Stoner

Primera edición de Stoner. La ventana a través de la que se mira la realidad no es solo una referencia en el propio argumento, sino la descripción sobre cómo decide gastar su vida el protagonista.

¿Qué es una novela de culto? En mi opinión una buena historia que sigue reimprimiéndose a lo largo de los años, sin que los editores sepan muy bien porqué. Y a la que, por no encontrarle explicación, es llevada al cajón de sastre de las llamadas “novelas de culto”. Al parecer, Stoner es una de ellas. Y es necesario hacer este tipo de aclaraciones antes de reseñarla, porque este libro está lejos de ser una historia que puede gustar a unos pocos, característica propia de este subgénero, si es que lo es.

A John Edward Williams, su autor, la universidad de Arkansas en la que trabajó no lo presenta como uno de sus profesores, sino con dos sencillas palabras, novelista y poeta. Nada más cierto, como evidencia Stoner, aunque fuera también profesor universitario de inglés y hombre convencido de que la labor del novelista era, fundamentalmente, una descripción del tiempo. Ese gran enemigo de los escritores, y aliado a la vez capaz de poner las obras en su lugar, si caen en las manos adecuadas. Tal le ha ocurrido a esta obra, que fue publicada de nuevo en 2013, después de haberse agotado en 1965, para convertirse en un auténtico superventas en esta primera década del siglo XXI.

Hay una principal razón para ello, y es el modo en como el lenguaje nos conduce de la primera página a la última con una facilidad de lectura pasmosa, donde a la vez se nos va proporcionando información vital. No cabe duda de que Williams domina su idioma, como profesor del mismo, y lo hace mediante una prosa elegante y fluida. Tan buena como la traducción que ha hecho Antonio Díez Fernández para Baile del Sol en España. Es una de esas ocasiones donde, en mi opinión, y debido tanto a la pericia del traductor como al estilo del autor, no se pierde nada al verter del idioma inglés al nuestro.

El autor de Stoner consideraba que la literatura fue creada para entretener. Y que leer sin divertirse era un acto estúpido.

Ahora bien, no esperemos que Stoner nos deslumbre con un argumento fuera de lo común. Porque es difícil imaginarse que un libro pueda transcurrir tan bien por la senda de lo cotidiano y lo simple, y a la vez ser capaz de encandilarnos tanto. No es lo que sucede, sino cómo está contado, pero también es quién lo está viviendo. Stoner es un personaje que, salvo contadas ocasiones, vive sin apasionamientos. Como una apisonadora, eso sí, porque cuando toma una decisión no hace otra cosa que llevarla adelante, sin considerar si hay una opción mejor. Es, ante todo, el reflejo de los hombres nacidos antes de la Primera Guerra Mundial, que enfrentan una sociedad donde lo roles y las clases sociales están muy delimitados. Hay que adaptarse a ellos y procurar aceptar verdades tan desoladoras como que ciertas mujeres, con las que uno puede casarse, nunca disfrutarán de su sexualidad contigo. Eso, junto a la pobreza en la que nace, y su ascenso social a través del estudio, constituye una narración redonda en cuanto a lo que les ocurría a los habitantes del siglo XX. Algo que parece difuminarse en el mundo actual de contratos precarios y empobrecimiento acelerado de la clase media.

Esta narración desde los márgenes del tiempo en que Williams vivió es uno de los ejes magistrales de la novela, y merecería la pena realizar una disección de su argumento para analizarlo. Sin embargo ello privaría a los lectores de esta reseña del placer de ir descubriéndolo.

La novela ha sido ya editada en 21 países, y pronto será lanzada en China. Williams no ha vivido para ver su éxito, pero al menos su viuda recibirá el pago de los derechos. En Estados Unidos, y de ahí nace el equívoco de decir que esta es una novela de culto, que casi nadie la conoce. Ciertamente es así al otro lado del Atlántico, y ello porque su protagonista no puede ser, en su actuación, más europeo y contenido. De hecho nos parecerá a menudo que estamos en una universidad inglesa, y no en una norteamericana. Pero esta forma de ser, y de narrar, que ya ha demostrado su éxito en toda Europa, colocará a Stoner entre los clásicos andando el tiempo. Un clásico extraño, además, porque nos habla de un tiempo en que las universidades fueron templos en los que refugiarse, lejos de las guerras y los vaivenes del mercado, lugares que tenían que seguir funcionando, sin plantearse porqué. Un tiempo, en suma, pasado, y una novela que define cuáles fueron los márgenes del siglo XX, incluso para quien en el futuro nada sepa de aquella centuria. Magistral.

