La máquina se para, de E.M. Foster

Imaginemos por un momento que en un momento del futuro pueda producirse una tormenta solar de parecidos efectos al evento Carrington, de 1859. Si en aquel momento del siglo XIX los sistemas de telégrafo se colapsaron, y la sobrecarga en el cableado eléctrico produjo graves incendios, imaginemos lo que sería en el presente. Nuestros sistemas de satélites, que posibilitan las telecomunicaciones, dejarían de funcionar. Ningún tipo de corriente llegaría a los enchufes de nuestras casas y oficinas. Privados de alimentos, de teléfonos, y de internet, la comida fresca apenas duraría dos o tres días. El agua dejaría pronto de manar por nuestros grifos, privadas las bombas que la mueven de energía. Y en las grandes ciudades en que vivimos ponerse a cultivar la tierra, o a criar gallinas, no sería una opción. Sobre todo, porque no podríamos consultar Google para saber cómo se hace.

El Sol con una pequeña tormenta solar en su lado derecho. A diferencia de ésta, la columna de fuego que produjo el efecto Carrington salió despedido cientos de kilómetros hacia el espacio. Fuente: NASA
El Sol con una pequeña tormenta solar en su lado derecho. A diferencia de ésta, la columna de fuego que produjo el efecto Carrington salió despedido cientos de kilómetros hacia el espacio. Fuente: NASA

Esta posibilidad tan poco conocida de nuestro futuro es la base argumental de “La Máquina se para”, de Edward Morgan Foster. Quien conozca al autor de “Regreso a Howard End” o “Una habitación con vistas” debe olvidar todo ese reflejo de la hipocresía social británica dominante a principios del siglo XX. Este libro no es nada de eso, y si hubiéramos de clasificarlo, admitiría la adscripción tanto al género de ciencia ficción, como al de la distopía tecnológica, a una hermosa historia de amor entre una madre y un hijo, o tal vez todo eso a la vez. Cuando una obra admite tantas clasificaciones, sin encajar en ninguna, es que hay una gran narración detrás. Y felizmente, podemos disfrutarla gracias a Ediciones El Salmón.

Una vez más tengo que hablar de esas pequeñas editoriales que han llenado el panorama de nuestro país con una calidad y un criterio llamado a educar a otra gran generación de autores futuros. La gran literatura nace de la crisis y de la posibilidad de leer, y muchas veces más de la primera que de la segunda. Mientras llegan esos tiempos, en Ediciones El Salmón desarrollan una idea de negocio que revolvería las tripas de los gurús en las escuelas de negocio. Porque usando obras libres de derechos, las venden a precios asequibles -9 euros me costó “La Máquina se para”- y reinvierten las ganancias para seguir publicando. Recomiendo severamente visitar su web para aprender de sus comentarios, catálogo, y de su revista Cul de Sac. Esta última promociona la reflexión, y eso no es algo que suceda a menudo hoy en día.

Primera edición de la novela, como narración corta, incluida en el libro de relatos "The eternal moment", 1928.
Primera edición de la novela, como narración corta, incluida en el libro de relatos “The eternal moment”, 1928.

“En aquellos tiempos, la musculatura constituía un demérito. Todos los niños eran examinados al nacer, y los que auguraban una fuerza física desproporcionada eran destruidos. Los partidarios del humanitarismo podían protestar, pero había sido una crueldad dejar vivir a un atleta; nunca sería feliz en las condiciones de vida que la Máquina le asignaba.”

Foster se muestra increíblemente lúcido, dado que la novela se publicó en 1928, para anticipar un mundo futuro que ya constituye nuestro presente. No sólo porque las ciudades modernas nos obligan a ir a gimnasios para recuperar nuestra fuerza física, sino porque en “La Máquina se para” sus humanos viven de forma aislada, comunicándose entre ellos mediante una tecnología muy parecida a internet.

“Cerca está un lugar al que puedo llegar rápidamente por mi propio pie, no uno al que puede llevarme deprisa el tren o la aeronave. Lejos está un lugar al que no puede llegar rápidamente por mi propio pie. (…) El hombre es la medida. Ésa fue la primera lección.”

