La maldición gitana, Harry Crews

Porqué leemos. En general queremos que nos cuenten historias capaces de descubrir mundos y vidas en los que no hemos participado. El libro nos alcanza una realidad que en la vida gris y cotidiana no suele abordarnos. Menos aún si quien la protagoniza es Marvin Molar, un tipo deforme y sordomudo que tiene brazos con cincuenta centímetros de circunferencia.

Pero no es la apariencia de monstruo del protagonista la que hace buena literatura en La maldición gitana. Sus páginas hablan de una realidad que su autor, Harry Crews, conoció muy bien. Vivir en un mundo del que jamás te sientes parte, y en el que tienes que sobrevivir con tus deficiencias, y sin derramar una sola lágrima. Sería mucho pedir que en estas circunstancias uno sonriera, y lo cierto es que en La maldición gitana hay poco espacio para la sonrisa. Las situaciones grotescas son innumerables, pero solo dan lugar a la burla cuando Marvin Molar enfrenta el mundo, nunca en la intimidad de quienes le rodean, su familia y su novia.

La iglesia era una de esas fortalezas baptistas, un inmenso cúmulo de granito con cerca de diez chapiteles, un bloque cuadrado, vidriera y una cartelera negra plantada en el exterior con frase bonitas y el menú semanal. La frase bonita de esta semana era: ENTRA Y TEN TU FE ALZADA, que me pareció bastante lamentable y me da que era fruto de malos hábitos de lectura, de leer a los Wallace del mundo: Wallace Irving, Irving Wallace y Wallace Wallace. Debajo del oficio del Alzamiento de la Fe ponía lo que el predicador iba a hacer el domingo, algo titulado “Una lección de amor”, y debajo la concurrencia que había asistido últimamente. Suficiente para hacer vomitar a Dios. (Extracto de la traducción de Javier Lucini, editorial Dirty Works).

Marvin Molar, el enano de brazos musculados que escribe estas palabras, nació con dos deformidades, un cráneo sobredimensionado y un par de piernas ridículas que le cuelgan inservibles. Fue abandonado en la puerta de un gimnasio, cuyo dueño le ha criado, convirtiéndole en una criatura de feria que realiza actuaciones. Sesiones de equilibrismo sobre sus potentes brazos, posibles gracias al entrenamiento de su padre adoptivo, un tipo que de joven dejaba que los coches pasaran por encima de su musculado torso.

Con qué clase de personas puede relacionarse alguien así. La respuesta es más sencilla de lo que parece: con otros monstruos como él. Dos boxeadores sonados, y un padrastro con cierto retraso mental a raíz de un accidente en una de sus actuaciones que le aplastó el cráneo. Y qué ocurre si aparece alguien más o menos normal, y se convierte en su novia. Pues que en apariencia a Marvin le ha tocado la lotería, y una diosa del sexo calienta su cama sin dar importancia a sus deformidades.

Pero la vida no esconde cuentos de hadas. No lo hace para las personas nacidas sin deformidades, así que menos aún para Marvin. Esa es la verdad detrás de La maldición gitana, y Harry Crews sabe desvelarla con maestría, frases cortas y directas, y un lenguaje acorde a quien es su protagonista. Pocos imaginarán el final destinado a quien ha sido maldecido con estas palabras: ¡ojalá encuentres un coño a tu medida!

Harry Crews cuando ya era un autor consagrado. Se afeitó a lo mohicano, y se hizo un tatuaje en el brazo porque quería seguir siendo, pese a su éxito, un outsider. El verso de su brazo de escribir dice: ¿Cómo te gusta beneficiarte de tu muchacho de ojos azules, señor Muerte? Un fragmento del poema Buffalo Bill de E.E. Cummings. Fuente: Blood, Bone and Marrow, página para la biografía de Crews escrita por Ted Geltner.

El libro atrapa desde la primera página a la última, y no te suelta. Con una economía de expresión trabajada al máximo, solo sencilla en apariencia. Crews fue universitario y profesor de inglés, así que dominaba la técnica. Pero además fue hombre alcohólico, padre que vio morir a uno de sus hijos, y niño con una infancia terrorífica. Es un buen cóctel para ser escritor, si uno es capaz de sacar su propia mierda y crear con ella historias que reflejen la condición humana. Y vaya si lo consigue.

La maestría de Crews se comprende mejor al leer “Una infancia: biografía de un lugar”. Curiosamente ambas obras parecen ir ligadas en nuestro país a la figura de Javier Lucini, que es el traductor de de las dos. Y lo más parecido que yo imagino para un ángel del infierno metido a editor. Lo cual es un síntoma de que el mundo evoluciona a mejor, aunque últimamente las sociedades estén dando síntomas de todo lo contrario.

Este tipo es responsable de traducir, y conduce una editorial: Javier Lucini.

No es ningún secreto que me he convertido en fan de la editorial Dirty Works. Pero es que empresarialmente son una delicatessen en el panorama de pequeñas editoriales procurando ganarse la vida con obras de autores consagrados pero poco conocidos aquí. El criterio de Dirty es impecable, traer la literatura sureña de los Estados Unidos, y concretamente aquella de tipos tan jodidos como William Burroughs hijo, y semejantes. La aportación cultural de tal esfuerzo es impresionante. Máxime cuando hasta las grandes editoriales parecen hoy máquinas de imprenta, que lanzan productos de fácil consumo confiando en que dos de cada diez títulos funcionen, y los otros ocho vayan al infierno.

Sucias maneras de abrir un DW. Algo se me está pegando, temo.

Les dejo una pregunta que pueden responderse como mejor les parezca. ¿Por qué en un país desmoronado como éste, con tanta gente sufriendo, no aparecen novelas como las que publica Dirty Works, escritas por españoles? Les dejo una pista: sí se están escribiendo, pero no cuadrarían en ningún catálogo de los actuales. Un hecho que, como diría Marvin Molar, haría vomitar a Dios.