirar a las hermosas flores de la misma manera después de leer Invernáculo.

Hacedor de estrellas

  Este es uno de los libros clásicos de la ciencia ficción, rango que ha adquirido después de que muchos escritores lo usaran como base para construir algunos conceptos que ya forman parte inseparable del género. Como una humanidad que se expande a través del Universo -Isaac Asimov-, los conflictos entre especies -Arthur C. Clarke-, ola dificultad de comunicarse con extraterrestres -Stamislaw Lem-. El género alcanzó su cénit movido en parte por el interés público de la carrera espacial librada entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, proporcionando obras notables y muy entretenidas que dejaron “Hacedor de estrellas” relegado al limbo de los entendidos.

Hay una razón para ello, y es que el libro no puede estar más alejado de la expectativa del lector actual de ciencia ficción. Ni más cercano al interesado en las narraciones que explican nuestro propio tiempo. Por ello ha superado su género inicial para entrar en la literatura general. En la narración, el protagonista de Stapledon sale de su propio cuerpo, y como mente consciente emprende un viaje de conocimiento a través del Universo. No solo viaja por el espacio, sino por el tiempo, y eso le permite entrar en contacto con civilizaciones que ya habían desaparecido al surgir el hombre, y con otras que aparecerán mucho después. Curiosamente, este es uno de los obstáculos que la ciencia nos plantea a la hora de encontrar vida extraterrestre en el espacio, la dificultad de que dos civilizaciones con suficiente desarrollo para encontrarse convivan a la vez. El autor lo supera para plantearnos un viaje muy similar a la Odisea de Ulises, en cuanto a desarrollo de una búsqueda en etapas. Si el héroe griego estaba obsesionado con volver a Ítaca, su casa, el del Hacedor de estrellas busca el origen del todo, un ser supremo que no es un dios, sino la conciencia colectiva de todo lo que existe, reunificada en un solo ser. Stapledon era filósofo, y la filosofía impregna su libro de la primera página a la última. También era agnóstico, lo que nos conducirá a un “Hacedor” realmente original.

El autor estuvo influido por el pensamiento de tres filósofos que analizaban el desarrollo humano desde el punto de vista de sus sociedades: Hegel, Marx y Spinoza. Hegel buscaba en la Historia los procesos que permitieran explicar los cambios sociales, considerando que la ciencia que estudia el pasado era además un tribunal de justicia en el que juzgar el mundo. Spinoza defendió que cuerpo y mente eran un todo, sin alma que pudiera separarse, y cada hombre un componente del Dios-todo, sin libre albedrío porque está dominado por leyes universales. Karl Marx propuso una sociedad comunista donde el hombre dejaría de estar alienado, alcanzando su libertad personal, entendida como la capacidad de pertenecerse a sí mismo y no a los propietarios de los medios de producción. Todos estos planteamientos casan de manera nítida en “Hacedor de estrellas”.

El libro nos narra una historia del universo donde las únicas civilizaciones capaces de avanzar son aquellas que superan su individualismo para trabajar en el bien común, y que reúnen a las diferentes civilizaciones de un planeta para perseguir un mismo objetivo. Entran en contacto telepático unas con otras superando el problema del viaje espacial, y se descubren mutuamente al percibir conciencias que también son telépatas. Juntas, intercambiando ideas y conocimientos, forman sistemas planetarios alimentados por estrellas, mientras que abandonan a su suerte, en planetas menores, a aquellas especies que no son capaces de superar el egoísmo que les lleva a la guerra y al conflicto.

“Mi propia especie humana, en circunstancias similares, nunca se hubiese permitido, seguramente, una caída tan total. Sin duda, estamos también amenazados con la posibilidad de una guerra apenas menos destructiva; pero, cualquiera que sea nuestra agonía próxima, nos recobraremos, ciertamente. Seremos insensatos, pero exitamos siempre caer en un abismo de absoluta locura. A último momento la cordura tambaleante se yergue otra vez. No ocurrió así con los Otros Hombres.”

