Invernáculo, de Brian Aldiss

El 19 de agosto de 2017 moría Brian W. Aldiss, y su fallecimiento tuvo una pequeña repercusión, la que merecen esas noticias de fondo que rellenan los apáticos medios de agosto. De no haber sido por el período vacacional, posiblemente ni siquiera se hubiese mencionado a este renovador de la ciencia ficción, que en los años sesenta, como tantos otros escritores, dio una vuelta al género, elevándolo a lo literario, al igual que Arthur C. Clarke, o Isaac Asimov. Tenía 92 años, y en los últimos diez había recibido importantes premios, como la Orden del Imperio Británico por su aportación a la literatura, un doctorado de la Universidad de Liverpool, y el World Fantasy Special Award de la World Fantasy Convention de Brighton, Inglaterra. Una vida larga, y una obra irregular, con altibajos, que tuvo una brillantísima trayectoria entre los años sesenta y finales de los setenta.

Las aportaciones de Aldiss al género no solo se han convertido en referentes, sino que han mutado en incorporaciones a la cultura colectiva. Fue el primero que analizó la posible relación emocional entre un ser humano y una inteligencia artificial, IA, especialmente cuando la máquina supera su carácter de objeto para ser amada. Aunque cuando publicó su relato  “Los súperjuguetes duran todo el verano”, -Super-Toys Last All Summer Long-, no se hablaba de la IA, a diferencia de hoy día, el autor anticipó el paradigma de la IA. En 2001 Steven Spielberg popularizó su narración estrenando “A.I. Inteligencia Artificial”, justo en el momento en que la posibilidad de que los ordenadores pensaran comenzaba a vislumbrarse en el horizonte de Silicon Valley.

Portada original de Hothouse, publicada en castellano como Invernáculo

De toda su obra es Invernáculo la que mejor se acercará a la sensibilidad del lector actual. Especialmente porque supera la parte científica del género para ser una novela de aventuras, viajes y fantasía desbordante. El argumento nos conduce por las tribulaciones de varios grupos de humanos en un mundo miles de años en el futuro. Nuestra raza, para entonces, ha pasado a ser una especie menor en los nichos ecológicos, y lejos de dominar el planeta, sobrevive con dificultad en base a una alta natalidad y a una rápida emancipación de sus niños, que independiza apenas convertidos en adolescentes. La raza ha reducido su tamaño a la mitad, coloreando su piel con un tono verde, a fin de camuflarse. El Sol se ha convertido en una supernova, y el cambio en la radiación de nuestra estrella ha posibilitado un clima ecuatorial, con gran humedad. La Luna ha continuado su acercamiento a la Tierra, estando próxima a su colisión en unos cuantos miles de años más. El resultado de estos cambios es una evolución de las plantas, que han pasado a desplazarse, cazar como depredadores, y desarrollar toda una serie de estrategias destinadas a proporcionarse nutrientes, en base a otras plantas, y a los mamíferos, reptiles e insectos que aún sobreviven. De ese modo encontramos vegetales que vuelan, y atacan desde el cielo, como águilas.

Edición española de Invernáculo por la editorial Minotauro

Lo maravilloso de Aldiss es que convierte este panorama apocalíptico para el ser humano en una historia clásica de zombies. Al menos tal como la entendemos hoy día, mediante la persecución de muertos vivientes sin inteligencia ni velocidad, pero que por número y bajo determinadas circunstancias son letales. Cuando invernáculo fue escrita esta referencia cultural apenas estaba desarrollada, pero él fue capaz de proporcionarnos una verdadera carnicería donde los humanos que acompañan la narración desaparecen súbitamente, atrapados por especies vegetales que ponen los pelos de punta. Lo cierto es que la primera parte parece una enciclopedia de botánica futura, con especies vegetales descritas con sus singulares nombres, cada una de las cuales intercala una tragedia. Y sin una sola línea de aburrimiento.

