1.280 almas

Portada original de 1280 almas, título en inglés Pop 1280

Jim Thompson era un perro malo. Al menos así hubiera definido su época a un escritor que antes de serlo fue traficante de alcohol en la Ley Seca, vagabundo, hijo de un sheriff corrupto y medio indio. Su madre era cherokee, y antes de estos tiempos de pieles finas y ofendiditos, eso era como ser medio humana. El autor llegó tarde a todas partes, a la literatura con 39 años, y al Partido Comunista estadounidense también, aunque suficientemente pronto como para ser perseguido en la caza de brujas de McCarthy. Le pasó de todo, menos obtener un triunfo literario. Pero profundamente convencido de su valía, le advirtió a su mujer que guardara bien sus manuscritos, porque acabarían valiendo oro. Y así es. Era muy grande y se ha ido haciendo más por ese camino retorcido de los escritores malditos, a los que el tiempo acaba por dar la razón.

Dicen los críticos que 1.280 almas es su mejor novela, pero ese es un mal comienzo para acercarse a él. Lo malo de Thompson es que necesitaba dinero y escribió 12 novelas en 18 meses, que no son gran cosa porque salieron de forma apresurada y automática, destinadas a las colecciones pulp, y escritas para poder comer. Lo sublime, que en sus 29 novelas que sí merece la pena leer usó 32 maneras de contar una historia, con tramas donde nada es lo que parece, y protagonistas que representan lo peor del género humano. O sea, en términos literarios, lo verdaderamente humano.

Aquí es donde podemos darles la razón a los críticos, hay que acercarse a él desde 1.280 almas. Pero no porque sea su mejor obra, sino porque es una obra maestra en el retrato de un mediocre listo, que es lo que somos la mayoría de nosotros. Salvo excepciones, la vida se trata de sobrevivir, y el sheriff de la novela, Nick Corey, está dispuesto a todo para ello conservando su trabajo. No cree en la justicia, ni en perseguir a los malos, ni en nada parecido a la vocación de un trabajo policial. Le gusta la casa que le dan, el dinero de su sueldo, y el poder acostarse con su trío de mujeres, es decir, su esposa y sus dos amantes. En cuanto a la justicia y persecución de los delincuentes, se trata de aparentarlo para salir reelegido en cada votación, y punto. Cree además que a los ricos y poderosos no hay que perseguirlos, y a los pobres y malos solo cuando sea imprescindible. Come como un glotón, folla como un obseso y deambula de un lado a otro de ese pueblo de 1.280 almas que supuestamente regula como sheriff, sin hacer gran cosa.

Thompson era un genio de la sicología humana, a la altura -y aquí es donde los clasicistas pueden saltarme a la yugular- del Falstaff de Shakespeare-. En general sus novelas tratan de alcohólicos, perdedores, sicópatas e inadaptados. Me refiero a Shakespeare, pero también a Thompson. Este último era uno de ellos, su padre también, y tristemente no ha sido publicada en español su biografía infantil, Bad Boy, chico malo, porque ahí están las claves de su visión descarnada y lúcida sobre el mundo. Queremos creernos buenos y no lo somos, si se nos ha socializado convenientemente dejamos de ser depredadores, y poco más. Pero en el fondo los que triunfan -y en la sociedad de hoy a eso se reduce a tener trabajo, techo, comida y fornicio-, han de haber tenido un punto de picardía y maldad, y una cierta habilidad para sus relaciones sociales. Es mucho más importante ser listo que ser inteligente. Y Nick Covey, el protagonista, que parece tonto de remate, es endiabladamente listo.

Si el New York Times dice que el libro es bueno apuntándonos con una pipa, a ver quién le contradice

A 1.280 lo define su primer párrafo, donde está contado absolutamente todo, aunque el lector eso solo vaya a saberlo al final.

