Invernáculo, de Brian Aldiss

El 19 de agosto de 2017 moría Brian W. Aldiss, y su fallecimiento tuvo una pequeña repercusión, la que merecen esas noticias de fondo que rellenan los apáticos medios de agosto. De no haber sido por el período vacacional, posiblemente ni siquiera se hubiese mencionado a este renovador de la ciencia ficción, que en los años sesenta, como tantos otros escritores, dio una vuelta al género, elevándolo a lo literario, al igual que Arthur C. Clarke, o Isaac Asimov. Tenía 92 años, y en los últimos diez había recibido importantes premios, como la Orden del Imperio Británico por su aportación a la literatura, un doctorado de la Universidad de Liverpool, y el World Fantasy Special Award de la World Fantasy Convention de Brighton, Inglaterra. Una vida larga, y una obra irregular, con altibajos, que tuvo una brillantísima trayectoria entre los años sesenta y finales de los setenta.

Las aportaciones de Aldiss al género no solo se han convertido en referentes, sino que han mutado en incorporaciones a la cultura colectiva. Fue el primero que analizó la posible relación emocional entre un ser humano y una inteligencia artificial, IA, especialmente cuando la máquina supera su carácter de objeto para ser amada. Aunque cuando publicó su relato  “Los súperjuguetes duran todo el verano”, -Super-Toys Last All Summer Long-, no se hablaba de la IA, a diferencia de hoy día, el autor anticipó el paradigma de la IA. En 2001 Steven Spielberg popularizó su narración estrenando “A.I. Inteligencia Artificial”, justo en el momento en que la posibilidad de que los ordenadores pensaran comenzaba a vislumbrarse en el horizonte de Silicon Valley.

Portada original de Hothouse, publicada en castellano como Invernáculo

De toda su obra es Invernáculo la que mejor se acercará a la sensibilidad del lector actual. Especialmente porque supera la parte científica del género para ser una novela de aventuras, viajes y fantasía desbordante. El argumento nos conduce por las tribulaciones de varios grupos de humanos en un mundo miles de años en el futuro. Nuestra raza, para entonces, ha pasado a ser una especie menor en los nichos ecológicos, y lejos de dominar el planeta, sobrevive con dificultad en base a una alta natalidad y a una rápida emancipación de sus niños, que independiza apenas convertidos en adolescentes. La raza ha reducido su tamaño a la mitad, coloreando su piel con un tono verde, a fin de camuflarse. El Sol se ha convertido en una supernova, y el cambio en la radiación de nuestra estrella ha posibilitado un clima ecuatorial, con gran humedad. La Luna ha continuado su acercamiento a la Tierra, estando próxima a su colisión en unos cuantos miles de años más. El resultado de estos cambios es una evolución de las plantas, que han pasado a desplazarse, cazar como depredadores, y desarrollar toda una serie de estrategias destinadas a proporcionarse nutrientes, en base a otras plantas, y a los mamíferos, reptiles e insectos que aún sobreviven. De ese modo encontramos vegetales que vuelan, y atacan desde el cielo, como águilas.

Edición española de Invernáculo por la editorial Minotauro

Lo maravilloso de Aldiss es que convierte este panorama apocalíptico para el ser humano en una historia clásica de zombies. Al menos tal como la entendemos hoy día, mediante la persecución de muertos vivientes sin inteligencia ni velocidad, pero que por número y bajo determinadas circunstancias son letales. Cuando invernáculo fue escrita esta referencia cultural apenas estaba desarrollada, pero él fue capaz de proporcionarnos una verdadera carnicería donde los humanos que acompañan la narración desaparecen súbitamente, atrapados por especies vegetales que ponen los pelos de punta. Lo cierto es que la primera parte parece una enciclopedia de botánica futura, con especies vegetales descritas con sus singulares nombres, cada una de las cuales intercala una tragedia. Y sin una sola línea de aburrimiento.