Para cuando la variedad de vegetales asesinos comienza a cansar, Aldiss nos ofrece un giro, en el que el grupo humano de adultos inicia su ritual de muerte -una especie de suicidio- para dejar que los niños, convertidos en adolescentes, continúen su vida en solitario. Aquí la novela comienza a ser una aventura de viajes en un planeta que conserva el frío en sus polos, o quizá en una cadena montañosa -la narración no aclara este punto-. A través de ese azar que obliga a los protagonistas a trasladarse de un lugar a otro, conocemos otras posibilidades de humanidad. Pues igual que los hombres y mujeres que son descritos constituyen una especie que ha reducido su tamaño a un tercio del actual, para disminuir sus necesidades de alimentación, y han desarrollado un pigmento verde en su piel para camuflarse, otros humanos han adoptado otras estrategias. En zonas frías, un comportamiento tribal, caníbal y un tanto salvaje. En torno a un volcán, han sido parasitados por unos árboles, que manejan su voluntad y son alimentados mediante una conexión, en forma de rama, que parece una cola. Esos hombres proporcionan pescado a la planta-árbol, que ella devuelve por la savia a la sangre en forma de nutrientes, alimentándose a su vez. Pero privándoles de voluntad propia. Existe también una mutación que proporciona alas a los hombres, transformándolos además en una especie de insectos sociales.

El autor en su despacho, rodeado por su biblioteca personal.

Transcurrida más de la mitad del libro, uno se pregunta qué más opciones puede ya proporcionarnos el argumento. Es aquí donde, desde el punto de vista científico, más flojea Invernáculo. Aunque como novela de fantasía – y no ya de ciencia ficción- permanece fiel a su carácter. Los protagonistas descubren que uno de los animales-planta teje hilos, similares a los de araña, entre la cercana Luna y la Tierra, trasladándose del satélite al planeta, y viceversa. Pero la sorpresa argumental nos la depara un hongo. Uno del tipo colmenilla, esa delicia gastronómica del otoño, cuando llueve. En Invernáculo, un hongo entra en simbiosis con el cerebro del protagonista, aumenta su inteligencia y recupera una memoria ancestral, inserta en su adn, que le permite reconocer la evolución de los homínidos. El hongo, con voz propia, se da cuenta de que entró en simbiosis con los monos hace millones de años, y gracias a eso, mediante un largo proceso, acabó originándose el homo sapiens. El problema es que este vegetal tiene un lado oscuro y soberbio, convirtiéndose en un tirano que obliga a su huésped a adoptar comportamientos que le favorezcan. El conflicto entre las dos inteligencias y voluntades hacen que Invernáculo alcance su cénit literario, y también el científico.

La teoría del gen egoísta, de Dawkins, estableció casi una década después de publicado Invernáculo, que los organismos somos máquinas de supervivencia para genes. Recientemente ha comenzado a descubrirse que parte de nuestras decisiones “cerebrales” están condicionadas por la microbiota de nuestros intestinos. Todo apunta a que la voluntad humana no se rige por el libre albedrío, y esa es la propuesta de Aldiss en Invernáculo, mediante su hongo. Mucho antes de que la propia ciencia sugiriera teorías en este sentido.

Estrenada en España como La tienda de los horrores, esta película, basada en un musical de Off-Broadway, explotaba la posibilidad de plantas devoradores de hombres. Fue estrenado en 1986, cuando la influencia cultural de Aldiss y su Invernáculo en la cultura anglosajona era ya enorme.

El final de Invernáculo, después de haberse metido en tantos jardines, vuelve a cambiar el género del libro, adentrándose sin prejuicios en la pura fantasía. Entra en escena un delfín extremadamente inteligente y con dotes de clarividencia. Y uno de los vegetales-animales que viaja entre la Tierra y la Luna acaba convertido en nave espacial. Comenzando un viaje de exploración en busca de mundos habitables, puesto que nuestro planeta acabará absorbido cuando el Sol supernova estalle. No se preocupen, que no les estoy destripando el final.

