El último Vostiaco

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El último Vostiaco, Diego Marani, Editorial Gadir

Qué es una lengua cuando desaparece. No desde luego la anecdótica forma de comunicación de un grupo humano, sin el cual la humanidad puede sostenerse y sobrevivir. Si así fuera no tendría importancia alguna, a diferencia de si mañana hubiéramos olvidado para siempre cómo se fabrican las penicilinas. Perder un idioma no nos pone en peligro, y sin embargo reduce a nada la interpretación de la vida que un grupo de personas ha desarrollado en un lugar de nuestro planeta.

Es por ello que El último vostiaco, de Diego Marani, uno de los más hermosos libros que he leído jamás, no habla de una lengua rara del norte de Europa, sino de la incapacidad de ciertos seres humanos para comprender el mundo del otro. Nosotros los occidentales hemos desarrollado una sociedad como única verdad, con sus lenguajes oficiales, que debe imponerse -a nuestro juicio- sobre el pobre indígena del Amazonas que jamás ha oído hablar de la medicina, la ciencia o la ropa.

Marani parece haberse inspirado para crear su vostiaco en los pueblos nómadas que aún pueblan Siberia
Marani parece haberse inspirado para crear su vostiaco en los pueblos nómadas que aún pueblan Siberia

Su argumento es de esos que se relegaría al apartado de lo raro, porque nos sumerge en un mundo académico de lingüistas, y no se me ocurre disciplina científica más alejada del vivir cotidiano. Efectivamente, lo que nos presenta Marani es un entorno intelectual plegado hacia sí mismo e hinchado por el ego del conocimiento. Pero magistralmente le opone la corriente de pensamiento de un vostiaco animista. Es decir, de un hombre de tribu, un ser puro que interpreta el mundo conforme a las creencias de su cultura. Y que, como una lección de vida, no se detiene en su viaje, porque interpreta lo mismo la naturaleza y la ciudad como un entorno que hay que traspasar valiéndose de su conocimiento. No importa si lo que le acechan son osos y frío dispuestos a devorarle, o coches y policías incapaces de entenderle.

“- Una lengua que muere es como un hombre que muere. Por desagradable que sea, es un hecho biológico: otras nacen, otras morirán. Como los hombres, las palabras también deben adaptarse para sobrevivir. Las que se gastan, las que se alejan de su significado, están condenadas a desaparecer -.”

El vostiaco vive refugiado en los bosques, después de haber estado años encerrado en una mina soviética, obligado a realizar trabajos forzados. Cuando regresa a su tierra natal, su tribu no está ya allí, y no es capaz de encontrarla. Una lingüista rusa le descubre por azar, percatándose que es el último portador de una lengua desaparecida. Su estructura demuestra una teoría llamada “esquimaloaleutiana”, según la cual en el espacio geográfico que va desde el Báltico a las grandes llanuras de Norteamérica se hablaban lenguas pertenecientes a un mismo tronco. Esta teoría no es parte del argumento de Marani, sino que existe de verdad entre los lingüistas, con defensores y detractores.

“Cuando Ivan se hizo hombre, nadie en la mina sabía quién era aquel indígena nervudo y de baja estatura, de cara aplastada y pómulos salientes como un tártaro. Quien conocía su historia hacía tiempo que había muerto. Los demás tenían miedo de aquel silencio inexplicable que se asemejaba a la locura.”

 

El escritor Diego Marani
El escritor Diego Marani

El problema es que en la novela la existencia del vostiaco es una contrariedad para un famoso profesor y lingüista de Helsinki. Él defiende una teoría, llamada “panugrofinesa”, sobre la superioridad de la cultura finlandesa, origen de los europeos y por tanto los hablantes más antiguos del continente. Los extremos a que va a llegar para defender su tesis, sobre la que ha construido su vida, incluso cuando constata que los hechos la desmienten, lleva el argumento hacia la novela negra. Aunque sólo es un matiz, porque el vostiaco y su corriente interior de conciencia, siempre presente, mantienen el tono poético de la narración. Eso, y el increíble viaje que realiza.

Marani nos depara aún un último descubrimiento cuando finalmente enfrenta a su vostiaco con la sociedad. La música, que ha estado siempre presente en la narración, y que es el lenguaje que él usa para comunicarse con su desaparecida tribu, y con el mundo que le rodea, termina por acercarlo a occidente. En una sala de conciertos, los músicos le llevan al escenario, porque ha respondido al canto de las guitarras eléctricas y los saxos tocando su tambor de piel de animal. Y todos contemplan, admirados, a alguien que no parece pertenecer a su mundo, que no habla su lenguaje, ni lo comprende. Pero que es capaz de comunicarse con la humanidad a través del lenguaje más universal de todos.

“…Iván se puso en pie de un salto. ¡Aquélla era su música! ¡Era el ritmo que los cazadores del Taimir seguían en sus tambores para hacer salir a los osos! … Tiró al suelo el saco, se llevó al pecho el tambor, y él también empezó a tocar la canción del oso enloquecido. … Los músicos abandonaron las partituras y ajustaron sus instrumentos al ritmo endiablado del tambor de Iván, mientras la gente batía palmas entusiasmada creyendo que aquel individuo desgreñado y vestido de pieles fuera otro artista del grupo folclórico estonio Neli Sardelli que aquella noche se exibía con un repertorio único.”

El vostiaco, cuando por fin habla, canta. Y su canto se contagia. Incluso los animales levantan la cabeza en el bosque y los peces se ponen a seguir al barco del que sale esa música.

“Cantaban a voz en grito, sin entender ni una palabra los turistas finlandeses borrachos levantando sus jarras de cerveza … Ninguno de ellos sabía que lo que estaban cantando era el antiguo vostiaco … ni que a miles de kilómetros de distancia … los indios algonquinos de las reservas pronunciaban de la misma manera…”

 

Cuadro "Campesino quemando maleza", de Van Gogh, elegido por la editorial Gadir para ilustrar la portada de la edición española
Cuadro “Campesino quemando maleza”, de Van Gogh, elegido por la editorial Gadir para ilustrar la portada de la edición española

Admiro a Marani, y no únicamente como escritor. Hace años que me declaré adepto de su defensa elegante y universal de la lengua. Porque él insiste en que ningún lenguaje debe conservarse puro, sin mezclarse con el vecino. Pueden decírselo al español, que ha tomado palabras y estructuras del árabe, el francés, el inglés, el incaico y el azteca, y de un sinnúmero de lenguas. Marani parece hablarnos a nosotros, los hispanohablantes, cuando afirma que la pureza lingüística es una invención ideológica de los estados. Aunque, naturalmente, extrapola sus tesis a todo lo humano. Y afirma además que hay que aceptar que algunas lenguas mueren, y que no se las puede proteger “ni con leyes ni con tanques, sino alimentando la cultura y manteniendo viva la sociedad que habla esa lengua”.

Pero quizá la mejor lección de este escritor, fuera de sus libros, sea su opinión sobre el inglés. Lo denomina un medio de comunicación formidable, pues no sólo nos pone en contacto con gran parte del planeta, sino que facilita un lenguaje para el entendimiento universal de todos los seres humanos. “Y lejos de renunciar a su fuerza, cada lengua local debe aprenderlo y domarlo con una actitud activa, no sufriéndolo.”