Anna

Las primeras páginas de Anna me llevaron a esa pereza lectora que duda entre abandonar el volumen o tolerarlo como mejor se pueda. El hecho de que sus protagonistas fueran niños me llevó a pensar que estaba ante una novela juvenil de personajes facilones y situaciones planas. No podía estar más equivocado. La genialidad de Niccolò Ammaniti consiste precisamente en sacar de esa supuesta debilidad una gran novela, presentando a los niños en un escenario apocalíptico y privados de mayores.

Anna mezcla además muchos géneros, lo cual es en mi opinión un signo de la buena literatura de nuestro tiempo. El Boom Latinoamericano y su realismo mágico dieron el gran paso introduciendo en los llamados libros serios ciertas concesiones a la fantasía. Unido a la gran influencia que los libros anglosajones -cuyos autores tienen menos prejuicios en ese sentido- han imprimido en los autores europeos, está propiciando un regreso a los orígenes de la novela moderna. Que necesariamente debemos situar en el Renacimiento italiano, a través de dos autores fundamentales, Dante y Bocaccio. La influencia de los cuentos de aquel país fue inmensa en Europa, especialmente porque las guerras propiciaron el contacto con la forma de relatar italiana, ejerciendo enormes influencias en autores como Cervantes, Shakespeare y Rabelais. En los tres encontramos el mundo mágico, aunque el español lo disfrace de locura quijotesca. Recuperando este origen literario que ponía su foco en entretener al lector, la moderna literatura nos ofrece, gracias a esa libertas, joyas como Anna.

Edición en español de Annagrama, 2016. La ilustración de portada es de Raid71, seudónimo del ilustrador Chris Thornley, cuyo trabajo en las portadas de diferentes libros es absolutamente evocador. Él hace algo poco común, y es aportarnos el sentimiento que transmite la obra, en lugar de conceptualizar su argumento. Merece la pena visitar su web para conocer su trabajo.

El libro nos conduce a un escenario en el que una epidemia mortal, de un virus contra el que no hay cura, acaba con todos los adultos del planeta. O al menos con los de la isla de Sicilia en donde transcurre la acción. Los niños sobreviven, pero solo hasta la adolescencia, dado que las hormonas en su sangre permiten que también padezcan la enfermedad y mueran. Anna y su hermano Astor son unos de esos supervivientes infantiles, a los que su madre ha dejado un cuaderno con explicaciones sencillas para sobrevivir.

Ammaniti, el autor, contesta a nuestra pregunta de cómo se comportarían los niños en una situación desesperada de forma magistral. Revela cómo los pequeños son manipulados por los más mayores, y se dejan llevar inocentemente. Pero más importante aún, nos enseña que aquellos más cercanos a la adolescencia no han desarrollado el nivel de maldad de un adulto, que seguramente abusara de ellos para sostenerse. No son ángeles, desde luego, y su organización tribal ha renunciado a la piedad o a la justicia, solo que no pueden llegar a la crueldad ni al crimen gratuito. Simplemente porque no tienen el resabio de la edad adulta.

Hay además en Anna un maravilloso componente poético. El ser humano está condenado a morir, como cualquier ser vivo, pero en nuestro tiempo esta idea se aplaza o se elude. Al fin y al cabo vivimos sanos hasta edad muy avanzada. El escenario de la novela nos sitúa en otra tesitura, mucho más inmediata. Crecer significa morir. La regla en las chicas o el asomo del bozo en ellos supone que contraerán la Roja, y agonizarán sin remedio. Pero ello no quita ocasión a que la solidaridad, el amor, la ternura, vayan saliéndonos al paso. Anna, que comienza siendo muy niña y que ovulará por primera vez hacia el final, tendrá ocasión de sentir la ternura de una madre hacia su hermano pequeño, la pasión incipiente de una adolescente enamorada, y la determinación de una adulta para buscar la salvación.

El autor de Anna afirmó en una entrevista a El País que “No tenía talentos particulares, no sabía qué me reservaría el futuro. Por desesperación, para pasar el rato, me puse a escribir”. Eso le motivó más que acabar la tesis de su carrera de biología. Y es que el mal de la literatura nos acecha con su veneno en cualquier parte, cuando menos lo esperamos.

Hace tiempo que Niccolò Ammaniti es una referencia en la literatura de su país, y si el resto de sus libros son así, promete convertirse pronto en un clásico internacional. Este libro, Anna, es uno de esos que nos reconcilian con el hecho de ser humanos. Y creanme, esto pasa cada vez menos a menudo.