“Bien, señor, el caso es que debería haberme encontrado a gusto, tan a gusto como un hombre puede encontrarse. Porque allí estaba yo, el jefe de policía de Potts County y ganando al año casi dos mil dólares, sin mencionar los pellizcos que sacaba de paso. Por si fuera poco, tenía alojamiento gratis en el segundo piso del Palacio de Justicia, el sitio más bonito que un hombre pueda desear; hasta tenía cuarto de baño, de manera que no me veía en la necesidad de bañarme en un barreño ni de ir a un lugar público, como hacían casi todos los del pueblo. En lo que a mi me concernía, creo que podía afirmarse que aquello era el reino de los cielos. Para mi lo era, y parecía que podía seguir siéndolo -mientras fuera comisario de Potts County-, con tal de que me preocupara solo de mis propios asuntos y solo detuviera a alguien cuando no tuviera más remedio, y de que el detenido fuera un don nadie”.

Algunos señalados fragmentos sirven para definir qué encontraremos en estas páginas.

“Me levanté por la mañana, me afeité y me di un baño, aunque aún era lunes y ya me había bañado a conciencia el sábado anterior”.

“Compré un poco de comida en el tenderete del tren, apenas unos cuantos bocadillos, un trozo de pastel, patatas fritas, cacahuetes, dulces y una gaseosa”.

Cuando acaba de matar al único testigo de su primer asesinato y quiere aparentar que ambos se han matado entre sí:

“Yo quería que pareciera que tío John había disparado a Tom con su propia arma y que Tom le había quitado la escopeta y había disparado sobre tío John. O al revés”.

Cuando acaba de hacer que su amante mate a su mujer y a su cuñado:

“Fui a la iglesia, como siempre, y me pidieron que cantara en el coro, como había estado haciendo hasta el momento en que pareció que Sam Gaddis iba a derrotarme en las elecciones. (…) el cura me tomó de la mano, me llamó hermano, y dijo que veía que el espíritu habitaba en mi”.

Mi recomendación. No le opongan prejuicios a este western pulp ni a Thompson, y disfruten de 1280 almas. Y no hagan caso si les dicen que el sheriff es un sicópata. Tiene demasiado método para ser un simple loco.

N.B. Todas las citas corresponden a la edición de 2003 hecha por Editorial Diagonal Grup 62 traducida por Antonio Prometeo Goya. Sin finalidad comercial y con el único objetivo de la difusión cultural en este blog.

La maldición gitana, Harry Crews

Porqué leemos. En general queremos que nos cuenten historias capaces de descubrir mundos y vidas en los que no hemos participado. El libro nos alcanza una realidad que en la vida gris y cotidiana no suele abordarnos. Menos aún si quien la protagoniza es Marvin Molar, un tipo deforme y sordomudo que tiene brazos con cincuenta centímetros de circunferencia.

Pero no es la apariencia de monstruo del protagonista la que hace buena literatura en La maldición gitana. Sus páginas hablan de una realidad que su autor, Harry Crews, conoció muy bien. Vivir en un mundo del que jamás te sientes parte, y en el que tienes que sobrevivir con tus deficiencias, y sin derramar una sola lágrima. Sería mucho pedir que en estas circunstancias uno sonriera, y lo cierto es que en La maldición gitana hay poco espacio para la sonrisa. Las situaciones grotescas son innumerables, pero solo dan lugar a la burla cuando Marvin Molar enfrenta el mundo, nunca en la intimidad de quienes le rodean, su familia y su novia.

La iglesia era una de esas fortalezas baptistas, un inmenso cúmulo de granito con cerca de diez chapiteles, un bloque cuadrado, vidriera y una cartelera negra plantada en el exterior con frase bonitas y el menú semanal. La frase bonita de esta semana era: ENTRA Y TEN TU FE ALZADA, que me pareció bastante lamentable y me da que era fruto de malos hábitos de lectura, de leer a los Wallace del mundo: Wallace Irving, Irving Wallace y Wallace Wallace. Debajo del oficio del Alzamiento de la Fe ponía lo que el predicador iba a hacer el domingo, algo titulado “Una lección de amor”, y debajo la concurrencia que había asistido últimamente. Suficiente para hacer vomitar a Dios. (Extracto de la traducción de Javier Lucini, editorial Dirty Works).

