Manifiesto Redneck

Ya me dirán ustedes si un escritor con esa pinta -y calvo hasta la coronilla, además,- escribiría un libro convencional.

¿Por qué hay que leer el Manifiesto Redneck? Creo que si su autor pudiera responder esta pregunta a un lector le diría ¡para que sepas de qué va esto, joder! Sin el taco final, pues una de las grandes capacidades de Goad es escribir pareciendo que está más cabreado que un mono -y posiblemente lo está- sin usar una sola palabrota. Ni siquiera en sus momentos de mayor indignación.

Esto no es una novela, ni un ensayo. Esto es un manual de instrucciones para comprender la sociedad americana. O al menos a esa parte de ella gracias a la cual Trump es presidente ahora. Eso que en España llamaríamos, más o menos, sur profundo.

Nosotros, paletos hispanoeuropeos, tenemos una rara idea del sur estadounidense, forjado en base a malas películas, eructos de whisky y una música entre rock, rockabilly y country. Lo cierto es que es un área geográfica, la de la antigua Confederación, donde viven los rednecks, hillbillies y crackers, tres sinónimos traducibles por la palabra paleto. Si lo pensamos, de la sociedad española desapareció ese tipo bestial de boina atornillada, hablar raro y más bruto que mandado hacer de encargo. Un motivo de risa en la Puerta del Sol de Madrid, cuando bajaba del autobús con su maleta de cartón y su faja en la cintura. Un icono del cine de los sesenta y setenta ligada irremediablemente a Paco Martínez Soria. Pues bien, de un icono como ese, pero estadounidense, es de lo que habla este libro. Solo que al pasar por la cultura anglosajona, el redneck adquiere unas escalofriantes características que incluyen la endogamia, la pederastia, el amor inmoderado por las armas, y la atrofia mental.

Al menos esa es la visión del prejuicio asentado entre los norteamericanos Made in Usa. Jim Goad nos los presenta de manera mucho más lúcida:

“La auténtica basura (blanca) se estaba preocupando de no dar ese paso en falso que les convierta en indigentes. La auténtica basura estaba viviendo de atún, fideos ramen y macarrones con queso, y muriendo en plena juventud por no poder permitirse todos esos médicos. La auténtica basura estaba forcejeando con la rabia tóxica y agobiante de que nunca iba a mejorar. La auténtica basura no disponía de tiempo para el ingenio, la creatividad ni la elegancia. La auténtica basura tenía dos trabajos y aún así no llegaba.”

Bajo la apariencia de un lenguaje desenfadado, Goad nos conduce por la historia y por el análisis de la sociedad para que entendamos porqué existe una clase trabajadora de raza blanca, y extremadamente pobre, en Estados Unidos. Especialmente interesante resulta el tema de los siervos, esclavos blancos en la práctica, que eran enviados desde Inglaterra a su colonia americana. Su pecado era ser pobres, y el modo de atraparlos y embarcarlos hacia el otro lado del mar no difiere demasiado de lo que se haría más tarde con los negros africanos. Para saber más sobre este aspecto de la historia resulta fantástica “La otra historia de los Estados Unidos”, de Howard Zinn. Pero Zinn es profesor universitario, y Goad tiene más bien un perfil de gamberro de barrio. Un macarra, eso sí, que es capaz de analizar a la perfección la realidad que le rodea.

La edición en español de Dirty Works, con una elegante traducción y notas muy eruditas sobre la sociedad norteamericana. Una joyita, vamos

Precisamente uno de los descubrimientos que hará el lector al leer el volumen es cómo, tras la independencia de EEUU, los terratenientes ricos que conquistaban nuevas tierras no tenían ya esclavos blancos enviados desde Inglaterra. La demanda de esclavos negros subió espectacularmente, y sustituyeron a los blancos. Pero no por ello los descendientes de europeos traídos a la fuerza a la colonia-prisión mejoraron sus condiciones de vida. Y así siguen hasta el día de hoy.