En suma, Invernáculo es una novela que no da ni un respiro, apta para amantes de la ciencia ficción, de los libros de fantasía, y de los apocalipsis, zombies o de otro tipo. Y también una de las mejores entradas al universo de Aldiss.

AVISO. Puede que no vuelvan a mirar a las hermosas flores de la misma manera después de leer Invernáculo.

1984 y El cuento de la criada

Para quienes no lo sepan, estos dos títulos han vuelto a convertirse en superventas en todas las librerías de Estados Unidos desde que Trump es presidente. El cuento de la criada ha experimentado además dos repuntes, el último a raíz de la serie estrenada en HBO, que lleva el libro al formato audiovisual. La razón de esta búsqueda de sentido a la realidad a través de las fantasías resulta sociológicamente interesantísima. Porque en apariencia, los lectores tratan de identificar la realidad que les rodea a través de un relato. Y hay una razón para ello.

El motivo es la simplificación a que obliga cualquier narrativa para ser eficaz. Algo que usa habitualmente también la ciencia de la Historia, donde los procesos son contemplados en el largo plazo, con todos los documentos disponibles, sabiendo los precedentes, el desarrollo y las consecuencias. Comprender la realidad pasa por tener todos los datos, y a excepción de mentes muy brillantes, casi nadie comprende su propio presente. Es muy fácil en cambio hablar de hechos del pasado, y también hace más sencillo tu propio tiempo la comparación con universos distópicos con el de Orwell y Margaret Artwood. Ahora bien, dejando a un lado el fenómeno contemporáneo, ¿qué tal son estos libros?

La escritora Margaret Artwood ha salido en la serie del mismo título que su libro, haciendo de “tía”, una de las mujeres viejas que vigilan a las jóvenes reproductoras, en el argumento de su obra

Lo más intrigante de ambos títulos es cómo han llegado a ser tan famosos. Puede explicarse en el caso de Orwell porque 1984 fue publicado en un momento en que era difícil entender qué pasaba en la URSS. Los defensores del comunismo no aceptaban la verdadera realidad dictatorial en que se había convertido el movimiento obrero inicial, con campos de prisioneros llamados Gulags que en poco se distinguían de los campos de concentración nazis. Una represión social brutal donde se enfrentaba a padres e hijos, denunciando los segundos a los primeros, y fomentando el miedo, la alienación y la carencia de todo pensamiento crítico. 1984 lo explica a la perfección, y más que una predicción del futuro parece, con todos los datos de que hoy disponemos, un reflejo de la sociedad rusa bajo el mando de Stalin. La novela tiene, naturalmente, universos simbólicos de control que escapan a su crítica inicial al bolchevismo, y que están plenamente presentes en la sociedad de hoy. A medida que el capitalismo se implanta y desarrolla sin alternativa crítica a su modelo social, y después de haber convertido a los ciudadanos en seudoesclavos consumidores, ha comenzado a fomentarse el control sobre su pensamiento. El objetivo está claro, aceptar menos salarios, peor vivienda, menos sanidad y educación, y puede que pronto menos democracia. No intento describir la realidad en que vivimos, sino transmitir el sentimiento que se ha producido en una parte de nuestras sociedades a raíz de su transformación. Esa parte busca leer 1984, y también El cuento de la criada, para encontrar una forma de explicar el mundo que nos ha tocado. Otros no, porque interpretan la realidad bajo una óptica más favorable, pero dado que estos libros son leídos por ser distopías, es eso lo que nos interesa.

La obra de Margareth Artwood es radicalmente distinta a la de Orwell, fundamentalmente porque está escrita desde el punto de vista de una mujer. Hay muchos más matices sentimentales en su personaje, una mayor dimensión humana. Y también una constante que eleva su carácter literario por encima de Orwell. La protagonista, que ha vivido en un mundo previo al del totalitarismo en que ahora vive, no muestra desesperación ni rebeldía, sino más bien un dejarse llevar. Esa es su grandeza literaria, porque también los seres humanos tendemos a adaptarnos si tenemos que afrontar una lucha sostenida. Nos cansamos, y acabamos dando por bueno lo que no nos gusta. En ese aspecto, Artwood es magistral. Y 1984 palidece en cuanto a que sus personajes son bastante más planos. Eso sí, este arranque sugerente acabará dando comienzo al hastío en El cuento de la criada, a diferencia de 1984, mucho más ameno.

