Fuerte abrazo a la tripulación

Esta es una felicitación de fin de año, hecha por MST para JotDown cultural Magazine Como no sabía dónde ponerla ha acabado aquí.

En esa nave de los locos llamada JotDown solo el capitán está cuerdo. Aunque posiblemente no. El director lo parece, pero detrás de esa buena gestión y capacidad analítica de informático que mantiene a flote esta revista, esconde un alma de apasionado por los calamares gigantes. Quiero decir, por esas anomalías de la naturaleza que están en los abismos y que para quien sabe mirar, salen a flote. Supongo que es así como encuentra redactores, o quizá sean ellos quienes participen de la pesca. Pese a ser uno de ellos sigo sin estar muy seguro de cómo he acabado allí. Tampoco pregunto, no vayan a darse cuenta que solo soy un polizonte en mitad de esta panda de tipos y tipas que están entre la genialidad y la barbarie.

Tengo edad suficiente como para haber crecido en una cultura de kiosco, de niño que esperaba el fin de semana para arañar un tebeo de Mortadelo o Superlópez. Que hojeaba el periódico El País y su suplemento cultural, porque tenía una parte dedicada a los niños, y por sus fotos. Suficientemente mayor también como para haber sido uno de los primeros que usó internet antes de que existieran los navegadores -qué infierno de comandos-. Y a la vez tan joven como para adaptarme a aceptar que los quioscos se fueron y que ahora la producción gorda y jugosa pasa por internet. Cuando supe que JotDown existía -y la descubrí como usuario del agregador de noticias Menéame- me quedé flipando un buen rato. De pronto tenía ante mi un suplemento cultural a la altura de aquel que recordaba de El País -el cual, antes de decaer, era la gran revista de divulgación cultural española-. Bueno, estaba el Blanco y Negro de ABC, pero demasiado a menudo era un reducto de dinosaurios. No me malinterpreten, siempre he admirado los museos. Por contraste, JotDown aparecía redactada con un estilo underground que aún no se había visto masivamente reflejado en la prensa de nuestro país. O que al menos yo solo recordaba de la cultura anglosajona. Y me enamoré. Llevo enamorado desde el 2011.

Sus artículos son largos, larguísimos. Reclaman tardes nubladas con una buena bebida, a veces caliente y a veces cargada, según. Hay cosas que pueden decirse en mil palabras y quedar bien dichas, e incluso en el breve los argumentos parecen tener más razón. Pero en el placer de extenderse es donde un redactor da la talla, manteniendo el interés hasta la última línea. Lo intentan. Lo intentamos en cada maniobra. Y cuando la cagamos nunca acabamos de entender si estábamos demasiado borrachos, o demasiado poco.

El día en que recibí un correo del gran loco, del capitán de la nave, ofreciéndome escribir allí, tuve la misma sensación que en el cochecito de la montaña rusa. La de ese instante con el vacío en el estómago por el inminente descenso, que te coge las tripas, y te las retuerce. Joder, no sé yo si lo voy a hacer bien, qué responsabilidad. En fin. No se lo dije. Empecé haciendo uno, seguí con otro a ver qué pasaba, fui salvando los papeles, y aquí me tienen todavía. Leo con voracidad algunas firmas, unas me despiertan envidia, en otras encuentro que todos tenemos días malos, mediocres. Sigo el Twitter porque las frases del subdirector son una novela por entregas, que parece transcurrir entre conciertos de rock duro, actualidad general, ansias de dulce con extra triple de azúcar, y fanatismo de gimnasio, estos dos últimos solo a veces. Sigo a la bola, mote de twiteros para @jotdownmagazine, pero a ella no puedo resumirla, así que si quieren saber lo que es bueno, síganla.

