Anna

Las primeras páginas de Anna me llevaron a esa pereza lectora que duda entre abandonar el volumen o tolerarlo como mejor se pueda. El hecho de que sus protagonistas fueran niños me llevó a pensar que estaba ante una novela juvenil de personajes facilones y situaciones planas. No podía estar más equivocado. La genialidad de Niccolò Ammaniti consiste precisamente en sacar de esa supuesta debilidad una gran novela, presentando a los niños en un escenario apocalíptico y privados de mayores.

Anna mezcla además muchos géneros, lo cual es en mi opinión un signo de la buena literatura de nuestro tiempo. El Boom Latinoamericano y su realismo mágico dieron el gran paso introduciendo en los llamados libros serios ciertas concesiones a la fantasía. Unido a la gran influencia que los libros anglosajones -cuyos autores tienen menos prejuicios en ese sentido- han imprimido en los autores europeos, está propiciando un regreso a los orígenes de la novela moderna. Que necesariamente debemos situar en el Renacimiento italiano, a través de dos autores fundamentales, Dante y Bocaccio. La influencia de los cuentos de aquel país fue inmensa en Europa, especialmente porque las guerras propiciaron el contacto con la forma de relatar italiana, ejerciendo enormes influencias en autores como Cervantes, Shakespeare y Rabelais. En los tres encontramos el mundo mágico, aunque el español lo disfrace de locura quijotesca. Recuperando este origen literario que ponía su foco en entretener al lector, la moderna literatura nos ofrece, gracias a esa libertas, joyas como Anna.

Edición en español de Annagrama, 2016. La ilustración de portada es de Raid71, seudónimo del ilustrador Chris Thornley, cuyo trabajo en las portadas de diferentes libros es absolutamente evocador. Él hace algo poco común, y es aportarnos el sentimiento que transmite la obra, en lugar de conceptualizar su argumento. Merece la pena visitar su web para conocer su trabajo.

El libro nos conduce a un escenario en el que una epidemia mortal, de un virus contra el que no hay cura, acaba con todos los adultos del planeta. O al menos con los de la isla de Sicilia en donde transcurre la acción. Los niños sobreviven, pero solo hasta la adolescencia, dado que las hormonas en su sangre permiten que también padezcan la enfermedad y mueran. Anna y su hermano Astor son unos de esos supervivientes infantiles, a los que su madre ha dejado un cuaderno con explicaciones sencillas para sobrevivir.

Ammaniti, el autor, contesta a nuestra pregunta de cómo se comportarían los niños en una situación desesperada de forma magistral. Revela cómo los pequeños son manipulados por los más mayores, y se dejan llevar inocentemente. Pero más importante aún, nos enseña que aquellos más cercanos a la adolescencia no han desarrollado el nivel de maldad de un adulto, que seguramente abusara de ellos para sostenerse. No son ángeles, desde luego, y su organización tribal ha renunciado a la piedad o a la justicia, solo que no pueden llegar a la crueldad ni al crimen gratuito. Simplemente porque no tienen el resabio de la edad adulta.

Hay además en Anna un maravilloso componente poético. El ser humano está condenado a morir, como cualquier ser vivo, pero en nuestro tiempo esta idea se aplaza o se elude. Al fin y al cabo vivimos sanos hasta edad muy avanzada. El escenario de la novela nos sitúa en otra tesitura, mucho más inmediata. Crecer significa morir. La regla en las chicas o el asomo del bozo en ellos supone que contraerán la Roja, y agonizarán sin remedio. Pero ello no quita ocasión a que la solidaridad, el amor, la ternura, vayan saliéndonos al paso. Anna, que comienza siendo muy niña y que ovulará por primera vez hacia el final, tendrá ocasión de sentir la ternura de una madre hacia su hermano pequeño, la pasión incipiente de una adolescente enamorada, y la determinación de una adulta para buscar la salvación.