No se extrañen si ven en los Estados Unidos mujeres vestidas como las criadas de la narración. Porque están convirtiéndose en un símbolo de protesta en aquellos estados que quieren limitar el aborto. No son meras reproductoras, y eso es lo que Artwood trata de decirnos. Lo de arriba es una corte judicial en una foto tomada en 2017. Sí, este mismo año.

Artwood nos presenta una sociedad en la que un grupo paramilitar ha dado un golpe de estado, se ha hecho con el control del gobierno y el parlamento, y ha instituido una sociedad donde prima lo religioso. O al menos una religión entendida al modo de los grupos más radicales de Estados Unidos y Canadá, una herencia típicamente anglosajona, y uno de los problemas presentes en sus sociedades. Ciertos colegios y comunidades prohíben enseñar la Teoría de la Evolución y censuran cualquier actividad sexual, interpretando la Biblia al pie de la letra. Esto no es ficción, sino parte del presente de Estados Unidos. Y es desde ese punto de vista lo que nos hace comprender  que la obra, publicada en los lejanos años 80, se haya convertido en altamente demandada en la actualidad. Uno de los miedos sociales más comunes entre la sociedad estadounidense más progresista es que predominen los grupos radicales de corte religioso. Muchos tienen la sensación de que eso es lo que se ha conseguido con Trump. Y que El cuento de la criada lo refleja a la perfección. Si bien, literariamente es un libro mediocre.

Si bien el planteamiento inicial es interesante, y el hecho de que la élite que ha tomado el poder esté tan avejentada que para tener hijos necesita “criadas reproductoras” abre muchas posibilidades, la narración corta todas de raíz. Está bien asistir al proceso mental de la protagonista, esa dicotomía a la que he aludido entre rebelarse o aguantar. Pero no resulta creíble que no se desespere ni una sola vez por no saber qué ha sido de su marido, o dónde está su hija, la cual le fue arrebatada. Resulta además mortalmente aburrido que a medida que se suceden las páginas no pase nada sustancial, como si el lector estuviera atrapado en una larga, y aburrida, pesadilla.

Frente a la criada, el protagonista de 1984, como parte del partido en el poder, y empleado en un ministerio, tiene una posición privilegiada para entender qué está pasando. La criada es lo opuesto, una mujer encarcelada en una celda que no le permite conocer la realidad. Se desvelará parcialmente al final qué ha ocurrido, con un giro narrativo algo facilón, y que no desvelaré aquí para no destripar el libro a quien le queden ganas de leerlo.

Créanme, no existe esta cámara de vigilancia junto a la placa que conmemora la casa en que vivió George Orwell. Es una de esas mentiras de internet, una manipulación, si quieren, del Gran Hermano.

1984 es una de esas obras que resiste el paso del tiempo, y que puede emanciparse de su origen como crítica al comunismo para universalizarse como espejo de cualquier sistema político totalitario. Casualmente esa pantalla desde que el Gran Hermano te vigila parece ser un adelanto de internet. Hoy es muy fácil para la policía, si decide investigarnos por orden del juez, saber qué hemos leído y comprado en la red en los últimos meses y años, nuestras preferencias, gustos personales y opiniones, fotos personales, e ingresos. Pero sin ir tan lejos una opinión de juventud puede conducirnos ante el juez, o ciertos comportamientos en internet privarnos de que nos contraten en una oferta de trabajo. Así que la vigilancia de 1984 cuidando que nuestra conducta sea correcta es más válida que nunca.