Los personajes que desfilan por las páginas de Stapledon son joyas de la ciencia ficción. Humanos ligeramente más chatos, con pelaje verde, mayores narices, muy similares a nosotros. Incluso con un punto humorístico en su sociedad que recuerda el torno burlesco de “Los viajes de Gulliver”. Avanzados cangrejos y peces que desarrollan una existencia simbiótica. Hombres planta que se separan de sus raíces de noche para moverse. Amebas esenciales pero con una parca consciencia en los principios de formación del universo. Todos terminan en un grado muy avanzado de civilización, aprovechando al máximo la energía de las estrellas, e incluso modificando su combustión. Hasta descubrir que incluso en esos astros existe inteligencia, comunicación y consciencia: son seres.

“Pero estas razas eran parecidas a la nuestra sobre todo en un aspecto. En todas había una rara mezcla de delicadeza y violencia. (…) En el pasado reciente se había alabado de labios afuera la delicadeza, la tolerancia y la libertad; pero la política había fallado, pues no había allí un propósito sincero, ni convicción, ni respeto verdadero y vívido por la personalidad invididual.”

Las grandes civilizaciones universales de Stapledon entran en contacto en sus respectivas galaxias, y forman mentes comunales que facilitan el desarrollo, para después comunicarse con galaxias vecinas y mentes comunales. Y tras ese maravilloso avance social, donde las especies conflictivas son abandonadas a sus guerras en planetas aislados, para que se extingan, la combustión de las estrellas hace que todo desaparezca en el negro vacío. Hay, desde luego, en todo esto, una metáfora del Big Bang, la explosión de la que se forma el espacio-tiempo, y la evolución que nos plantean físicos como Stephen Hawking, según los cuales todo acabará cuando las últimas estrellas se apaguen, y la materia restante se contraiga en un punto de infinita densidad, regresando al origen. Pero hay también, a lo largo del desarrollo del argumento, una explicación historicista del comportamiento de las especies, al modo de Hegel; unas leyes universales que vemos repetirse en el comportamiento de galaxias muy alejadas entre sí, y especies totalmente diferentes, al modo de Spinoza; y siempre sociedades triunfantes porque tienen un objetivo “comunista”, entendido éste como común a todos y no “de economía con medios de producción de propiedad estatal”. Al modo planteado por Marx.

“Descubrimos, por ejemplo, que algunos planetas grandes y secos estaban habitados por criaturas parecidos a insectos, cuyos enjambres o nidos eran el cuerpo múltiple de una sola mente.”

Quizá lo anterior pueda dar la sensación de que “Hacedor de estrellas” es un libro duro de leer. Pero nada más alejado de la realidad. Uno puede dejarse llevar por su argumento desde la primera página a la última, y disfrutar con las perlas filosóficas que Stapledon va sembrando en nuestro camino, sin saber nada de filosofía. No hay, eso sí, trama en el argumento, ni protagonistas individuales, ni desarrollo de la acción. Hacedor de estrellas es la historia del Universo, y un viaje en el tiempo en las dos direcciones, y dado que escribir es jugar con el tiempo, no imagino otra manera de condensar semejante evolución en 280 páginas. Hay a veces que saltarse las minuciosas explicaciones de Stapledon sobre galaxias, especies y cosmogonías. En palabras de Borges -cuyo prólogo figura en la edición argentina de Minotauro, 1974- el autor describe sus mundos “con la aridez de un naturalista”. Para una novela muchas de estas explicaciones serían innecesarias, pero este libro se salta los géneros y admite una difícil clasificación. Eso lo hace, por otra parte, tremendamente moderno, y mezcla a la vez de distopía y utopía, completamente colectiva. El autor deja además una pista sobre el tiempo en que realizó el viaje su protagonista, pues al regresar a la Tierra su conciencia, sobrevolándola, ve las ciudades españolas arder -Guerra Civil-, y a las juventudes hitlerianas adorando a su führer. Previo a ello encuentra al dios universal, al “Hacedor de estrellas”, y es bastante menos amable de lo que pudiera imaginarse. Pero no desvelaré esa parte para no destrozar el mayor interés del libro a quien desee leerlo.