Una guerra no solo mata a unos cuantos miles o a unos cuantos cientos de miles de jóvenes. Mata algo en la gente que no puede recuperarse nunca. Y si alguien pasa por suficientes guerras, pronto todo lo que queda es el bruto, la criatura que nosotros -usted y yo, y otros como nosotros- han sacado del fango.

Extracto de la traducción de Baile del Sol a cargo de Antonio Díez Fernández

Las vírgenes suicidas

Descriptiva portada del artista Whitecrow4545. Devian Art, fuente 

Jeffrey Eugenides es uno de los mejores novelistas actuales de Norteamérica. Su novela debut como escritor novel, Las vírgenes suicidas, es un libro que corta literalmente el aliento. Capaz de atraparte en sus páginas y no soltarte ni un solo minuto. Pese a que desde el título ya sepas cómo terminarán sus protagonistas. Esta es una de esas raras ocasiones en que no supone ningún problema que el encabezado de la obra destripe el argumento. Es casi un favor, para que puedas disfrutar del estilo elegante y fluido de su sintaxis, una especie de sostenido narrativo que nunca decae, llevándote por las páginas cogido del cuello. A través de un pavoroso infierno familiar, y una indiferencia en el entorno social casi absoluta.

Los Lisbon, el matrimonio que ha criado a cinco hermanas, es de talante conservador, y coarta la interacción social de sus muchachas adolescentes. El padre es un hombre gris, profesor de colegio, de vida rutinaria, que se desentiende un poco del himeneo que tiene en casa. La madre una mujer estricta muy preocupada por el despertar sexual de sus hijas, y bastante religiosa. Juntos, componen una pareja incapaz de dar respuesta a los conflictos adolescentes.

Los narradores de la historia son un un grupo de jóvenes amigos de las Lisbon, que rememoran lo que ocurrió en su juventud, durante los años setenta, en el vecindario. El barrio, como un personaje más, compone el escenario de interacciones, juegos, y posibilidades de conocerse de los niños, que van al mismo colegio y juegan en los mismos parques, primero, y luego comienzan a salir juntos.  El escritor ha dicho en muchas entrevistas que es, de hecho, un retrato de Detroit, donde él ya percibía los problemas que hoy aquejan a la ciudad. Dentro de ese universo, a medias entre los literario y lo real, la casa de los Lisbon también actúa como un personaje que se transforma, exhibiendo en su exterior lo que ocurre adentro. Este matiz es especialmente importante a medida que transcurre el argumento, llegando a su cenit cuando la narración sobre lo que está sucediendo a las protagonistas podemos saberlo solo por la contemplación de la fachada y las ventanas.

“¡Cuidado! Esta ciudad está infectada de adictos al crack. Cuida tus pertenencias y reza por tu vida. Tus legisladores no van a protegerte.”  Una de las señales del Detroit actual, una ciudad abandonada y en quiebra, escenario de “Las vírgenes suicidas”

El argumento es simple, casi previsible. El matrimonio Lisbon se ve desbordado por el intento de suicidio de una de sus hijas. Su carácter les impide abordar el asunto, como si fuera algo vergonzoso, y en general optan por hacer que no ha pasado nada. Después la madre organiza una fiesta en su casa para que sus hijas se relacionen, especialmente Cecilia, la que ha intentado quitarse la vida. La celebración queda interrumpida por la joven, que decide saltar por la ventana del segundo piso, matándose. Esta tragedia desencadena una carrera con dos oponentes, resumidos en la madre Lisbon. Continuamente oscila entre dar un poco más de libertad a sus hijas, y coartarlas completamente. Dos intentos de solución al suicidio de Cecilia, aunque esté lejos de aceptar que es ella quien propicia esa solución en un ambiente familiar absolutamente sofocante. Las opiniones de su marido, si las tiene, no cuentan demasiado.

Guía para jóvenes de la ciudad de Detroit, una portada que evidencia la libertad sexual de los jóvenes en la década de 1970, tan opuesta a la casa Lisbon. Fuente.