Tengo que decir algo a favor de El cuento de la criada. Tenemos una literatura, como una cultura humana en general, muy condicionada por la visión masculina. No es fácil equilibrar tantos siglos de historia donde la mujer ha sido poco más que un acompañamiento al hombre. Así que Artwood aporta, afortunadamente, una visión muy interesante de lo que sería una mujer común en cuanto considerada mero objeto reproductor. Y ahí se queda, sin ir más allá. Esta es una de esas ocasiones en que, sin conocerla, les diré que mejor vean la serie. Les resultará más entretenida.

The Road (La carretera)

Disfruté cada minuto que pasé pegado a las páginas de La Carretera, primera novela de Cormac McCarthy que leí, y que ahora he vuelto a releer.

Fotograma de la película protagonizada por Viggo Mortensen y basada en la novela.

El escritor estadounidense opta por un relato ininterrumpido, sin capítulos, para ilustrar el fatigoso viaje del padre y su hijo por un mundo reducido a las cenizas del recuerdo. La imposibilidad del lector para establecer pausas durante la lectura permite identificarse con los protagonistas, quienes avanzan sin descanso hacia un destino incierto, pues el mar al que dirigen sus pasos de pertenece al pasado del padre, ahora destruido sin que lleguemos a conocer jamás la causa, solo las consecuencias.

Sin embargo, la esperanza de proporcionar un futuro mejor a su hijo, quien no debería haber nacido ni conocido mundo como aquel -en el que los escasos supervivientes recurren con frecuencia la antropofagia ante la falta absoluta de alimento-, es lo único que le permite seguir caminando. Precisamente, el deseo de preservar la inocencia del niño le lleva a cometer actos egoístas, incluso violentos. Una contradicción de sentimientos apreciable en la negativa del autor a referírsele como «su hijo», siempre «el niño». Es decir, el padre pretende establecer una separación emocional para no vacilar llegado el momento de apretar el gatillo.

De hecho, los escasos diálogos entre ambos son reiterativos, basados en monosílabos hasta convertirse prácticamente en monólogos carentes de significado, solo palabras pronunciadas en voz alta para que parezcan más reales. Y es que la imposibilidad de hablar sobre el pasado –los escasos recuerdos del padre sobre su propia infancia, el incierto desastre que originó aquel «invierno nuclear» o el abandono de la esposa y madre- y la incertidumbre de su propio futuro les obliga a centrarse en el desolador presente, al silencio de quienes no tienen nada que decirse  ni mayor relación que la establecida por las circunstancias. Al fin y al cabo, «cualquiera puede ser padre, pero sólo un hombre de verdad merece ser llamado papá».

Ilustración de Seamus Heffernan, ilustrador.

Precisamente, ese egoísta deseo por mantener al niño vivo únicamente para tener una razón que justifique su propia existencia conlleva un exceso de protección le impide aprender, a valerse por si mismo, a sobrevivir. El padre convierte a su hijo en un ser dependiente de su figura. Es posible que algunos interpreten sus acciones como la necesidad de salvaguardarlo de la violencia, pero la negativa de dejarlo crecer, de permitirle seguir percibiendo el mundo a través de la ingenuidad –no de inocencia- infantil provoca que sea aún más débil y, por ende, más dependiente. Y es que resulta demasiado simple dividir a las personas en exclusivamente dos categorías, «buenos» y «malos», sin posibilidad de ambigüedad al interpretar sus acciones.

No obstante, McCarthy  evita el tedio en su novela – a consecuencia de la reiteración de escenas y el ritmo pausado de la narración- intercalando su arduo peregrinaje con escenas que nos hacen perder cualquier esperanza en el ser humano. El escritor estadounidense sitúa a sus personajes en una situación límite para mostrarnos sus reacciones cuando todo su mundo queda reducido a la satisfacción de las funciones más básicas; en especial, la necesidad de encontrar comida en un mundo yermo, en el que la tierra es incultivable por la gruesa capa de ceniza que la cubre o la ausencia de animales, bien porque han emigrado a otras regiones del país- e incluso del planeta- o han perecido en este eterno invierno gris. Aquí es cuando nos ofrece el retrato más descarnado de la humanidad, las imágenes provocan un fuerte impacto en el lector, tanto por lo que se nos describe como por la forma de hacer. Y es que McCarthy los narra en un tono neutro, de absoluta normalidad ante la brutalidad de la que somos testigos, incremento su efecto desmoralizador.

