El necrófilo y Gabrielle Wikktop

Soy un hombre libre, y hay muy pocos de ellos hoy en día. Los hombres libres no son hombres de carrera”. Así se expresó Gabrielle Wittkop poco antes de suicidarse. Tenía 81 años, un cáncer de pulmón, y ninguna gana de vivir la agonía de una larga enfermedad. A sus lectores, cualquier otro final nos habría decepcionado. Su género era hombre, había nacido mujer, fue periodista, publicista, no pisó jamás la escuela, y además de enseñarse a sí misma nunca creyó en una de las mayores religiones de la humanidad: el Amor. La única relación duradera de su vida fue con su marido, un nazi gay y desertor del ejército de Hitler, con quien no se acostaba y cuya convivencia respondía a un contrato de conveniencia intelectual, según sus palabras. Tenía demasiado carácter para llevarse verdaderamente bien con nadie, y sobrada personalidad para que su escritura dejara indiferente. Por eso la primera novela que escribió tiene por protagonista a un necrófilo. Roba cadáveres de ambos sexos, seleccionados cuerpos que ama brevemente, justo antes de que comiencen a heder y arrojar fluidos.

Autor de El Necrófilo
De los primeros en poner morritos para hacerse el interesante

El Necrófilo es un diario intimista, que no retrata a un monstruo, sino a un hombre gris. Podría ser cualquiera de nuestros vecinos, esos que no destacan por su sonrisa ni por su vestimenta. Personas que no parecen encontrar placer en la relación social, y menos aún en compras hedonistas. Podríamos juzgarlos incapaces de disfrutar, eremitas que renunciaron a los placeres. Lo es, por necesidad, el necrófilo, que tiene una pasión desbocada, que habla con verdadera ternura de sus amores, cuerpos muertos, de los que a veces le cuesta demasiado despedirse. Tanto que en ocasiones, contraviniendo su pulcra disciplina, los mantiene demasiado tiempo en casa, y se le pudren. Si el autor, que no nos ahorra esos detalles macabros, logran que venzamos la repugnancia, es por el exquisito tratamiento del protagonista. sus motivaciones, pensamientos y acciones están narrados con exquisito detalle.

Primera edición de El Necrófilo, 1972, en Francia. El ego de la editora (Desforges) era tan enorme que ponía su nombre más grande que el del autor.

A este libro macabro lo hacen tan atractivas sus páginas como sus génesis. El autor odiaba profundamente a Règine Desforges, la editora, autora y activista contra la moralidad y la corrección política, y pionera de la libertad sexual a través de su editorial, que se atrevió a publicar El Necrófilo. Era 1972, y el mundo bastante menos pacato que en el presente. Anécdotas en su justa medida, si la autora despreciaba a Desforges, a la vez reconocía en ella su valor para hacer lo que le daba la gana. Lo que viniendo de ella era un piropazo. A la editoria tampoco le gustaba Wittkop. Paradojas de la existencia, Desforges acabó siendo miembro de honor de l’Association pour le droit de mourir dans la dignité, organización francesa que reivindica la eutanasia. Tanto el marido del autor, como el autor mismo, se suicidaron para no afrontar la agonía de sus largas enfermedades. Cáncer como dije en Wikktop, un grave caso de Parkinson en el esposo. La editora defendía la posibilidad de una muerte libremente elegida y con asistencia humanitaria por parte del estado.

Mujer, feminista, reivindicativa de la sexualidad y todo ello en los 70. Adivinen porqué ninguno de sus libros ha sido publicado en español. Me refiero a Desforges, la editora de Wikktop.

Muerte es la idea fundamental en torno a la que gira la obra de Wikktop. Pero no entendida a la manera filosófica o religiosa, sino en la observación del fallecido, quienes le rodean, y los procesos de putrefacción y liquefacción de las grasas propias de la evolución del cadáver. En ese sentido El Necrófilo es apenas un aperitivo tímido de Serenísimo asesinato, único libro que, junto al anterior, ha sido traducido y editado en España. El primero por La sonrisa vertical, y el segundo por Anagrama. Ni siquiera Latinoamérica se ha interesado por el éxito del autor en Francia y Alemania, que es donde se dio más lectura a sus obras, aunque ahora vaya quedando sepultada en el olvido.

Harold Bloom también ponía morritos. Literatura y morritos ¿imprescindible ir de la mano?