Para cuando la variedad de vegetales asesinos comienza a cansar, Aldiss nos ofrece un giro, en el que el grupo humano de adultos inicia su ritual de muerte -una especie de suicidio- para dejar que los niños, convertidos en adolescentes, continúen su vida en solitario. Aquí la novela comienza a ser una aventura de viajes en un planeta que conserva el frío en sus polos, o quizá en una cadena montañosa -la narración no aclara este punto-. A través de ese azar que obliga a los protagonistas a trasladarse de un lugar a otro, conocemos otras posibilidades de humanidad. Pues igual que los hombres y mujeres que son descritos constituyen una especie que ha reducido su tamaño a un tercio del actual, para disminuir sus necesidades de alimentación, y han desarrollado un pigmento verde en su piel para camuflarse, otros humanos han adoptado otras estrategias. En zonas frías, un comportamiento tribal, caníbal y un tanto salvaje. En torno a un volcán, han sido parasitados por unos árboles, que manejan su voluntad y son alimentados mediante una conexión, en forma de rama, que parece una cola. Esos hombres proporcionan pescado a la planta-árbol, que ella devuelve por la savia a la sangre en forma de nutrientes, alimentándose a su vez. Pero privándoles de voluntad propia. Existe también una mutación que proporciona alas a los hombres, transformándolos además en una especie de insectos sociales.

El autor en su despacho, rodeado por su biblioteca personal.

Transcurrida más de la mitad del libro, uno se pregunta qué más opciones puede ya proporcionarnos el argumento. Es aquí donde, desde el punto de vista científico, más flojea Invernáculo. Aunque como novela de fantasía – y no ya de ciencia ficción- permanece fiel a su carácter. Los protagonistas descubren que uno de los animales-planta teje hilos, similares a los de araña, entre la cercana Luna y la Tierra, trasladándose del satélite al planeta, y viceversa. Pero la sorpresa argumental nos la depara un hongo. Uno del tipo colmenilla, esa delicia gastronómica del otoño, cuando llueve. En Invernáculo, un hongo entra en simbiosis con el cerebro del protagonista, aumenta su inteligencia y recupera una memoria ancestral, inserta en su adn, que le permite reconocer la evolución de los homínidos. El hongo, con voz propia, se da cuenta de que entró en simbiosis con los monos hace millones de años, y gracias a eso, mediante un largo proceso, acabó originándose el homo sapiens. El problema es que este vegetal tiene un lado oscuro y soberbio, convirtiéndose en un tirano que obliga a su huésped a adoptar comportamientos que le favorezcan. El conflicto entre las dos inteligencias y voluntades hacen que Invernáculo alcance su cénit literario, y también el científico.

La teoría del gen egoísta, de Dawkins, estableció casi una década después de publicado Invernáculo, que los organismos somos máquinas de supervivencia para genes. Recientemente ha comenzado a descubrirse que parte de nuestras decisiones “cerebrales” están condicionadas por la microbiota de nuestros intestinos. Todo apunta a que la voluntad humana no se rige por el libre albedrío, y esa es la propuesta de Aldiss en Invernáculo, mediante su hongo. Mucho antes de que la propia ciencia sugiriera teorías en este sentido.

Estrenada en España como La tienda de los horrores, esta película, basada en un musical de Off-Broadway, explotaba la posibilidad de plantas devoradores de hombres. Fue estrenado en 1986, cuando la influencia cultural de Aldiss y su Invernáculo en la cultura anglosajona era ya enorme.

El final de Invernáculo, después de haberse metido en tantos jardines, vuelve a cambiar el género del libro, adentrándose sin prejuicios en la pura fantasía. Entra en escena un delfín extremadamente inteligente y con dotes de clarividencia. Y uno de los vegetales-animales que viaja entre la Tierra y la Luna acaba convertido en nave espacial. Comenzando un viaje de exploración en busca de mundos habitables, puesto que nuestro planeta acabará absorbido cuando el Sol supernova estalle. No se preocupen, que no les estoy destripando el final.

En suma, Invernáculo es una novela que no da ni un respiro, apta para amantes de la ciencia ficción, de los libros de fantasía, y de los apocalipsis, zombies o de otro tipo. Y también una de las mejores entradas al universo de Aldiss.

AVISO. Puede que no vuelvan a mirar a las hermosas flores de la misma manera después de leer Invernáculo.