En aquellos momentos en que las Lisbon logran relacionarse con chicos, éstos las descubren como unas jóvenes atractivas y divertidas. Especialmente en la fiesta para que la propia madre les confecciona vestidos, permitiéndolas salir, y fijando la hora de regreso en las once. Lux, la mayor, regresa mucho más tarde, sola y en taxi, después de haberse acostado con su pareja. Y eso hace que finalmente hace prevalecer la idea del encierro en la madre Lisbon. A partir de ese momento, ninguna de las hijas saldrá de la casa. Posteriormente, la junta del colegio (aquí en España, la AMPA, Asociación de Padres y Madres de Alumnos) presiona al director para que expulse al profesor Lisbon. Si no ha sabido educar a su hija para que no se suicide, menos aún puede educar a los demás. Antes que el despido se haga efectivo, el señor Lisbon renuncia. Desde ese momento, la casa se cierra y sus personajes no salen más. Lo que ocurre dentro lo intuimos por apariciones fugaces de las hermanas, y por el grupo de narradores. Los chicos que salieron con ellos en la fiesta, y que parecen los únicos interesados en saber qué pasa.

Al novelista Jeffrey Eugenides, amante de clásicos como Tolstoy, no le seduce Thomas Mann. Fuente

La forma de reflejar la sociedad occidental de Eugenides es tan fiel, que uno piensa casi de forma inmediata en un libro basado en una historia real. Personalmente busqué en internet esperando encontrar un caso como el de “A sangre fría”, de Truman Capote. Pero no es así, y ahí es donde reside otra de las genialidades del libro. El autor no da explicaciones, jamás nos proporciona ni un solo monólogo de los Lisbon, ni conversaciones entre ellos que revelen su carácter -salvo alguna pincelada imprecisa del padre, y de Lux-. En realidad las protagonistas están completamente desvinculadas de los narradores, forzados a descubrir el argumento muchos años después. De hecho, uno de ellos toma voz hacia el final del libro para hacer mención de su barriguita y su calva, haciendo hincapié en que rememora una adolescencia muy lejana.

Pero lo que hace del libro una obra magistral es la madre Lisbon. The Big Bad Mum. Este personaje resume a la vez el estilo de la narración, y nos da la clave del título. Aparece en contadas ocasiones, la mayor parte de las veces indirectamente, siempre desencadenando la tragedia. No puede decirse que actúe por maldad, y de cara al exterior no parece más que una madre demasiado estricta. Es como esos vecinos simpáticos que un día, frente a nuestra misma puerta, han matado a su mujer después de una vida de maltrato. Nunca lo hubiéramos dicho. Porque no nos preocupamos de saberlo, y porque los signos hacia el exterior no eran lo suficientemente evidentes.

N.B. Existe una película basada en el libro y dirigida por Sofía Coppola, pero no la he visto, y es más, no pienso verla. Nunca lo hago cuando un volumen me ha fascinado tanto como éste, porque estoy en comunión con el autor, y cualquier narración que se construya sobre ésta ya no será lo mismo.

El último Vostiaco

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El último Vostiaco, Diego Marani, Editorial Gadir

Qué es una lengua cuando desaparece. No desde luego la anecdótica forma de comunicación de un grupo humano, sin el cual la humanidad puede sostenerse y sobrevivir. Si así fuera no tendría importancia alguna, a diferencia de si mañana hubiéramos olvidado para siempre cómo se fabrican las penicilinas. Perder un idioma no nos pone en peligro, y sin embargo reduce a nada la interpretación de la vida que un grupo de personas ha desarrollado en un lugar de nuestro planeta.

Es por ello que El último vostiaco, de Diego Marani, uno de los más hermosos libros que he leído jamás, no habla de una lengua rara del norte de Europa, sino de la incapacidad de ciertos seres humanos para comprender el mundo del otro. Nosotros los occidentales hemos desarrollado una sociedad como única verdad, con sus lenguajes oficiales, que debe imponerse -a nuestro juicio- sobre el pobre indígena del Amazonas que jamás ha oído hablar de la medicina, la ciencia o la ropa.