El autor de Anna afirmó en una entrevista a El País que “No tenía talentos particulares, no sabía qué me reservaría el futuro. Por desesperación, para pasar el rato, me puse a escribir”. Eso le motivó más que acabar la tesis de su carrera de biología. Y es que el mal de la literatura nos acecha con su veneno en cualquier parte, cuando menos lo esperamos.

Hace tiempo que Niccolò Ammaniti es una referencia en la literatura de su país, y si el resto de sus libros son así, promete convertirse pronto en un clásico internacional. Este libro, Anna, es uno de esos que nos reconcilian con el hecho de ser humanos. Y creanme, esto pasa cada vez menos a menudo.

La maldición gitana, Harry Crews

Porqué leemos. En general queremos que nos cuenten historias capaces de descubrir mundos y vidas en los que no hemos participado. El libro nos alcanza una realidad que en la vida gris y cotidiana no suele abordarnos. Menos aún si quien la protagoniza es Marvin Molar, un tipo deforme y sordomudo que tiene brazos con cincuenta centímetros de circunferencia.

Pero no es la apariencia de monstruo del protagonista la que hace buena literatura en La maldición gitana. Sus páginas hablan de una realidad que su autor, Harry Crews, conoció muy bien. Vivir en un mundo del que jamás te sientes parte, y en el que tienes que sobrevivir con tus deficiencias, y sin derramar una sola lágrima. Sería mucho pedir que en estas circunstancias uno sonriera, y lo cierto es que en La maldición gitana hay poco espacio para la sonrisa. Las situaciones grotescas son innumerables, pero solo dan lugar a la burla cuando Marvin Molar enfrenta el mundo, nunca en la intimidad de quienes le rodean, su familia y su novia.

La iglesia era una de esas fortalezas baptistas, un inmenso cúmulo de granito con cerca de diez chapiteles, un bloque cuadrado, vidriera y una cartelera negra plantada en el exterior con frase bonitas y el menú semanal. La frase bonita de esta semana era: ENTRA Y TEN TU FE ALZADA, que me pareció bastante lamentable y me da que era fruto de malos hábitos de lectura, de leer a los Wallace del mundo: Wallace Irving, Irving Wallace y Wallace Wallace. Debajo del oficio del Alzamiento de la Fe ponía lo que el predicador iba a hacer el domingo, algo titulado “Una lección de amor”, y debajo la concurrencia que había asistido últimamente. Suficiente para hacer vomitar a Dios. (Extracto de la traducción de Javier Lucini, editorial Dirty Works).

Marvin Molar, el enano de brazos musculados que escribe estas palabras, nació con dos deformidades, un cráneo sobredimensionado y un par de piernas ridículas que le cuelgan inservibles. Fue abandonado en la puerta de un gimnasio, cuyo dueño le ha criado, convirtiéndole en una criatura de feria que realiza actuaciones. Sesiones de equilibrismo sobre sus potentes brazos, posibles gracias al entrenamiento de su padre adoptivo, un tipo que de joven dejaba que los coches pasaran por encima de su musculado torso.

Con qué clase de personas puede relacionarse alguien así. La respuesta es más sencilla de lo que parece: con otros monstruos como él. Dos boxeadores sonados, y un padrastro con cierto retraso mental a raíz de un accidente en una de sus actuaciones que le aplastó el cráneo. Y qué ocurre si aparece alguien más o menos normal, y se convierte en su novia. Pues que en apariencia a Marvin le ha tocado la lotería, y una diosa del sexo calienta su cama sin dar importancia a sus deformidades.

Pero la vida no esconde cuentos de hadas. No lo hace para las personas nacidas sin deformidades, así que menos aún para Marvin. Esa es la verdad detrás de La maldición gitana, y Harry Crews sabe desvelarla con maestría, frases cortas y directas, y un lenguaje acorde a quien es su protagonista. Pocos imaginarán el final destinado a quien ha sido maldecido con estas palabras: ¡ojalá encuentres un coño a tu medida!