De este modo, conforme avanzamos por «La carretera» crece nuestra impotencia ante el recuerdo de un mundo ahora inexistente mientras avanzamos fatigosamente hacia un futuro todavía más incierto que el desalentador presente en el que intentamos sobrevivir, aunque carezcamos de razones para hacerlo. Cormac McCarthy nos ofrece una novela sin esperanzas, un relato de supervivencia extrema sobre la pérdida de nuestra humanidad y, en especial, la lucha de un padre por preservar la esperanza para dar un significado a la vida de su hijo en un planeta que la perdió hace demasiado tiempo. A pesar de las contradicciones en la personalidad de sus dos protagonistas –y, sobre todo, de su comportamiento ante determinadas circunstancias-, «La carretera» se extiende ante nosotros, inmutable, con un desalentador mensaje que no dejara indiferente al lector en su arduo avance hacia ninguna parte.

LO MEJOR: La estructuración de la novela en un único párrafo impide al lector realizar pausas, transmitiendo de forma metafórica el desaliento de sus protagonistas. La descripción de un planeta árido, cubierto de ceniza y muerte, sin esperanza. La simbología de los diálogos y otros detalles asociados a la relación entre padre e hijo. El distanciamiento narrativo incrementa el demoledor efecto de las escenas más crudas.

LO PEOR: Las incoherencias en el comportamiento de los dos personajes principales. La excesiva ingenuidad del hijo no resulta congruente en el contexto, pese a la sobreprotección paterna. «La carretera» no es la clásica  novela postapocalíptica, muchos lectores aficionados del subgénero pueden desilusionarse ante la auténtica complejidad del planteamiento pese a su apariencia sencilla.

LA PELÍCULA: el rodaje ha mantenido los momentos tensos y el carácter obsesivo del protagonista adulto. Tiene secuencias magistrales de cine de terror, y si no existiera el libro sería una gran película. Pero como buen producto comercial, deja espacio para respirar, a diferencia de la narración. Es una de esas ocasiones en que, contando lo mismo son muy distintas, y si habríamos de inclinarnos hacia cuál es mejor, pues en este caso sería el libro.

No juzguemos a McCarthy, el autor, por esta novela. Ni por aquella que en los 70 le retrató como un maestro del thriller con Child of God, donde un alienado protagonista se convierte en un asesino en serie. Es un tipo que huye de los escritores y los ambientes literarios, porque prefiere leer, escribir y pensar. Es además un importante divulgador de literatura científica, bastante reconocido, y ha ayudado a redactar artículos a expertos en economía, geología, y astrofísica. Nada tonto, alejado de la imagen del escritor, y absolutamente potente a la hora de retratar la sicología humana en situaciones límite. También absolutamente libre a la hora de escribir. The Road ha tenido su versión en álbum ilustrado para niños.

Álbum ilustrado para niños con The Road. Hecho por McCarthy para sus lectores más jóvenes.

Anna

Las primeras páginas de Anna me llevaron a esa pereza lectora que duda entre abandonar el volumen o tolerarlo como mejor se pueda. El hecho de que sus protagonistas fueran niños me llevó a pensar que estaba ante una novela juvenil de personajes facilones y situaciones planas. No podía estar más equivocado. La genialidad de Niccolò Ammaniti consiste precisamente en sacar de esa supuesta debilidad una gran novela, presentando a los niños en un escenario apocalíptico y privados de mayores.