Marani parece haberse inspirado para crear su vostiaco en los pueblos nómadas que aún pueblan Siberia
Marani parece haberse inspirado para crear su vostiaco en los pueblos nómadas que aún pueblan Siberia

Su argumento es de esos que se relegaría al apartado de lo raro, porque nos sumerge en un mundo académico de lingüistas, y no se me ocurre disciplina científica más alejada del vivir cotidiano. Efectivamente, lo que nos presenta Marani es un entorno intelectual plegado hacia sí mismo e hinchado por el ego del conocimiento. Pero magistralmente le opone la corriente de pensamiento de un vostiaco animista. Es decir, de un hombre de tribu, un ser puro que interpreta el mundo conforme a las creencias de su cultura. Y que, como una lección de vida, no se detiene en su viaje, porque interpreta lo mismo la naturaleza y la ciudad como un entorno que hay que traspasar valiéndose de su conocimiento. No importa si lo que le acechan son osos y frío dispuestos a devorarle, o coches y policías incapaces de entenderle.

“- Una lengua que muere es como un hombre que muere. Por desagradable que sea, es un hecho biológico: otras nacen, otras morirán. Como los hombres, las palabras también deben adaptarse para sobrevivir. Las que se gastan, las que se alejan de su significado, están condenadas a desaparecer -.”

El vostiaco vive refugiado en los bosques, después de haber estado años encerrado en una mina soviética, obligado a realizar trabajos forzados. Cuando regresa a su tierra natal, su tribu no está ya allí, y no es capaz de encontrarla. Una lingüista rusa le descubre por azar, percatándose que es el último portador de una lengua desaparecida. Su estructura demuestra una teoría llamada “esquimaloaleutiana”, según la cual en el espacio geográfico que va desde el Báltico a las grandes llanuras de Norteamérica se hablaban lenguas pertenecientes a un mismo tronco. Esta teoría no es parte del argumento de Marani, sino que existe de verdad entre los lingüistas, con defensores y detractores.

“Cuando Ivan se hizo hombre, nadie en la mina sabía quién era aquel indígena nervudo y de baja estatura, de cara aplastada y pómulos salientes como un tártaro. Quien conocía su historia hacía tiempo que había muerto. Los demás tenían miedo de aquel silencio inexplicable que se asemejaba a la locura.”

 

El escritor Diego Marani
El escritor Diego Marani

El problema es que en la novela la existencia del vostiaco es una contrariedad para un famoso profesor y lingüista de Helsinki. Él defiende una teoría, llamada “panugrofinesa”, sobre la superioridad de la cultura finlandesa, origen de los europeos y por tanto los hablantes más antiguos del continente. Los extremos a que va a llegar para defender su tesis, sobre la que ha construido su vida, incluso cuando constata que los hechos la desmienten, lleva el argumento hacia la novela negra. Aunque sólo es un matiz, porque el vostiaco y su corriente interior de conciencia, siempre presente, mantienen el tono poético de la narración. Eso, y el increíble viaje que realiza.

Marani nos depara aún un último descubrimiento cuando finalmente enfrenta a su vostiaco con la sociedad. La música, que ha estado siempre presente en la narración, y que es el lenguaje que él usa para comunicarse con su desaparecida tribu, y con el mundo que le rodea, termina por acercarlo a occidente. En una sala de conciertos, los músicos le llevan al escenario, porque ha respondido al canto de las guitarras eléctricas y los saxos tocando su tambor de piel de animal. Y todos contemplan, admirados, a alguien que no parece pertenecer a su mundo, que no habla su lenguaje, ni lo comprende. Pero que es capaz de comunicarse con la humanidad a través del lenguaje más universal de todos.

“…Iván se puso en pie de un salto. ¡Aquélla era su música! ¡Era el ritmo que los cazadores del Taimir seguían en sus tambores para hacer salir a los osos! … Tiró al suelo el saco, se llevó al pecho el tambor, y él también empezó a tocar la canción del oso enloquecido. … Los músicos abandonaron las partituras y ajustaron sus instrumentos al ritmo endiablado del tambor de Iván, mientras la gente batía palmas entusiasmada creyendo que aquel individuo desgreñado y vestido de pieles fuera otro artista del grupo folclórico estonio Neli Sardelli que aquella noche se exibía con un repertorio único.”