“¿Y el futuro? Oscurecido por la tormenta creciente de la locura de este mundo, aunque atravesado por ráfagas de nueva y violenta esperanza, la esperanza de un mundo cuerdo, razonable y más feliz. Entre nuestro tiempo y el futuro, ¿qué horror puede esperar? Los opresores no dejarán dócilmente su sitio.(…) “

The Road (La carretera)

Disfruté cada minuto que pasé pegado a las páginas de La Carretera, primera novela de Cormac McCarthy que leí, y que ahora he vuelto a releer.

Fotograma de la película protagonizada por Viggo Mortensen y basada en la novela.

El escritor estadounidense opta por un relato ininterrumpido, sin capítulos, para ilustrar el fatigoso viaje del padre y su hijo por un mundo reducido a las cenizas del recuerdo. La imposibilidad del lector para establecer pausas durante la lectura permite identificarse con los protagonistas, quienes avanzan sin descanso hacia un destino incierto, pues el mar al que dirigen sus pasos de pertenece al pasado del padre, ahora destruido sin que lleguemos a conocer jamás la causa, solo las consecuencias.

Sin embargo, la esperanza de proporcionar un futuro mejor a su hijo, quien no debería haber nacido ni conocido mundo como aquel -en el que los escasos supervivientes recurren con frecuencia la antropofagia ante la falta absoluta de alimento-, es lo único que le permite seguir caminando. Precisamente, el deseo de preservar la inocencia del niño le lleva a cometer actos egoístas, incluso violentos. Una contradicción de sentimientos apreciable en la negativa del autor a referírsele como «su hijo», siempre «el niño». Es decir, el padre pretende establecer una separación emocional para no vacilar llegado el momento de apretar el gatillo.

De hecho, los escasos diálogos entre ambos son reiterativos, basados en monosílabos hasta convertirse prácticamente en monólogos carentes de significado, solo palabras pronunciadas en voz alta para que parezcan más reales. Y es que la imposibilidad de hablar sobre el pasado –los escasos recuerdos del padre sobre su propia infancia, el incierto desastre que originó aquel «invierno nuclear» o el abandono de la esposa y madre- y la incertidumbre de su propio futuro les obliga a centrarse en el desolador presente, al silencio de quienes no tienen nada que decirse  ni mayor relación que la establecida por las circunstancias. Al fin y al cabo, «cualquiera puede ser padre, pero sólo un hombre de verdad merece ser llamado papá».

Ilustración de Seamus Heffernan, ilustrador.

Precisamente, ese egoísta deseo por mantener al niño vivo únicamente para tener una razón que justifique su propia existencia conlleva un exceso de protección le impide aprender, a valerse por si mismo, a sobrevivir. El padre convierte a su hijo en un ser dependiente de su figura. Es posible que algunos interpreten sus acciones como la necesidad de salvaguardarlo de la violencia, pero la negativa de dejarlo crecer, de permitirle seguir percibiendo el mundo a través de la ingenuidad –no de inocencia- infantil provoca que sea aún más débil y, por ende, más dependiente. Y es que resulta demasiado simple dividir a las personas en exclusivamente dos categorías, «buenos» y «malos», sin posibilidad de ambigüedad al interpretar sus acciones.