Anna mezcla además muchos géneros, lo cual es en mi opinión un signo de la buena literatura de nuestro tiempo. El Boom Latinoamericano y su realismo mágico dieron el gran paso introduciendo en los llamados libros serios ciertas concesiones a la fantasía. Unido a la gran influencia que los libros anglosajones -cuyos autores tienen menos prejuicios en ese sentido- han imprimido en los autores europeos, está propiciando un regreso a los orígenes de la novela moderna. Que necesariamente debemos situar en el Renacimiento italiano, a través de dos autores fundamentales, Dante y Bocaccio. La influencia de los cuentos de aquel país fue inmensa en Europa, especialmente porque las guerras propiciaron el contacto con la forma de relatar italiana, ejerciendo enormes influencias en autores como Cervantes, Shakespeare y Rabelais. En los tres encontramos el mundo mágico, aunque el español lo disfrace de locura quijotesca. Recuperando este origen literario que ponía su foco en entretener al lector, la moderna literatura nos ofrece, gracias a esa libertas, joyas como Anna.

Edición en español de Annagrama, 2016. La ilustración de portada es de Raid71, seudónimo del ilustrador Chris Thornley, cuyo trabajo en las portadas de diferentes libros es absolutamente evocador. Él hace algo poco común, y es aportarnos el sentimiento que transmite la obra, en lugar de conceptualizar su argumento. Merece la pena visitar su web para conocer su trabajo.

El libro nos conduce a un escenario en el que una epidemia mortal, de un virus contra el que no hay cura, acaba con todos los adultos del planeta. O al menos con los de la isla de Sicilia en donde transcurre la acción. Los niños sobreviven, pero solo hasta la adolescencia, dado que las hormonas en su sangre permiten que también padezcan la enfermedad y mueran. Anna y su hermano Astor son unos de esos supervivientes infantiles, a los que su madre ha dejado un cuaderno con explicaciones sencillas para sobrevivir.

Ammaniti, el autor, contesta a nuestra pregunta de cómo se comportarían los niños en una situación desesperada de forma magistral. Revela cómo los pequeños son manipulados por los más mayores, y se dejan llevar inocentemente. Pero más importante aún, nos enseña que aquellos más cercanos a la adolescencia no han desarrollado el nivel de maldad de un adulto, que seguramente abusara de ellos para sostenerse. No son ángeles, desde luego, y su organización tribal ha renunciado a la piedad o a la justicia, solo que no pueden llegar a la crueldad ni al crimen gratuito. Simplemente porque no tienen el resabio de la edad adulta.

Hay además en Anna un maravilloso componente poético. El ser humano está condenado a morir, como cualquier ser vivo, pero en nuestro tiempo esta idea se aplaza o se elude. Al fin y al cabo vivimos sanos hasta edad muy avanzada. El escenario de la novela nos sitúa en otra tesitura, mucho más inmediata. Crecer significa morir. La regla en las chicas o el asomo del bozo en ellos supone que contraerán la Roja, y agonizarán sin remedio. Pero ello no quita ocasión a que la solidaridad, el amor, la ternura, vayan saliéndonos al paso. Anna, que comienza siendo muy niña y que ovulará por primera vez hacia el final, tendrá ocasión de sentir la ternura de una madre hacia su hermano pequeño, la pasión incipiente de una adolescente enamorada, y la determinación de una adulta para buscar la salvación.

El autor de Anna afirmó en una entrevista a El País que “No tenía talentos particulares, no sabía qué me reservaría el futuro. Por desesperación, para pasar el rato, me puse a escribir”. Eso le motivó más que acabar la tesis de su carrera de biología. Y es que el mal de la literatura nos acecha con su veneno en cualquier parte, cuando menos lo esperamos.

Hace tiempo que Niccolò Ammaniti es una referencia en la literatura de su país, y si el resto de sus libros son así, promete convertirse pronto en un clásico internacional. Este libro, Anna, es uno de esos que nos reconcilian con el hecho de ser humanos. Y creanme, esto pasa cada vez menos a menudo.