Jonathan Strange y el señor Norrell

Empezaré reconociendo que no suelo acabar los libros cuya acción no comienza hasta más allá de la página 250, y éste es el caso de la primera novela de Susanna Clarke. El argumento, dilatado a lo largo de 800 páginas, podría resumirse en cinco, lo que da idea de su cadencia. Cierto que en las últimas cien la conclusión se acelera, y de hecho uno comienza a leer más deprisa, casi ansioso por descubrir, al fin, cómo serán los caminos de la magia. Porque ese es el motivo principal que mueve la obra, la práctica de la magia. El género de la fantasía en la mejor tradición de Tolkien y Rowling.

De hecho podría parecer, por la fecha de publicación, que Jonathan Strange y el señor Norrell son fruto de la influencia de Harry Potter, pero los diez años que tardó Clarke en concebirla y ponerla por escrito, hacen suponer que J.K. Rowling fue posterior, o en todo caso, que se idearon a la vez. Esto, que sería insólito en las literaturas en otros idiomas, no tiene nada de raro en el mundo anglosajón, donde los libros de fantasía son considerados tan literarios como los realistas. No ocurre así en el caso del español, y aunque quizá semejante prejuicio esté siendo abandonado en la actualidad, la primera generación de escritores que se saltaron esa regla, aunque fuera parcialmente, fueron los del Boom Lationamericano. Cien años de soledad es sin duda el ejemplo más popular del que fue llamado realismo mágico, que tardó llegar al español tanto como alcanzó el influjo de Cervantes vilipendiando, con su Quijote, las quimeras. Algo semejante a lo que hizo García Márquez hace Clarke en esta novela ucrónica. Y es que, pese a que este libro esté en los estantes del género fantástico, lo supera saliéndose de largo por sus costuras.

Ilustración de la Guerra de la Independencia, por Portia Rosenberg. Incluida en la edición original, y en la versión española de la editorial Salamandra.

El argumento transcurre en la Inglaterra del siglo XIX, concretamente en el Período Regencia, cuando el rey Jorge III perdió la cordura, quedando la corona inglesa en manos de su hijo, como regente, futuro rey Jorge IV. Es el tiempo de Lord Byron y Jean Austen, y también el de una acomodada clase alta que vive ignorante de las estrecheces del pueblo llano. De este modo, Jonathan Strange y el señor Norrell se convierte en una ucronía, regresando fielmente al pasado para redibujarlo completamente. Y ensalzar, de paso, todo lo británico. La escritora hace un retrato fidedigno de una época en que dos tendencias confluyen, y eso lo muestra en sus dos protagonistas. Tanto Norrell como Strange son caballeros, pero uno representa los modos del XVIII y el otro las nuevas corrientes novecentistas. El señor Norrell, el mayor, usa todavía peluca blanca en su atuendo, vive retirado en su casa de campo, con sus libros, y es un perfecto erudito sin vida social. Strange es un caballero londinense, joven, amante de lo urbano y de los viajes. Ambos son magos, y a iniciativa suya, la magia comenzará a servir como apoyo a las acciones del gobierno inglés. Especialmente al librar las guerras contra uno de sus principales enemigos, Napoleón Bonaparte.

Clarke es de esas británicas que adora lo inglés por encima de todo, y que guarda una excelente opinión sobre los usos y costumbres de su país. Todo ello aporta a la novela un sabor tan británico como el del té. Pero no debemos interpretarlo como un defecto, ni mucho menos, sino más bien como un sabor que impregna las páginas, tanto como la vida rusa lo hace en Dovstoiesky, Tolstoy o Chéjov. A diferencia de las obras de aquellos, éste es un libro de argumento fantástico, y a ello se sacrifica la profundidad de los personajes, por lo que no podemos compararlo a las grandes novelas de la literatura universal, aunque sí equipararlo a los grandes libros de la literatura fantástica. La forma de narrar, y el tempo, son tan admirables, que incluso en la traducción que he manejado los hechos se concatenan de forma fluida y elegante, siendo un verdadero placer seguir su lectura. El trabajo de la traductora, Ana María De la Fuente, es excepcional, y la lengua inglesa fluye en español con una elegancia cervantina, que lo atrapa a uno. Lo que denota un trabajo en la estructura y sintaxis de Clarke absolutamente minucioso, y una comprensión absoluta de su lengua por parte de De la Fuente. Esta es la razón, de hecho, que me llevó a la página doscientas cincuenta, cuando ya comenzaba a declinar el planteamiento inicial, y que me ha tenido enganchado hasta su final.