“Es probable que la esclavitud sea abolida por el poder de la guerra, y el cautiverio de esclavos. Tanto yo como mis amigos banqueros de Europa estamos a favor de esto, porque la esclavitud no es más que la propiedad de la mano de obra, lo que conlleva el cuidado de los trabajadores, mientras que el plan de Europa, dirigido por Inglaterra, es que el capital ha de ser quien controle la mano de obra con el control de los salarios…”

Goad toma estas palabras del libro Capitalism Unmasked, capitalismo desenmascarado, de Cook. Reflejan muy bien la tesis que nos propone el Manifiesto, la de que una clase rica, capaz de dominar la política, ha ido aprovechando su posición para disponer de nuevos esclavos blancos. Cierto que son personas con derechos civiles y libertades públicas, pero a la vez desposeídas de la posibilidad de vivir con dignidad en la pobreza. El autor cita el ejemplo de cómo su padre, única fuente de ingresos de su familia, pudo mantener a su mujer y sus cuatro hijos. Mientras que Jim Goad y su mujer, ambos universitarios, no llegan a fin de mes con sus dos extenuantes trabajos. Esta es una realidad universal fraguada desde los años noventa, aunque se haya hecho más visible a raíz de la crisis de 2008. Ya no se habla exclusivamente de ella en el mundo anglosajón, sino en todo el planeta. Focalizándose en los millenials, esa generación nacida a partir de 1980, y que tienen en el horizonte la imposibilidad de tener casa en propiedad, trabajo fijo, y posiblemente hijos. Claro que no son los únicos.

“Las entidades bancarias son más peligrosas que los ejércitos listos para el combate (…) El poder de la emisión (del dinero) hay que arrebatárselo a los bancos y devolvérselo al gobierno y al pueblo, a quienes pertenece. Si el pueblo americano permite un día que los bancos privados controlen su moneda, los bancos y todas las entidades que florecerán a su alrededor, privarán a los ciudadanos de toda posesión, hasta que un día sus hijos se despertarán sin casa y sin techo sobre la tierra que sus padres conquistaron.”

Esta frase no es de un economista actual de ideología izquierdista, sino de Thomas Jefferson, principal firmante de la Declaración de Independiencia de Estados Unidos y tercer presidente de ese país. Goad la toma como ejemplo, junto a muchas otras, para explicar un fenómeno que ya hemos vivido, que está a nuestro alrededor, y que explica la imposibilidad de ascenso para la clase de los rednecks, es decir los pobres blancos estadounidenses. Lo mismo les ocurre a los negros, a los millenials, y a los de cualquier otra raza. Y no solo en EEUU, ahora también en Europa. Que se sepa. El Manifiesto lo explica de manera tan clara que ni siquiera hace falta saber qué es una cuenta bancaria para comprender qué llevó a la crisis de 1929, como se replicó en 2008, y cómo todo el sistema financiero actual se sustenta en una gran mentira. Que estallará si sus actores dejan de creer en ella. Todo ello hace que la lectura del libro se convierta en una gigantesca metáfora sobre nuestra época, que se puede aplicar lo mismo a España que a casi cualquier otro punto capitalista del planeta.

Para finalizar el Manifiesto, y profundizando en el aspecto sociológico de todo el asunto, Goad nos explica que la demonización de los rednecks en la cultura, y la construcción en la mentalidad americana del paleto barbáro, endogámico y peligroso, ha sido muy útil para enfrentar a las clases pobres entre sí. Constituyendo una única clase, con idénticos problemas basados en las condiciones laborales, los negros odian a los rednecks, los rednecks a los negratas, los blancos de ciudad (pobres) a los rednecks, y así indefinidamente.

No puedo dejar de señalar una vez más que la traducción de Javier Lucini es magistral. Solo este editor de Dirty Works es capaz de volcar al español de forma comprensible, y con notas aclaratorias, el inglés sureño, su jerga, y sus referentes culturales. La editorial en sí continúa proporcionándonos un riquísimo aporte cultural, que hasta ahora solo estaba disponible en inglés. Eso sí. Si deciden leer éste, u otro cualquiera de sus libros, tengan a mano una botella de bourbon o whisky. Les hará falta.  Y a los de Dirty les hará felices. Si además desean recomendaciones musicales del sur profundo, sigan su facebook. Y cómpreles libros. Se lo merecen.