Marvin Molar, el enano de brazos musculados que escribe estas palabras, nació con dos deformidades, un cráneo sobredimensionado y un par de piernas ridículas que le cuelgan inservibles. Fue abandonado en la puerta de un gimnasio, cuyo dueño le ha criado, convirtiéndole en una criatura de feria que realiza actuaciones. Sesiones de equilibrismo sobre sus potentes brazos, posibles gracias al entrenamiento de su padre adoptivo, un tipo que de joven dejaba que los coches pasaran por encima de su musculado torso.

Con qué clase de personas puede relacionarse alguien así. La respuesta es más sencilla de lo que parece: con otros monstruos como él. Dos boxeadores sonados, y un padrastro con cierto retraso mental a raíz de un accidente en una de sus actuaciones que le aplastó el cráneo. Y qué ocurre si aparece alguien más o menos normal, y se convierte en su novia. Pues que en apariencia a Marvin le ha tocado la lotería, y una diosa del sexo calienta su cama sin dar importancia a sus deformidades.

Pero la vida no esconde cuentos de hadas. No lo hace para las personas nacidas sin deformidades, así que menos aún para Marvin. Esa es la verdad detrás de La maldición gitana, y Harry Crews sabe desvelarla con maestría, frases cortas y directas, y un lenguaje acorde a quien es su protagonista. Pocos imaginarán el final destinado a quien ha sido maldecido con estas palabras: ¡ojalá encuentres un coño a tu medida!

Harry Crews cuando ya era un autor consagrado. Se afeitó a lo mohicano, y se hizo un tatuaje en el brazo porque quería seguir siendo, pese a su éxito, un outsider. El verso de su brazo de escribir dice: ¿Cómo te gusta beneficiarte de tu muchacho de ojos azules, señor Muerte? Un fragmento del poema Buffalo Bill de E.E. Cummings. Fuente: Blood, Bone and Marrow, página para la biografía de Crews escrita por Ted Geltner.

El libro atrapa desde la primera página a la última, y no te suelta. Con una economía de expresión trabajada al máximo, solo sencilla en apariencia. Crews fue universitario y profesor de inglés, así que dominaba la técnica. Pero además fue hombre alcohólico, padre que vio morir a uno de sus hijos, y niño con una infancia terrorífica. Es un buen cóctel para ser escritor, si uno es capaz de sacar su propia mierda y crear con ella historias que reflejen la condición humana. Y vaya si lo consigue.

La maestría de Crews se comprende mejor al leer “Una infancia: biografía de un lugar”. Curiosamente ambas obras parecen ir ligadas en nuestro país a la figura de Javier Lucini, que es el traductor de de las dos. Y lo más parecido que yo imagino para un ángel del infierno metido a editor. Lo cual es un síntoma de que el mundo evoluciona a mejor, aunque últimamente las sociedades estén dando síntomas de todo lo contrario.

Este tipo es responsable de traducir, y conduce una editorial: Javier Lucini.

No es ningún secreto que me he convertido en fan de la editorial Dirty Works. Pero es que empresarialmente son una delicatessen en el panorama de pequeñas editoriales procurando ganarse la vida con obras de autores consagrados pero poco conocidos aquí. El criterio de Dirty es impecable, traer la literatura sureña de los Estados Unidos, y concretamente aquella de tipos tan jodidos como William Burroughs hijo, y semejantes. La aportación cultural de tal esfuerzo es impresionante. Máxime cuando hasta las grandes editoriales parecen hoy máquinas de imprenta, que lanzan productos de fácil consumo confiando en que dos de cada diez títulos funcionen, y los otros ocho vayan al infierno.

Sucias maneras de abrir un DW. Algo se me está pegando, temo.

Les dejo una pregunta que pueden responderse como mejor les parezca. ¿Por qué en un país desmoronado como éste, con tanta gente sufriendo, no aparecen novelas como las que publica Dirty Works, escritas por españoles? Les dejo una pista: sí se están escribiendo, pero no cuadrarían en ningún catálogo de los actuales. Un hecho que, como diría Marvin Molar, haría vomitar a Dios.