El vostiaco, cuando por fin habla, canta. Y su canto se contagia. Incluso los animales levantan la cabeza en el bosque y los peces se ponen a seguir al barco del que sale esa música.

“Cantaban a voz en grito, sin entender ni una palabra los turistas finlandeses borrachos levantando sus jarras de cerveza … Ninguno de ellos sabía que lo que estaban cantando era el antiguo vostiaco … ni que a miles de kilómetros de distancia … los indios algonquinos de las reservas pronunciaban de la misma manera…”

 

Cuadro "Campesino quemando maleza", de Van Gogh, elegido por la editorial Gadir para ilustrar la portada de la edición española
Cuadro “Campesino quemando maleza”, de Van Gogh, elegido por la editorial Gadir para ilustrar la portada de la edición española

Admiro a Marani, y no únicamente como escritor. Hace años que me declaré adepto de su defensa elegante y universal de la lengua. Porque él insiste en que ningún lenguaje debe conservarse puro, sin mezclarse con el vecino. Pueden decírselo al español, que ha tomado palabras y estructuras del árabe, el francés, el inglés, el incaico y el azteca, y de un sinnúmero de lenguas. Marani parece hablarnos a nosotros, los hispanohablantes, cuando afirma que la pureza lingüística es una invención ideológica de los estados. Aunque, naturalmente, extrapola sus tesis a todo lo humano. Y afirma además que hay que aceptar que algunas lenguas mueren, y que no se las puede proteger “ni con leyes ni con tanques, sino alimentando la cultura y manteniendo viva la sociedad que habla esa lengua”.

Pero quizá la mejor lección de este escritor, fuera de sus libros, sea su opinión sobre el inglés. Lo denomina un medio de comunicación formidable, pues no sólo nos pone en contacto con gran parte del planeta, sino que facilita un lenguaje para el entendimiento universal de todos los seres humanos. “Y lejos de renunciar a su fuerza, cada lengua local debe aprenderlo y domarlo con una actitud activa, no sufriéndolo.”

El Hambre como personaje

La personificación del hambre como necesidad vital en la novela homónima de Knut Hamsun

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Grabado de la artista Käthe Kollowitz

Siempre me interesó el significado secundario de la palabra hambre, en cuanto carencia de lo material que impide la subsistencia. Más éste, que el habitual de estómago vacío, aunque uno y otro vayan asociados. En ese sentido, la novela “Hambre” de Knut Hamsun, es la personificación del ciudadano que vaga por un entorno geográfico sin encontrar salida a sus necesidades materiales. Algo que tiene mucho más que ver con su situación personal que con el mundo que el rodea.

Y esta es la segunda cosa que me fascina de Hambre. El acierto de Knut Hamsun es haber discernido cómo sicológicamente el personaje protagonista no atiende al mundo exterior. No tiene interés para él que haya sido la política, las condiciones de vida, su formación o su suerte, lo que le ha conducido a la necesidad. Porque esta es tan acuciante que sólo le permite sobrevivir, no pensar en circunstancias. En ese sentido, un libro en que el que “no pasa nada” te mantiene de forma permanente agarrado por el cuello. Y ni siquiera te suelta al final.

Nadie diría que esta novela fue escrita en 1890, porque leída hoy, a diferencia de otras de esa fecha, parece rotundamente moderna. Su protagonista, Widel-Jarlsberg, narra en primera persona sus vicisitudes, con altibajos de humor, determinaciones ridículas, y accesos de decisión absurdas. Si fuéramos honestos con de nosotros mismos, reconoceríamos que esto es lo que nos sucede en nuestra vida diaria.

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Madre e hijo, de Käthe Kollowitz

El gran acierto, la genialidad de Knut Hamsum, es desvelar que los seres humanos no nos guiamos por la razón sino por los sentimientos. Y eso ocurre tanto para los más prósperos como para los más desfavorecidos. Muchos críticos consideran que el protagonista de Hambre tiene problemas sicológicos, pero yo más bien creo que el escritor acierta al reflejar las oscilaciones de carácter a que pueden dar lugar la extrema necesidad. En su alucinado recorrido por la ciudad en que reside, Widel-Jarlsberg lo mismo entrega ropa y comida a los pobres -aunque él mismo la necesita-, que está a punto de devorar el lápiz con el que escribe.