Harry Crews cuando ya era un autor consagrado. Se afeitó a lo mohicano, y se hizo un tatuaje en el brazo porque quería seguir siendo, pese a su éxito, un outsider. El verso de su brazo de escribir dice: ¿Cómo te gusta beneficiarte de tu muchacho de ojos azules, señor Muerte? Un fragmento del poema Buffalo Bill de E.E. Cummings. Fuente: Blood, Bone and Marrow, página para la biografía de Crews escrita por Ted Geltner.

El libro atrapa desde la primera página a la última, y no te suelta. Con una economía de expresión trabajada al máximo, solo sencilla en apariencia. Crews fue universitario y profesor de inglés, así que dominaba la técnica. Pero además fue hombre alcohólico, padre que vio morir a uno de sus hijos, y niño con una infancia terrorífica. Es un buen cóctel para ser escritor, si uno es capaz de sacar su propia mierda y crear con ella historias que reflejen la condición humana. Y vaya si lo consigue.

La maestría de Crews se comprende mejor al leer “Una infancia: biografía de un lugar”. Curiosamente ambas obras parecen ir ligadas en nuestro país a la figura de Javier Lucini, que es el traductor de de las dos. Y lo más parecido que yo imagino para un ángel del infierno metido a editor. Lo cual es un síntoma de que el mundo evoluciona a mejor, aunque últimamente las sociedades estén dando síntomas de todo lo contrario.

Este tipo es responsable de traducir, y conduce una editorial: Javier Lucini.

No es ningún secreto que me he convertido en fan de la editorial Dirty Works. Pero es que empresarialmente son una delicatessen en el panorama de pequeñas editoriales procurando ganarse la vida con obras de autores consagrados pero poco conocidos aquí. El criterio de Dirty es impecable, traer la literatura sureña de los Estados Unidos, y concretamente aquella de tipos tan jodidos como William Burroughs hijo, y semejantes. La aportación cultural de tal esfuerzo es impresionante. Máxime cuando hasta las grandes editoriales parecen hoy máquinas de imprenta, que lanzan productos de fácil consumo confiando en que dos de cada diez títulos funcionen, y los otros ocho vayan al infierno.

Sucias maneras de abrir un DW. Algo se me está pegando, temo.

Les dejo una pregunta que pueden responderse como mejor les parezca. ¿Por qué en un país desmoronado como éste, con tanta gente sufriendo, no aparecen novelas como las que publica Dirty Works, escritas por españoles? Les dejo una pista: sí se están escribiendo, pero no cuadrarían en ningún catálogo de los actuales. Un hecho que, como diría Marvin Molar, haría vomitar a Dios.

Jonathan Strange y el señor Norrell

Empezaré reconociendo que no suelo acabar los libros cuya acción no comienza hasta más allá de la página 250, y éste es el caso de la primera novela de Susanna Clarke. El argumento, dilatado a lo largo de 800 páginas, podría resumirse en cinco, lo que da idea de su cadencia. Cierto que en las últimas cien la conclusión se acelera, y de hecho uno comienza a leer más deprisa, casi ansioso por descubrir, al fin, cómo serán los caminos de la magia. Porque ese es el motivo principal que mueve la obra, la práctica de la magia. El género de la fantasía en la mejor tradición de Tolkien y Rowling.

De hecho podría parecer, por la fecha de publicación, que Jonathan Strange y el señor Norrell son fruto de la influencia de Harry Potter, pero los diez años que tardó Clarke en concebirla y ponerla por escrito, hacen suponer que J.K. Rowling fue posterior, o en todo caso, que se idearon a la vez. Esto, que sería insólito en las literaturas en otros idiomas, no tiene nada de raro en el mundo anglosajón, donde los libros de fantasía son considerados tan literarios como los realistas. No ocurre así en el caso del español, y aunque quizá semejante prejuicio esté siendo abandonado en la actualidad, la primera generación de escritores que se saltaron esa regla, aunque fuera parcialmente, fueron los del Boom Lationamericano. Cien años de soledad es sin duda el ejemplo más popular del que fue llamado realismo mágico, que tardó llegar al español tanto como alcanzó el influjo de Cervantes vilipendiando, con su Quijote, las quimeras. Algo semejante a lo que hizo García Márquez hace Clarke en esta novela ucrónica. Y es que, pese a que este libro esté en los estantes del género fantástico, lo supera saliéndose de largo por sus costuras.