No obstante, McCarthy  evita el tedio en su novela – a consecuencia de la reiteración de escenas y el ritmo pausado de la narración- intercalando su arduo peregrinaje con escenas que nos hacen perder cualquier esperanza en el ser humano. El escritor estadounidense sitúa a sus personajes en una situación límite para mostrarnos sus reacciones cuando todo su mundo queda reducido a la satisfacción de las funciones más básicas; en especial, la necesidad de encontrar comida en un mundo yermo, en el que la tierra es incultivable por la gruesa capa de ceniza que la cubre o la ausencia de animales, bien porque han emigrado a otras regiones del país- e incluso del planeta- o han perecido en este eterno invierno gris. Aquí es cuando nos ofrece el retrato más descarnado de la humanidad, las imágenes provocan un fuerte impacto en el lector, tanto por lo que se nos describe como por la forma de hacer. Y es que McCarthy los narra en un tono neutro, de absoluta normalidad ante la brutalidad de la que somos testigos, incremento su efecto desmoralizador.

De este modo, conforme avanzamos por «La carretera» crece nuestra impotencia ante el recuerdo de un mundo ahora inexistente mientras avanzamos fatigosamente hacia un futuro todavía más incierto que el desalentador presente en el que intentamos sobrevivir, aunque carezcamos de razones para hacerlo. Cormac McCarthy nos ofrece una novela sin esperanzas, un relato de supervivencia extrema sobre la pérdida de nuestra humanidad y, en especial, la lucha de un padre por preservar la esperanza para dar un significado a la vida de su hijo en un planeta que la perdió hace demasiado tiempo. A pesar de las contradicciones en la personalidad de sus dos protagonistas –y, sobre todo, de su comportamiento ante determinadas circunstancias-, «La carretera» se extiende ante nosotros, inmutable, con un desalentador mensaje que no dejara indiferente al lector en su arduo avance hacia ninguna parte.

LO MEJOR: La estructuración de la novela en un único párrafo impide al lector realizar pausas, transmitiendo de forma metafórica el desaliento de sus protagonistas. La descripción de un planeta árido, cubierto de ceniza y muerte, sin esperanza. La simbología de los diálogos y otros detalles asociados a la relación entre padre e hijo. El distanciamiento narrativo incrementa el demoledor efecto de las escenas más crudas.

LO PEOR: Las incoherencias en el comportamiento de los dos personajes principales. La excesiva ingenuidad del hijo no resulta congruente en el contexto, pese a la sobreprotección paterna. «La carretera» no es la clásica  novela postapocalíptica, muchos lectores aficionados del subgénero pueden desilusionarse ante la auténtica complejidad del planteamiento pese a su apariencia sencilla.

LA PELÍCULA: el rodaje ha mantenido los momentos tensos y el carácter obsesivo del protagonista adulto. Tiene secuencias magistrales de cine de terror, y si no existiera el libro sería una gran película. Pero como buen producto comercial, deja espacio para respirar, a diferencia de la narración. Es una de esas ocasiones en que, contando lo mismo son muy distintas, y si habríamos de inclinarnos hacia cuál es mejor, pues en este caso sería el libro.

No juzguemos a McCarthy, el autor, por esta novela. Ni por aquella que en los 70 le retrató como un maestro del thriller con Child of God, donde un alienado protagonista se convierte en un asesino en serie. Es un tipo que huye de los escritores y los ambientes literarios, porque prefiere leer, escribir y pensar. Es además un importante divulgador de literatura científica, bastante reconocido, y ha ayudado a redactar artículos a expertos en economía, geología, y astrofísica. Nada tonto, alejado de la imagen del escritor, y absolutamente potente a la hora de retratar la sicología humana en situaciones límite. También absolutamente libre a la hora de escribir. The Road ha tenido su versión en álbum ilustrado para niños.

Álbum ilustrado para niños con The Road. Hecho por McCarthy para sus lectores más jóvenes.