Hambre es, además, una novela de ambiente profundamente opresivo. El protagonista entra y sale del cuartucho en el que vive, pero la ciudad fuera de él parece circunscribirse a espacios muy concretos. Como si no pudiera caminar o desplazarse, sino más bien hacer traslados de su cuerpo de celda en celda. Este ambiente cerrado se hace mayor porque no hay ni una sola reflexión sobre que las circunstancias políticas, sociales, de cuna o educación hayan influido en su suerte. Aparece alguna vaga referencia, pero siempre es secundaria frente a la necesidad de comer.

 

(…) Todos los días trabajaba mucho, dándome apenas tiempo de tomar mi alimento antes de ponerme a escribir.
Mi lecho, como mi mesilla vacilante, estaban llenos de notas y cuartillas escritas, en las que trabajaba alternativamente. Agregaba a ellas las nuevas ideas que se me ocurrían durante el día, modificaba, daba vida a los puntos muertos con una palabra escogida de aquí o de allá, avanzaba con gran trabajo de frase en frase, a costa de grandes esfuerzos. (…)

El escritor debe describir “el susurro de la sangre, y el deseo que nace de la médula ósea”. Son palabras de Hamsum, cuya obra ha sido reconocida como la que inaugura la literatura sicológica, especialmente con el flujo de conciencia y el monólogo interior. Autores como Thomas Mann, Franz Kafka, Henry Miller, o Herman Hesse reconocieron la influencia ejercida en su obra por Hamsum.

 

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Francisco de Goya, Serie “Desastres de la guerra

Pero Hamsum sigue siendo también ese autor que pasa de mano en mano en susurros. Decidido y firme defensor del nazismo, elogiado por Goebbels, y autor de un elogio de Hitler a su muerte en que le describe como “guerrero de la humanidad y firme defensor del deseo de justicia de todas las naciones”. Él era noruego, y si no añadió “arias” después de naciones fue porque lo daba por hecho. Su país natal ha hecho un enorme esfuerzo por separar al nazi del escritor, pues oscilan entre el orgullo de tener a un genio de las letras y a un auténtico criminal ideológico reunidos en uno. El lector puede estar tranquilo. En Hambre no hay una sola referencia a las ideas del nacionalsocialismo, ni tampoco a sus fuentes. Tampoco son detectables, en mi opinión, en el resto de su obra. Pero aunque así fuera, dejar de leerla sería perderse una narración maestra.

 

Trabajo sucio, de Larry Brown

Una novela para estar en los altares de cualquier biblioteca
Una novela para estar en los altares de cualquier biblioteca

Me acerco por primera vez a las páginas de Larry Brown en español casi con miedo de ver qué encontraré en mi idioma. Su inglés sureño, del sur de los Estados Unidos, hace en el idioma original algunos de los pasajes incomprensibles. Y no es que dude de la traducción, sino de que el lenguaje pierda fuerza al volcarse al español. Al principio, la verdad, quedo un poco defraudado por la prosa facilona, y un lenguaje aséptico, carente de jerga, y que no parece reflejar el nivel cultural de los protagonistas. Pero se me pasa enseguida. Y, la verdad, acabo preguntándome porqué “Trabajo sucio” no tiene tanta fama como “Johnny cogió su fusil”, de Dalton Trumbo.

El equipo de DW. Fuente www.dirtyworks.com
El equipo de DW. Fuente http://www.dirtyworks.com

Los lectores españoles están teniendo la enorme suerte de que en su país surjan sellos editoriales independientes, dirigidos por grandes lectores. Dirty Works (DW) es uno de ellos, y además la editorial responsable de haber publicado, y traducido, “Trabajo sucio”. La editorial no sería lo mismo sin Javier Lucini, Nacho Reig, Rosa van Wyk e Iban Sainz Jaio. La entrevista en Jot Down habla por sí misma de estos amantes del sur estadounidense, que además cuidan exquisitamente la edición. Merece la pena leerla de cabo a rabo, y descubrir que Lucini es, en sí mismo, un personaje, un escritor, y un rockero. Y si eso ya es fascinante de por sí, el catálogo de DW es como para tenerlo, completo, en la mesilla de noche.