Ilustración de la Guerra de la Independencia, por Portia Rosenberg. Incluida en la edición original, y en la versión española de la editorial Salamandra.

El argumento transcurre en la Inglaterra del siglo XIX, concretamente en el Período Regencia, cuando el rey Jorge III perdió la cordura, quedando la corona inglesa en manos de su hijo, como regente, futuro rey Jorge IV. Es el tiempo de Lord Byron y Jean Austen, y también el de una acomodada clase alta que vive ignorante de las estrecheces del pueblo llano. De este modo, Jonathan Strange y el señor Norrell se convierte en una ucronía, regresando fielmente al pasado para redibujarlo completamente. Y ensalzar, de paso, todo lo británico. La escritora hace un retrato fidedigno de una época en que dos tendencias confluyen, y eso lo muestra en sus dos protagonistas. Tanto Norrell como Strange son caballeros, pero uno representa los modos del XVIII y el otro las nuevas corrientes novecentistas. El señor Norrell, el mayor, usa todavía peluca blanca en su atuendo, vive retirado en su casa de campo, con sus libros, y es un perfecto erudito sin vida social. Strange es un caballero londinense, joven, amante de lo urbano y de los viajes. Ambos son magos, y a iniciativa suya, la magia comenzará a servir como apoyo a las acciones del gobierno inglés. Especialmente al librar las guerras contra uno de sus principales enemigos, Napoleón Bonaparte.

Clarke es de esas británicas que adora lo inglés por encima de todo, y que guarda una excelente opinión sobre los usos y costumbres de su país. Todo ello aporta a la novela un sabor tan británico como el del té. Pero no debemos interpretarlo como un defecto, ni mucho menos, sino más bien como un sabor que impregna las páginas, tanto como la vida rusa lo hace en Dovstoiesky, Tolstoy o Chéjov. A diferencia de las obras de aquellos, éste es un libro de argumento fantástico, y a ello se sacrifica la profundidad de los personajes, por lo que no podemos compararlo a las grandes novelas de la literatura universal, aunque sí equipararlo a los grandes libros de la literatura fantástica. La forma de narrar, y el tempo, son tan admirables, que incluso en la traducción que he manejado los hechos se concatenan de forma fluida y elegante, siendo un verdadero placer seguir su lectura. El trabajo de la traductora, Ana María De la Fuente, es excepcional, y la lengua inglesa fluye en español con una elegancia cervantina, que lo atrapa a uno. Lo que denota un trabajo en la estructura y sintaxis de Clarke absolutamente minucioso, y una comprensión absoluta de su lengua por parte de De la Fuente. Esta es la razón, de hecho, que me llevó a la página doscientas cincuenta, cuando ya comenzaba a declinar el planteamiento inicial, y que me ha tenido enganchado hasta su final.