Ahora bien, en Jonathan Strange y el señor Norrell no importa tanto el argumento como lo que relata, por contradictorio que esto pueda parecer. Pensar que puede existir lo imposible es uno de los mayores placeres humanos, pues de otro modo no nos hubiera acompañado, desde el inicio de nuestra existencia, los mitos de la narración. También Clarke nos otorga una posibilidad fantástica, y es que el reino fundado por el mítico Arturo, esa Inglaterra nacida de la Edad Media, con su tabla redonda y sus leyes, proceda realmente de la magia de un rey. En este caso, del Rey Cuervo, un humano raptado por los duendes de niño, y criado en los túmulos de las hadas, convertido en general de un ejército de duendes, y monarca de varias tierras, la real y la fantástica. En la novela, el Parlamento Británico acepta este hecho con total naturalidad, y admite la existencia de la magia como parte de su propia historia, incluso como una asignatura impartida en los colegios. Es más, acepta la colaboración de los magos en los asuntos de gobierno, y el propio Strange viaja a España para ayudar al duque de Wellington en su alianza con los españoles, a fin de derrotar a los franceses en la Guerra de la Independencia. Allí, Strange mueve carreteras y desplaza ciudades y bosques, sin tomarse el trabajo de devolver todo a su lugar. Fernando VII se queja después de este hecho al Parlamento, pero los ingleses poco menos que se lo toman a broma. Cabe decir que España es representada como una nación bárbara e incivilizada, lo que de hecho era en aquella época, y que el ejército de Wellington parece no contar con españoles entre sus filas, lo que no es demasiado fiel a la verdad. Se respira en todo ello, como en el resto del libro, ese pensamiento tan británico que les ha llevado al Brexit, y que bebe de la gloria pasada. Pero una vez más he de decir que sirve estupendamente a los propósitos del libro.

El mago Strange saliendo por un espejo después de descubrir los pasadizos que los unen. Ilustración de Portia Rosenberg.

La novela permite viajar a las guerras napoleónicas, al Londres de la alta sociedad, a Portugal y a España, y a Venecia, recreando algo que entre la clase alta británica del XIX se llamó el Grand Tour. Un viaje previo a casarse, que debía hacer todo caballero por Europa para acabar su formación, convirtiéndose en hombre de mundo. Lord Byron se lo tomó muy al pie de la letra, siendo uno de los primeros en viajar en algo parecido a una autocaravana actual, aunque en su caso no regresó nunca a su tierra natal. Tanto le gustó la libertad que encontró fuera de ella. Además de esto, el libro de Clarke tiene los ingredientes propios de los cuentos de hadas, mucha magia que permite lo imposible pero está sometida a reglas, grandes magos del tipo clásico, como el Merlín de Arturo, hechizos, duendes y personajes malvados de tipo élfico. En su final, sublime, una torre de oscuridad se eleva sobre uno de los barrios de Venecia, los árboles y bosques cobran vida, y los mundos mágicos y el real se confunden por un momento. Y todo ello, en una recreación histórica tan fiel, que uno podría estar leyendo una novela realista, escrita hace más de un siglo, dando así veracidad a la presencia de lo mágico.

Por si no fueran poco sus ochocientas páginas, hay además un permanente juego metaliterario, con abundante notas a pie de página. Otros cien folios con eruditas a una biblioteca de magia inventada, con títulos de volúmenes, editorial y año de publicación, así como abundantes leyendas y tradiciones mágicas. El libro, en fin, da para tres, y es capaz de seducirnos con su lectura desde la primera página a la última. En mi opinión personal, las evocadoras ilustraciones de Portia Rosenberg lo estropean algo, porque ponen cara a sus protagonistas, y ese debe ser un sagrado derecho reservado al lector. Pero esto sin duda son manías personales mías, y habrá quien las encuentre muy pertinentes. Por respeto a ambas autoras, he decidido incluirlas como parte de la ilustración de este artículo, tomándolas de la web de la autora.