La máquina se para, de E.M. Foster

Imaginemos por un momento que en un momento del futuro pueda producirse una tormenta solar de parecidos efectos al evento Carrington, de 1859. Si en aquel momento del siglo XIX los sistemas de telégrafo se colapsaron, y la sobrecarga en el cableado eléctrico produjo graves incendios, imaginemos lo que sería en el presente. Nuestros sistemas de satélites, que posibilitan las telecomunicaciones, dejarían de funcionar. Ningún tipo de corriente llegaría a los enchufes de nuestras casas y oficinas. Privados de alimentos, de teléfonos, y de internet, la comida fresca apenas duraría dos o tres días. El agua dejaría pronto de manar por nuestros grifos, privadas las bombas que la mueven de energía. Y en las grandes ciudades en que vivimos ponerse a cultivar la tierra, o a criar gallinas, no sería una opción. Sobre todo, porque no podríamos consultar Google para saber cómo se hace.

El Sol con una pequeña tormenta solar en su lado derecho. A diferencia de ésta, la columna de fuego que produjo el efecto Carrington salió despedido cientos de kilómetros hacia el espacio. Fuente: NASA
El Sol con una pequeña tormenta solar en su lado derecho. A diferencia de ésta, la columna de fuego que produjo el efecto Carrington salió despedido cientos de kilómetros hacia el espacio. Fuente: NASA

Esta posibilidad tan poco conocida de nuestro futuro es la base argumental de “La Máquina se para”, de Edward Morgan Foster. Quien conozca al autor de “Regreso a Howard End” o “Una habitación con vistas” debe olvidar todo ese reflejo de la hipocresía social británica dominante a principios del siglo XX. Este libro no es nada de eso, y si hubiéramos de clasificarlo, admitiría la adscripción tanto al género de ciencia ficción, como al de la distopía tecnológica, a una hermosa historia de amor entre una madre y un hijo, o tal vez todo eso a la vez. Cuando una obra admite tantas clasificaciones, sin encajar en ninguna, es que hay una gran narración detrás. Y felizmente, podemos disfrutarla gracias a Ediciones El Salmón.

Una vez más tengo que hablar de esas pequeñas editoriales que han llenado el panorama de nuestro país con una calidad y un criterio llamado a educar a otra gran generación de autores futuros. La gran literatura nace de la crisis y de la posibilidad de leer, y muchas veces más de la primera que de la segunda. Mientras llegan esos tiempos, en Ediciones El Salmón desarrollan una idea de negocio que revolvería las tripas de los gurús en las escuelas de negocio. Porque usando obras libres de derechos, las venden a precios asequibles -9 euros me costó “La Máquina se para”- y reinvierten las ganancias para seguir publicando. Recomiendo severamente visitar su web para aprender de sus comentarios, catálogo, y de su revista Cul de Sac. Esta última promociona la reflexión, y eso no es algo que suceda a menudo hoy en día.

Primera edición de la novela, como narración corta, incluida en el libro de relatos "The eternal moment", 1928.
Primera edición de la novela, como narración corta, incluida en el libro de relatos “The eternal moment”, 1928.

“En aquellos tiempos, la musculatura constituía un demérito. Todos los niños eran examinados al nacer, y los que auguraban una fuerza física desproporcionada eran destruidos. Los partidarios del humanitarismo podían protestar, pero había sido una crueldad dejar vivir a un atleta; nunca sería feliz en las condiciones de vida que la Máquina le asignaba.”

Foster se muestra increíblemente lúcido, dado que la novela se publicó en 1928, para anticipar un mundo futuro que ya constituye nuestro presente. No sólo porque las ciudades modernas nos obligan a ir a gimnasios para recuperar nuestra fuerza física, sino porque en “La Máquina se para” sus humanos viven de forma aislada, comunicándose entre ellos mediante una tecnología muy parecida a internet.

“Cerca está un lugar al que puedo llegar rápidamente por mi propio pie, no uno al que puede llevarme deprisa el tren o la aeronave. Lejos está un lugar al que no puede llegar rápidamente por mi propio pie. (…) El hombre es la medida. Ésa fue la primera lección.”