Ahora bien, en Jonathan Strange y el señor Norrell no importa tanto el argumento como lo que relata, por contradictorio que esto pueda parecer. Pensar que puede existir lo imposible es uno de los mayores placeres humanos, pues de otro modo no nos hubiera acompañado, desde el inicio de nuestra existencia, los mitos de la narración. También Clarke nos otorga una posibilidad fantástica, y es que el reino fundado por el mítico Arturo, esa Inglaterra nacida de la Edad Media, con su tabla redonda y sus leyes, proceda realmente de la magia de un rey. En este caso, del Rey Cuervo, un humano raptado por los duendes de niño, y criado en los túmulos de las hadas, convertido en general de un ejército de duendes, y monarca de varias tierras, la real y la fantástica. En la novela, el Parlamento Británico acepta este hecho con total naturalidad, y admite la existencia de la magia como parte de su propia historia, incluso como una asignatura impartida en los colegios. Es más, acepta la colaboración de los magos en los asuntos de gobierno, y el propio Strange viaja a España para ayudar al duque de Wellington en su alianza con los españoles, a fin de derrotar a los franceses en la Guerra de la Independencia. Allí, Strange mueve carreteras y desplaza ciudades y bosques, sin tomarse el trabajo de devolver todo a su lugar. Fernando VII se queja después de este hecho al Parlamento, pero los ingleses poco menos que se lo toman a broma. Cabe decir que España es representada como una nación bárbara e incivilizada, lo que de hecho era en aquella época, y que el ejército de Wellington parece no contar con españoles entre sus filas, lo que no es demasiado fiel a la verdad. Se respira en todo ello, como en el resto del libro, ese pensamiento tan británico que les ha llevado al Brexit, y que bebe de la gloria pasada. Pero una vez más he de decir que sirve estupendamente a los propósitos del libro.

El mago Strange saliendo por un espejo después de descubrir los pasadizos que los unen. Ilustración de Portia Rosenberg.

La novela permite viajar a las guerras napoleónicas, al Londres de la alta sociedad, a Portugal y a España, y a Venecia, recreando algo que entre la clase alta británica del XIX se llamó el Grand Tour. Un viaje previo a casarse, que debía hacer todo caballero por Europa para acabar su formación, convirtiéndose en hombre de mundo. Lord Byron se lo tomó muy al pie de la letra, siendo uno de los primeros en viajar en algo parecido a una autocaravana actual, aunque en su caso no regresó nunca a su tierra natal. Tanto le gustó la libertad que encontró fuera de ella. Además de esto, el libro de Clarke tiene los ingredientes propios de los cuentos de hadas, mucha magia que permite lo imposible pero está sometida a reglas, grandes magos del tipo clásico, como el Merlín de Arturo, hechizos, duendes y personajes malvados de tipo élfico. En su final, sublime, una torre de oscuridad se eleva sobre uno de los barrios de Venecia, los árboles y bosques cobran vida, y los mundos mágicos y el real se confunden por un momento. Y todo ello, en una recreación histórica tan fiel, que uno podría estar leyendo una novela realista, escrita hace más de un siglo, dando así veracidad a la presencia de lo mágico.

Por si no fueran poco sus ochocientas páginas, hay además un permanente juego metaliterario, con abundante notas a pie de página. Otros cien folios con eruditas a una biblioteca de magia inventada, con títulos de volúmenes, editorial y año de publicación, así como abundantes leyendas y tradiciones mágicas. El libro, en fin, da para tres, y es capaz de seducirnos con su lectura desde la primera página a la última. En mi opinión personal, las evocadoras ilustraciones de Portia Rosenberg lo estropean algo, porque ponen cara a sus protagonistas, y ese debe ser un sagrado derecho reservado al lector. Pero esto sin duda son manías personales mías, y habrá quien las encuentre muy pertinentes. Por respeto a ambas autoras, he decidido incluirlas como parte de la ilustración de este artículo, tomándolas de la web de la autora.

Las vírgenes suicidas

Descriptiva portada del artista Whitecrow4545. Devian Art, fuente 

Jeffrey Eugenides es uno de los mejores novelistas actuales de Norteamérica. Su novela debut como escritor novel, Las vírgenes suicidas, es un libro que corta literalmente el aliento. Capaz de atraparte en sus páginas y no soltarte ni un solo minuto. Pese a que desde el título ya sepas cómo terminarán sus protagonistas. Esta es una de esas raras ocasiones en que no supone ningún problema que el encabezado de la obra destripe el argumento. Es casi un favor, para que puedas disfrutar del estilo elegante y fluido de su sintaxis, una especie de sostenido narrativo que nunca decae, llevándote por las páginas cogido del cuello. A través de un pavoroso infierno familiar, y una indiferencia en el entorno social casi absoluta.