Pero la novela sólo nos presenta una apariencia de ciencia ficción donde una humanidad alienada ha entregado su libertad a la tecnología. Debajo de ese ropaje late el conflicto generacional entre una madre y su hijo. Él busca desesperadamente la comprensión a su conducta en el seno materno. Pero la sociedad humana ya no proporciona semejante cosa, y de hecho ella contempla las actividades de su hijo Kuno como una alteración impúdica de las normas.

“Yo estaba desnudo, la humanidad parecía estar desnuda, y todos esos tubos y botones y maquinarias no habían venido al mundo con nosotros, ni nos acompañarán cuando salgamos de él, ni tienen tanta importancia mientras estamos aquí.”

Kuno no está conforme con aceptar el dogma de que es imposible vivir fuera del mundo subterráneo dirigido por la Máquina. Con más ánimo exploratorio que rebelde, realiza un doloroso viaje hacia la superficie. Doloroso, porque el ser humano ha perdido su capacidad muscular, y ascender la torre de ventilación para ver cómo es la Tierra le implica descubrir qué es sudar o sentir tirones. Y también porque, una vez fuera, padece el trauma de tener que respirar, y moverse sin ayuda.

Kuno, protagonista de la novela de Foster, en el capítulo que trasladó la novela a la televisión británica. Fuente: http://www.bfi.org.uk/
Kuno, protagonista de la novela de Foster, en el capítulo que trasladó la novela a la televisión británica. Fuente: http://www.bfi.org.uk/

Vashti, la madre, vive bajo tierra, como el resto de la humanidad, en un entorno perfectamente controlado. La Máquina provee de todo lo necesario para cubrir sus necesidades: calor, luz, comida, descanso. No siendo necesario trabajar, ella se dedica a dar conferencias, y a estar en permanente contacto virtual con sus amigos, mediante un sistema análogo al actual internet. Sin moverse, eso sí, de su pequeño cubículo, pues la idea de entrar en contacto físico con otras personas, o desplazarse, le resulta, simplemente, repugnante. Igualmente despreciable resulta atender la insistencia de su hijo Kuno en llamarla, y peor aún, en verla en persona.

A fuerza de insistir, Kuno logra reunirse con Vashti. Pero si esperaba comprensión o respuestas, estaba equivocado. Lo que recibe es el destierro, sinónimo de muerte, porque el Consejo, una especie de gobierno que domina la sociedad, bien aconsejado por la Máquina, dicta tal sentencia contra todo el que trata de salir a la superficie. Y todo esto a su madre le parece perfecto. Quiere permanecer ciega y sorda a lo que Kuno le cuenta, a la posibilidad de que pueda existir un mundo sin la Máquina, a que la humanidad pueda vivir sin ella, y que la Máquina no quiere que ésta lo sepa.

Vashti y Kuno hacia el final de la novela, tal como fue emitido en la televisión británica en 1966. Fuente: http://www.bfi.org.uk/
Vashti y Kuno hacia el final de la novela, tal como fue emitido en la televisión británica en 1966. Fuente: http://www.bfi.org.uk/

Incluso el final de este libro parece una anticipación de nuestro presente, y tal vez de nuestro futuro. Porque la Máquina acaba parándose, como el título indica. En realidad sufre continuas averías que van privando a los humanos de sus comodidades. Pero éstos van aceptándolo como un proceso necesario para conservar a su Máquina, ya casi convertida para ellos en un dios. Cuando el colapso tecnológico es total, la humanidad subterránea, imposibilitada de salir de los túneles, ahora sin luz, en que vive, se enfrenta a la muerte.

Foster, tal como fue pintado por Roger Fry, pintor perteneciente al Grupo de Bloombsbury.
Foster, tal como fue pintado por Roger Fry, pintor perteneciente al Grupo de Bloombsbury.

Y no seguiré, porque no quiero desvelar el final del libro, ni el destino de Vashti y Kuno, a quien, habiendo leído esta reseña, tenga ganas de leer la novela de Foster. Sólo añadiré que, como prueban los párrafos transliterados, la traducción de Ediciones El Salmón es magnífica. Conserva esa elegancia narrativa del autor, su fluidez de palabra, y la amplitud terminológica de su prosa. Así que muy atentos a su próximo lanzamiento de “La lengua vulgar” de Pier Paolo Pasolini. Porque los que creemos que los grandes retos de nuestro presente ya se produjeron en el pasado, y tal vez sea hora de consultar a nuestros muertos, a ver cómo los resolvieron ellos.