Pero la novela sólo nos presenta una apariencia de ciencia ficción donde una humanidad alienada ha entregado su libertad a la tecnología. Debajo de ese ropaje late el conflicto generacional entre una madre y su hijo. Él busca desesperadamente la comprensión a su conducta en el seno materno. Pero la sociedad humana ya no proporciona semejante cosa, y de hecho ella contempla las actividades de su hijo Kuno como una alteración impúdica de las normas.

“Yo estaba desnudo, la humanidad parecía estar desnuda, y todos esos tubos y botones y maquinarias no habían venido al mundo con nosotros, ni nos acompañarán cuando salgamos de él, ni tienen tanta importancia mientras estamos aquí.”

Kuno no está conforme con aceptar el dogma de que es imposible vivir fuera del mundo subterráneo dirigido por la Máquina. Con más ánimo exploratorio que rebelde, realiza un doloroso viaje hacia la superficie. Doloroso, porque el ser humano ha perdido su capacidad muscular, y ascender la torre de ventilación para ver cómo es la Tierra le implica descubrir qué es sudar o sentir tirones. Y también porque, una vez fuera, padece el trauma de tener que respirar, y moverse sin ayuda.

Kuno, protagonista de la novela de Foster, en el capítulo que trasladó la novela a la televisión británica. Fuente: http://www.bfi.org.uk/
Kuno, protagonista de la novela de Foster, en el capítulo que trasladó la novela a la televisión británica. Fuente: http://www.bfi.org.uk/

Vashti, la madre, vive bajo tierra, como el resto de la humanidad, en un entorno perfectamente controlado. La Máquina provee de todo lo necesario para cubrir sus necesidades: calor, luz, comida, descanso. No siendo necesario trabajar, ella se dedica a dar conferencias, y a estar en permanente contacto virtual con sus amigos, mediante un sistema análogo al actual internet. Sin moverse, eso sí, de su pequeño cubículo, pues la idea de entrar en contacto físico con otras personas, o desplazarse, le resulta, simplemente, repugnante. Igualmente despreciable resulta atender la insistencia de su hijo Kuno en llamarla, y peor aún, en verla en persona.

A fuerza de insistir, Kuno logra reunirse con Vashti. Pero si esperaba comprensión o respuestas, estaba equivocado. Lo que recibe es el destierro, sinónimo de muerte, porque el Consejo, una especie de gobierno que domina la sociedad, bien aconsejado por la Máquina, dicta tal sentencia contra todo el que trata de salir a la superficie. Y todo esto a su madre le parece perfecto. Quiere permanecer ciega y sorda a lo que Kuno le cuenta, a la posibilidad de que pueda existir un mundo sin la Máquina, a que la humanidad pueda vivir sin ella, y que la Máquina no quiere que ésta lo sepa.

Vashti y Kuno hacia el final de la novela, tal como fue emitido en la televisión británica en 1966. Fuente: http://www.bfi.org.uk/
Vashti y Kuno hacia el final de la novela, tal como fue emitido en la televisión británica en 1966. Fuente: http://www.bfi.org.uk/

Incluso el final de este libro parece una anticipación de nuestro presente, y tal vez de nuestro futuro. Porque la Máquina acaba parándose, como el título indica. En realidad sufre continuas averías que van privando a los humanos de sus comodidades. Pero éstos van aceptándolo como un proceso necesario para conservar a su Máquina, ya casi convertida para ellos en un dios. Cuando el colapso tecnológico es total, la humanidad subterránea, imposibilitada de salir de los túneles, ahora sin luz, en que vive, se enfrenta a la muerte.

Foster, tal como fue pintado por Roger Fry, pintor perteneciente al Grupo de Bloombsbury.
Foster, tal como fue pintado por Roger Fry, pintor perteneciente al Grupo de Bloombsbury.

