Frankestein, el hijo de la Revolución Francesa

Representación de Frankestein en la primera edición del libro de Shelley, en 1817
Representación de Frankestein en la primera edición del libro de Shelley, en 1817

El final de la novela “Frankestein o el moderno Prometeo”, de Mary Shelley, termina con la destrucción. No sólo del monstruo en sí, sino de la idea científica en que se basan los trabajos de su creador, el doctor Victor Frankestein. Pero su comienzo es absolutamente brillante, porque el tesón y el talento de un científico obtienen un logro tan importante como devolver la vida a un muerto. Lo mismo ocurrió, según la opinión de muchos intelectuales de la época, con la Revolución Francesa. Había comenzado con unas propuestas de cambio y mejora en la sociedad brillantes, y terminó en un lamentable, e indiscriminado, baño de sangre.

Uno de los desengañados fue el padre de Mary Shelley, William Godwin, pensador y filósofo. Primero en afirmar que el estado aparentaba preocuparse por nosotros individualmente, pero que en realidad sólo vigilaba las transacciones privadas, para gravarlas con impuestos. Progresista y reaccionario a la vez, propugnaba que los medios de comunicación debían prohibirse, y que los discursos políticos perjudicaban a la sociedad, por basarse en sentimientos, y no en la razón. Sólo la educación de la gente alumbraría un mundo perfecto, y eso exigía un modelo social con mayor igualdad. Miró con simpatía los inicios de la Revolución Francesa, desengañándose cuando el Terror la transformó en un baño de sangre.

Georges Danton, promotor de la Revolución, ministro de justicia y partidario de la ejecución del rey Luis XVI, fue guillotinado durante el Terror.
Georges Danton, promotor de la Revolución, ministro de justicia y partidario de la ejecución del rey Luis XVI, fue guillotinado durante el Terror.

Su hija Mary recibió su pensamiento como influencia, y de manera especial, la preocupación de su padre a raíz de lo que estaba ocurriendo en Francia durante el “Reino del Terror”. Es precisamente en esta etapa, liderada por Robespierre, cuando miles de personas son ejecutadas en la guillotina. Diariamente las plazas se llenan de espectadores que pueden contemplar, en rápida sucesión, decenas de ajusticiamientos. El problema es que los descabezados no son sólo líderes que se opongan a Robespierre o al Terror, sino cualquiera que sea acusado por su vecino de ser contrarrevolucionario. Los juicios son populares, rápidos, y sin garantías.

Tal baño de sangre desengañó a intelectuales como Godwin de que pudiera cambiarse la sociedad mediante la revolución, y a concluir que tal método sólo podía conducir al desorden y la muerte. Además Europa identificó a partir de entonces a los jacobinos con el Terror. De entre los diferentes grupos revolucionarios, éste era defensor ideológico del sistema republicano. Fueron reprimidos por Robespierre, pero en la mentalidad de los contrarrevolucionarios europeos, claramente monárquicos, eran la personificación de todos los males. Unos monstruos no mejores que el propio Frankestein.

Pero si la génesis de la novela como intento de un científico de mejorar el mundo pudo nacer inspirada por Godwin, en realidad sus innovaciones, hoy muy presentes en el género de terror, nacieron gracias al abad Agustin de Barruel. Antiguo jesuita, fue creador de una teoría de la conspiración absolutamente popular en su época. De acuerdo a la misma, los masones y la secta de los illuminati se habían puesto de acuerdo para acabar con el cristianismo. Su vía de acción era la Revolución Francesa, y sus motivaciones, el culto al diablo y la adoración de Satanás.

A Mary Shelley, y a su marido Percy, les fascinó la obra de Barruel, publicada en 1797, con el título “Memoria para servir a la historia del Jacobinismo”. Un verdadero bestseller de su tiempo. Los detalles de la gran conspiración, inventados, basados en rumores, o de fuentes desconocidas, hablaban de reuniones secretas, de acuerdos en callejones oscuros y solitarios, y de personajes tan anónimos como siniestros. Casi parecía más una novela gótica que un ensayo. En la novela de Shelley el robo de cadáveres, el experimento de devolver la vida al monstruo, y numerosos detalles del argumento, parecen tomar como fuente al preocupado abad francés.

Supuesto símbolo de los illuminati, o de los masones, en los billetes actuales de dólar estadounidenses
Supuesto símbolo de los illuminati, o de los masones, en los billetes actuales de dólar estadounidenses. Fuente: Thinglink

Es evidente que ningún libro puede escapar totalmente a su época, y es casi una ironía del destino que Frankestein, novela por excelencia de terror, tuviera parte de su génesis en el Reino del Terror de Robespierre. El monstruo de Shelley acaba con todo lo que ama su creador, su propia obra científica, y las personas a las que quiere. La Revolución Francesa también acaba matando a sus hijos -Robespierre, como otras tantos líderes, muere a manos de revolucionarios descontentos con el Terror-; y el mismo proceso revolucionario termina en Napoleón, que se corona como más que rey, como emperador.

Para aquellos a quienes hayan acometido ganas de releer la obra, debe advertirse que en la actualidad existen tres versiones. La publicada en 1817 es la más dura y descarnada, además de poco conocida. La que se imprimó en 1818 está corregida por Percy Shelley. Y la que universalmente leemos hoy fue reescrita por Mary Shelley en 1831. Para entonces su marido había muerto ahogado. Enterrado en la playa primero, para cumplir con las leyes de la cuarentena, y desenterrado al mes, su cadáver fue quemado a la orilla del mar. El corazón no ardió, y uno de los asistentes al “funeral”, el novelista Edward Trelawney, lo rescató de las cenizas. Para entregarlo después a su esposa Mary Shelley, que lo conservó de por vida, sin separarse jamás de él. Y sin duda reescribiendo las páginas de su Frankestein en presencia de tan macabro recuerdo. Romanticismo en estado puro. O, si se prefiere, puro terror revolucionario.

El aspecto de este corazón momificado de momia es similar al que tendría el de Percy Shelley. Fuente: Revista Española de Cardiología.
El aspecto de este corazón momificado procedente de Egipto es similar al que tendría el de Percy Shelley. Fuente: Revista Española de Cardiología.

Todas las ediciones existentes de “Frankestein o el moderno Prometeo”, en español, aquí.