Auguro que regresará como clásico. Este autor ha atrapado esa cualidad básica de la literatura, la de asomarnos a intimidades que nunca conoceríamos en la vida real. Haciéndolas creíbles, además. El recientemente fallecido Harold Bloom no profundizó suficientemente en este aspecto. Pero él era, como le hubiera definido Wikktop, un hombre de carrera, incapaz de entregarse a la absoluta libertad intelectual. Consideraba que el canon literario estaba hecho de grandeza y no de miseria, pero su admirado Shakespeare fue sobre todo un creador de culebrones, amarillista y gore, siempre obsesionado por ser comercial. Al fin y al cabo vivía de vender entradas teatrales, y si su teatro no gustaba, no comía. A nosotros, condicionados por hombres como Bloom, nos resulta difícil comprender que en Sálvame, Jorge Javier y Belén Esteban hayan elevado el cotilleo y la murmuración elevadas a bella arte. Ahí debería buscar su humus pútrido la literatura, y no lo hace lo suficiente. Vivimos más que nunca atrapados en el protocolo de palacio. Cuando en la Edad Media los reyes y aristócratas eran indistinguibles por su comportamiento y olor de los plebeyos se inventó la etiqueta. Hombres y mujeres iguales comenzaron a distinguirse por su comportamiento, y ser llano comenzó a despreciarse. Hoy lo zafio, lo feo y lo suburbano es objeto de culto, y rara vez fenómeno masivo, Trainspottings aparte.

El autor del Necrófilo, tan exquisitamente aristocrático en su redacción y sintaxis, era demasiado libre como para constreñirse al protocolo. Sus comentarios hubieran incendiado el Twitter cada día. Bueno, más bien le hubieran cerrado la cuenta en pocas horas. De él debemos aprender, por encima de todo, que se dio el permiso más importante que debe concederse a sí mismo un autor. Escribir lo que le dé la gana. Como le dé la gana.

Pues eso: si quieren aparentar intelectualidad, morritos.

Mi discurso en la entrega del 42 Premio Enrique Ferrán

Con motivo del premio que me entregó la revista El Ciervo, publico aquí mi discurso al hilo del tema de la convocatoria, “La intimidad en riesgo”. Os recuerdo que podéis leer mi artículo premiado en el número 767 de la revista, y online aquí. Reitero mi agradecimiento a los miembros de El Ciervo, sus amigos, y a toda esa maravillosa gente que tan bien me trató en su ciudad, Barcelona. Moltes gràcies a tots. 

Asistentes y ponentes en la entrega. De izquierda a derecha, Marc Argemí, Norbert Bilbeny, Martín Sacristán, Jaume Boix y Eugenia de Andrés.

“Cuando vi la convocatoria de El Ciervo pensé que encerraba una contradicción, llamando a los participantes a ponerla en evidencia. El mismo título, “La intimidad en riesgo”, parece de broma porque la intimidad, en internet, nunca ha existido. A los usuarios nos ha parecido que sí, porque al fin y al cabo quién iba a estar interesado en espiarnos. La mayoría de nosotros no tenemos importancia o categoría como para eso. Sin embargo una cosa es el momento en que sea relevante saber de nosotros, y otra la posibilidad de hacerlo. El proceso tecnológico que resulta en comunicar ordenadores, e internet, no es más que eso, exige que la información pase por una serie de nodos dejando un rastro. Nuestro proveedor de acceso, se llame Movistar, Vodafone, Jazztel y demás, puede ver y observar todo lo que hacemos en nuestro ordenador, tablet o teléfono móvil. Cuando accedemos a una página de periódico, el dueño de ese medio puede saber qué hemos leído, dónde estamos, e incluso si se esfuerza un poco, quiénes somos.

Y ahora que el asunto empieza a preocuparnos, ya es demasiado tarde. Hemos entregado nuestras vidas a la tecnología. La gran pregunta, y eso es lo que me gustó de esta convocatoria, es si estamos inermes. ¿Podemos evitar el riesgo?

Para responder a eso os he traído una serie de noticias publicadas en los últimos dos meses.
– Los terminales Xiaomi envían la información de sus usuarios a China sin su permiso. (Fotografías, agenda de contactos, y contenido de los mensajes SMS) Esto mismo ha ocurrido con la marca OnePlus, lo que puede indicar que lo hacen más fabricantes.
– China implanta el sistema de vigilancia ligado al DNI. (Datos biométricos -reconocimiento facial-, nivel cultural, etnia, religión practicada y si dispones de pasaporte y familiares en el extranjero. La suma de esos datos te cataloga como “seguro” “normal” o “inseguro” para el régimen chino.) Os aseguro que esto no es ciencia ficción y que ya ha empezado a funcionar en el país asiático.
– El día en que las máquinas causaron una crisis en los mercados.
Este es el titular de un interesantísimo artículo de gurusblog donde explicaba que las estrategias de inversión en los mercados ya no están determinadas por humanos, sino por algoritmos. La última crisis del Dow Jones la provocaron ellos, porque se habían contagiado unos a otros una tendencia bajista, de venta, y por tanto no había habido ventas emocionales de humanos preocupados por los cambios del mercado o deseosos de recoger beneficios. Fueron las máquinas, hasta ese punto estamos ya dominados por ellas.
– El Congreso Estadounidense amplía la autoridad de la NSA
Durante los próximos seis años la agencia que vigila en internet a ciudadanos en todo el mundo tendrá las manos libres. Esto significa que cualquiera de nosotros puede ser espiado por la policía estadounidense si así lo decide de forma unilateral.
– Google y Facebook estan vigilando cada uno de tus movimientos online. Es hora de pararlos. Gabriel Weinberg, fundador de DuckDuckGo. Estas empresas distorsionan los resultados enseñándote aquello en lo que creen que clickarás, a través de Inteligencias Artificiales. Con lo cual ya ni siquiera ves internet entera, sino la que ellos quieren que veas.
Y el titular que más me gusta de todos.
– La legislación que protegerá a los Dreamers de su expulsión pagará el precio de admitir el espionaje de alta tecnología.
Dreamers, hijos de emigrantes ilegales a EEUU que llevan décadas viviendo allí. A cambio de no expulsarlos el Congreso norteamericano ha propuesto que todos los ciudadanos estadounidenses que viajen al extranjero y todos los extranjeros que viajen a aquel país tengan un registro de sus datos biométricos, y puedan ser rastreados por drones, que estarán autorizados a grabar su vehículos o las pantallas de sus móviles y ordenadores.
Esto es, ni más ni menos, el sistema de vigilancia china ligado al DNI.