Y no seguiré, porque no quiero desvelar el final del libro, ni el destino de Vashti y Kuno, a quien, habiendo leído esta reseña, tenga ganas de leer la novela de Foster. Sólo añadiré que, como prueban los párrafos transliterados, la traducción de Ediciones El Salmón es magnífica. Conserva esa elegancia narrativa del autor, su fluidez de palabra, y la amplitud terminológica de su prosa. Así que muy atentos a su próximo lanzamiento de “La lengua vulgar” de Pier Paolo Pasolini. Porque los que creemos que los grandes retos de nuestro presente ya se produjeron en el pasado, y tal vez sea hora de consultar a nuestros muertos, a ver cómo los resolvieron ellos.

El jardín de las delicias, de Ian Watson

Publicación en español de la editorial Martínez Roca
Publicación en español de la editorial Martínez Roca

No concibo que a Ian Watson se le empiece por otra parte que no sea El Jardín de las delicias, pese a que lo general es recomendar Empotrados. A este autor, que escribe en inglés y vive en Gijón, lo encontraréis enmarcado en la ciencia ficción. En el caso de esta novela, la razón es que sus protagonistas son astronautas que llegan a otro planeta, extrañamente habitado. Pero ahí acaban las coincidencias con el género.

En El Jardín de las delicias la exploración espacial es una mera excusa para dar veracidad a un relato delirante, cuyos protagonistas recorren el cuadro de El Bosco que da título a la obra. Un óleo sobre tabla compuesto de tres cuerpos, donde están representados el Edén de Adán y Eva, el Infierno, y el Paraíso. El despliegue de imaginación del pintor está enlazado con toda una galería de figuras simbólicas, algo muy apreciado en el Medievo y Renacimiento. Citaré como único ejemplo una surrealista taberna en el infierno, contenida en el torso de una figura humana, cuyo rostro se vuelve hacia atrás para contemplar lo que pasa en su interior. Se corresponde, como el resto de composiciones del tríptico, con pasajes del propio libro de Watson. Aquí el autor alcanza la cima literaria de su argumento, con un grupo de celebrantes, a los que se unen los protagonistas en una orgía de sexo y vino. Algo relativamente fácil, pues su primer impulso, apenas aterrizan en el planeta-cuadro es desnudarse. Al fin y al cabo todos sus habitantes han renunciado a la ropa, y disfrutan de los placeres carnales en modo “amor libre“.

Detalle del cuadro de El Bosco
Detalle del cuadro de El Bosco

Toda la obra es un viaje de búsqueda mística por el óleo de El Bosco. En realidad los astronautas están intentando dar una explicación lógica a la inteligencia extraterrestre que ha creado la vida en el planeta, siguiendo un modelo tan surrealista como el de la obra pictórica. Pero mientras lo hacen, profundizan en el conocimiento de sí mismos, e indagan sobre la realidad de ser humanos, y de la relación de lo humano con Dios. De modo análogo a lo que hizo Dante en su Divina Comedia, pues es evidente que Watson ha tomado algún préstamo del autor italiano.

Mezcla de alucinación lisérgica, reflexión filosófica, manual de religiosidad new age, y recorrido pictórico por la obra de El Bosco, la novela podría ser un bodrio infumable. Sin embargo, Ian Watson es capaz de aligerar los problemas de fondo del argumento recurriendo al género de la ciencia ficción. El lector puede evadirse de la parte filosófica, si así lo desea, mientras es arrastrado con maestría por unos mundos muy sugerentes, donde hasta el diablo cumple su papel a la perfección. Y lo más importante de todo, sin necesidad de echar ni una sola mirada al cuadro de El Bosco para disfrutar de la narración.

No me gusta el final, sin embargo. Watson se ha metido en un complicado jardín cuya salida intenta, a la vez, ser de altísimo nivel filosófico, que no alcanza, y quedar perfectamente explicado. Mi consejo es disfrutar hasta la entrada de los protagonistas en El Edén, y no sentirse culpable si cerramos el libro a partir de ahí.

PD.: La edición en España, en español, de este volumen, fue realizada por Martínez Roca en 1986. No abunda en las librerías de viejo, pero aún es posible encontrarlo si uno pregunta, y rebusca.