Pero hablemos de “Trabajo sucio”, y de Larry Brown. Para hacerse una idea de lo poco conocido que es, carece de una entrada en la wikipedia en español. Con todos sus defectos, la enciclopedia online es un recurso fácil cuando no sabes quién es alguien, y te sitúa para buscar más información. Gracias al vídeo de una corta entrevista, en inglés, volcada por Lucini en su twitter, descubro a un escritor amante de reflejar a personajes rotos. Lo primero que viene a la cabeza, entonces, es una larga lista de escritores que con una prosa descarnada y una cierta afición a la bohemia, nos descubrieron que en literatura se puede también hablar con estilo de las cosas sucias de la vida. Desesperación, pobreza, drogas, sexo, alcohol, prostitución, como un fin en si mismo, inaugurado en mi opinión por “Las flores del mal”, de Baudelaire. Hablo de una larga lista, que va desde Céline a Buckowsky, y, naturalmente, William Burroughs. Pues bien, Larry Brown no es nada de eso, porque lo supera de largo.

Ilustración para la portada de "Trabajo sucio", de Iban Sainz Jaio.
Ilustración para la portada de “Trabajo sucio”, de Iban Sainz Jaio.

Brown fue un tipo sin formación, que hubo de ir a una academia de verano para reforzar la asignatura de lengua. Bombero, entre otras muchas cosas, aprendió a dominar su lengua a base de escribir -mal, al principio-, y de fracasos editoriales. Tenía una vocación de caballo, y una capacidad enorme para observar a los desgraciados, contar su historia, y conmovernos. Profundamente. Sin usar un solo adjetivo. Esto es lo que hace en “Trabajo sucio”. Esto, y una narración paralela entre dos personajes, los dos protagonistas, ambos soldados, ambos en un hospital de veteranos, ambos con unas secuelas, a consecuencia de sus heridas, terribles. Y lo mejor de todo, en una novela que no es antibelicista, sino humanista.

Porque si al principio la historia transcurre lenta y simplona, y te descoloca porque dos personajes tan absolutamente reventados no rabian, ni se quejan, ni se desesperan, te va agarrando el corazón (por no decir de un sitio más feo) hasta tenerte cogido del todo. Uno podría vomitar por lo injusto que es el mundo con la juventud que es mandada a un servicio militar, y a luchar en la guerra, y luego se desentiende de lo que les haya pasado. Pero en “Trabajo sucio” piensas más en la condición del veterano, de vuelta en la vida civil, con lo material solucionado, y sin ninguna esperanza vital más allá de estar vivo.

A dónde podría conducir una historia como ésta. Lo cierto es que hasta muy avanzado el libro, Brown consigue despistarnos para que no nos demos cuenta de que se masca la desgracia. Una desgracia lenta y contenida, como todo lo demás, lo que la hace más trágica. Pero es que hay una historia paralela, corriendo ante nuestros ojos, que cierra el único rayo de esperanza que nos había abierto el libro. Brutal.

Edición norteamericana del libro, por la editorial Algonquin
Edición norteamericana del libro, por la editorial Algonquin

Entiendo que Larry Brown no sea universalmente conocido. Es un escritor de mucha altura, que posiblemente con el tiempo sobreviva a muchos otros que ahora tienen más fama. Ahora bien, nadie venderá muchos libros contando lo horrible que es el mundo. Me lo dijo una lectora una vez, y fue una gran lección. Para el que quiera aprendérsela.

Comentar, por último, que el diseño editorial de DW es una obra de arte. Lejos de preocuparse únicamente por lo estético, el tipo de papel, impresión, y encuadernación, responde a lo que quienes amamos los libros reclamamos. Calidad, belleza, y consonancia con el contenido. Eso, y el toque de una ilustración en portada que, intuyes, es un aterrador instrumento quirúrgico, obra de Iban Sainz Jaio. Claro que este ilustrador es uno de esos tipos de aquí que hacen unos dibujos como para quedarse tonto mirándolos. Con la lectura llega a saberse lo relevante que resulta. Son los toques, en fin, de unos editores de raza, que acabarán siendo conocidos por todos, y vendiendo cientos de miles de libros.

Portada de la edición DW
Portada de la edición DW

PD. y declaración de independencia: el autor de este artículo no tiene relación alguna con Dirty Works, no le han pagado por él, ni por los elogios, y su única relación con ellos es haberles comprado un par de libros.