Jaume Boix, director de El Ciervo, entrega el premio de 2018 a su ganador, Martín Sacristán. A su izquierda Joan Subirats, concejal de cultura del Ayuntamiento de Barcelona.

Todo esto puede pareceros ciencia ficción o una distopía futurista. Pero vuestra opinión no importa, y la mía tampoco, porque esto es el presente. Qué podemos hacer nosotros, individuos carentes del poder de las corporaciones o los gobiernos, contra ello.

A mi entender, solo hay un camino, compuesto de dos variables. La primera, aprender de tecnología para saber qué estamos usando cuando usamos un aparato. Aprender qué podemos instalar y qué no, y desde luego prestar atención a noticias como las que acabo de leeros.
La segunda, esconderse.

Aludía en el artículo con el que he ganado este premio a una comparación que es muy relevante. Cuando estamos en internet estamos en la calle, así que lo que enseñemos de nosotros mismos debe ser lo que queramos que los demás vean.

Acabaré con unas palabras de John Perry Barlow, uno de los primeros usuarios de la internet académica, y un gran activista que defendió, hasta su reciente muerte, la independencia del ciberespacio, como él lo llamaba.

La mejor manera de inventar el futuro es predecirlo. Y debemos preocuparnos por las empresas tanto como nos preocupamos por el Gobierno.

Gracias por escucharme.”

PD: El día después de la ceremonia apareció una noticia relevante que afecta a España, aunque como es habitual ha pasado muy desapercibida en el interés del público. El gobierno está estudiando asociar la información recogida en el PNR con el DNI y nuestras publicaciones en redes sociales. El PNR es un registro de nuestros datos que se almacena cuando viajamos: qué avión cogemos, en qué hotel nos alojamos, a dónde vamos. Se implantó después del 11-S y si se asocia al DNI y a nuestra actividad en redes sociales, acabaremos en un sistema no muy diferente al chino, el cual citaba en mi discurso.

A mi no me gustan los libros

Cuando una persona me dice que no le gustan los libros, siempre quedo convencido de que nadie ha tenido la paciencia de encontrar para él, o ella, el libro que le gustaría.  No es extraño, dado lo mareantes que resultan la lista de novedades editoriales anuales, las librerías y sus interminables estantes, los catálogos editoriales, las reseñas, los consejos de amigos, las recomendaciones, y el acumulado de publicación de la cultura humana universal. Eso, por no hablar de los prejuicios a que nos induce nuestra educación, y que exige que una vez superados los dieciséis no leamos libros juveniles, pero sí a Stevenson y su Isla del Tesoro, porque es un clásico, o a Melville y su Moby Dick por lo mismo. La ciencia ficción no es literatura, pero varias obras de Asimov están en esas listas chorras de “1.001 libros que hay leer antes de morir” (¿de aburrimiento?).

La mayor biblioteca dedicada a la conservación de manuscritos y libros raros, en la Universidad de Yale.
La mayor biblioteca dedicada a la conservación de manuscritos y libros raros, en la Universidad de Yale.

Este es un blog para acabar, en la medida de lo posible, con esas ideas, y con los pervertidos que determinan qué puede, y no puede, leerse. Estarán todos los géneros, sin censuras. Y todo, hecho por un escritor a quien todo lo que ha leído -varios miles de libros- aún le parece poco, que sigue descubriendo autores y lecturas cada día, y cuyo único ánimo es descubrirle a otros esos tesoros de los que es capaz el ser humano. Somos una especie capaz de las mayores atrocidades, ruindad y mezquindad, pero ciertos individuos, al ponerse a escribir, me devuelven la confianza en que merezca la pena no extinguirse. Ya veremos.