Con JotDown no han dejado de pasarme cosas buenas. Convocan anualmente un premio de divulgación científica al que decidí presentarme, cuando ya escribía para ellos, por la razón más infame que pueda imaginarse. Necesitaba el dinero. Estaba en una de esas etapas malas que frecuento, la veintidós, creo. Nunca había escrito sobre ciencia, y además soy negadísimo para las matemáticas desde niño. Tuve que renunciar a estudiarla, pero me convertí en un engendro de letras puras que continaba leyendo sobre física. Imaginaba entonces que en sus diferentes ramas acabaría encontrando la respuesta al qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos, que no me dio la filosofía. Pues oigan, tampoco. A lo único que me ayudó a aquello fue a ganar el JotDown Ciencia 2017, contra todo pronóstico, y con un artículo sobre la flora intestinal y el cine expresionista alemán, dos cosas que me gustan bastante. Me llevaron a Sevilla, me invitaron a cenar, y conocí a una parte de esos locos que pululan por cubierta. Ustedes no dirían al toparlos por la calle que tienen las cabecitas dando vueltas a mil revoluciones por minuto, pero créanme que así es. También conocí las tapas sevillanas, con divulgadores y científicos como Francis Villatoro, Carlos Briones, Clara Grima y Enrique F. Borja, autor de Cuentos Cuánticos, y madre mía. Qué gente más maja, y qué sublime todo.

No pasó mucho antes de que la necesidad volviera a acometerme, y me presentara por ello a otro premio, este de periodismo, que también gané, salvando el mes. A la entrega acudió una de las directivas de JotDown, robando un poco de su tiempo para verme. Luego volvimos a vernos en mi ciudad, la acompañé a una entrevista, comimos juntos, charlamos y hasta gestionamos la expedición de un abono transportes. Se imaginan lo que pasó. Que me enamoré de su persona. No en el sentido carnal, por favor, sino de esa forma de ser, estar y actuar que es a la vez una mezcla de talento, corazón y ganas. Hemos hablado muchas veces luego por correo o teléfono, y trabajado juntos, sin que mi impresión inicial cambiara ni un ápice. ¿Y saben a qué conclusión he llegado? Que JotDown no es como nosotros, los lectores, la percibimos por casualidad. Que como esta mujer a la que aludo, el resto de tripulantes a los que conocemos solo por sus palabras son maravillosamente parecidos a ella en cualidades. Eso les convierte en el mejor equipo que pueda desearse para una nave que navega a través de la cultura, el mar más loco de este mundo porque, como ya les dirían sus padres, a duras penas da para comer. Pero qué vida intensa proporciona. No tengo mucho que contarles al respecto si ya son habituales de la lectura de esas páginas JD, y solo pueden serlo si han tenido la paciencia de llegar hasta aquí.

Posverdad: mentira emotiva destinada a manipular los sentimientos de las personas para influir en sus decisiones. Fuera del gremio se llama seducción o publicidad. ¿Ustedes ya se han suscrito a JotDown?

Les quiero, ¿saben? A ellos, y también a ustedes, lectores como yo. Cada comentario que ponen, cada minuto que pasan pendientes de sus párrafos, dan continuidad sin saberlo a algo mágico y maravilloso. Que detrás del telón está siempre a punto de quebrarse, porque es un sueño, y los sueños del hombre perecen a la fría luz de los neones que cuelgan en los techos de los bancos.

Pero hoy no. Hoy la nave sigue, siete años después, y no irá al pairo si seguimos amando el write briefly or hurriedly, el write a short note of. O sea, el tomar notas apresuradamente sobre el mundo, el hacer jot down para contarlo.

Habrá que hacer mucha publicidad para sostenerlo, y buenos artículos, y magníficas entrevistas, y más periodismo. Y algún día diremos orgullosos, cuando el mundo comprenda qué es JotDown: nosotros estuvimos ahí, leyendo, escribiendo. Así que solo puedo desear que os dure mucho, fieras. Fuerte abrazo al capitán, a los oficiales, y a toda a la tripulación de esa maravillosa nave de los locos.