Los Lisbon, el matrimonio que ha criado a cinco hermanas, es de talante conservador, y coarta la interacción social de sus muchachas adolescentes. El padre es un hombre gris, profesor de colegio, de vida rutinaria, que se desentiende un poco del himeneo que tiene en casa. La madre una mujer estricta muy preocupada por el despertar sexual de sus hijas, y bastante religiosa. Juntos, componen una pareja incapaz de dar respuesta a los conflictos adolescentes.

Los narradores de la historia son un un grupo de jóvenes amigos de las Lisbon, que rememoran lo que ocurrió en su juventud, durante los años setenta, en el vecindario. El barrio, como un personaje más, compone el escenario de interacciones, juegos, y posibilidades de conocerse de los niños, que van al mismo colegio y juegan en los mismos parques, primero, y luego comienzan a salir juntos.  El escritor ha dicho en muchas entrevistas que es, de hecho, un retrato de Detroit, donde él ya percibía los problemas que hoy aquejan a la ciudad. Dentro de ese universo, a medias entre los literario y lo real, la casa de los Lisbon también actúa como un personaje que se transforma, exhibiendo en su exterior lo que ocurre adentro. Este matiz es especialmente importante a medida que transcurre el argumento, llegando a su cenit cuando la narración sobre lo que está sucediendo a las protagonistas podemos saberlo solo por la contemplación de la fachada y las ventanas.

“¡Cuidado! Esta ciudad está infectada de adictos al crack. Cuida tus pertenencias y reza por tu vida. Tus legisladores no van a protegerte.”  Una de las señales del Detroit actual, una ciudad abandonada y en quiebra, escenario de “Las vírgenes suicidas”

El argumento es simple, casi previsible. El matrimonio Lisbon se ve desbordado por el intento de suicidio de una de sus hijas. Su carácter les impide abordar el asunto, como si fuera algo vergonzoso, y en general optan por hacer que no ha pasado nada. Después la madre organiza una fiesta en su casa para que sus hijas se relacionen, especialmente Cecilia, la que ha intentado quitarse la vida. La celebración queda interrumpida por la joven, que decide saltar por la ventana del segundo piso, matándose. Esta tragedia desencadena una carrera con dos oponentes, resumidos en la madre Lisbon. Continuamente oscila entre dar un poco más de libertad a sus hijas, y coartarlas completamente. Dos intentos de solución al suicidio de Cecilia, aunque esté lejos de aceptar que es ella quien propicia esa solución en un ambiente familiar absolutamente sofocante. Las opiniones de su marido, si las tiene, no cuentan demasiado.

Guía para jóvenes de la ciudad de Detroit, una portada que evidencia la libertad sexual de los jóvenes en la década de 1970, tan opuesta a la casa Lisbon. Fuente.

En aquellos momentos en que las Lisbon logran relacionarse con chicos, éstos las descubren como unas jóvenes atractivas y divertidas. Especialmente en la fiesta para que la propia madre les confecciona vestidos, permitiéndolas salir, y fijando la hora de regreso en las once. Lux, la mayor, regresa mucho más tarde, sola y en taxi, después de haberse acostado con su pareja. Y eso hace que finalmente hace prevalecer la idea del encierro en la madre Lisbon. A partir de ese momento, ninguna de las hijas saldrá de la casa. Posteriormente, la junta del colegio (aquí en España, la AMPA, Asociación de Padres y Madres de Alumnos) presiona al director para que expulse al profesor Lisbon. Si no ha sabido educar a su hija para que no se suicide, menos aún puede educar a los demás. Antes que el despido se haga efectivo, el señor Lisbon renuncia. Desde ese momento, la casa se cierra y sus personajes no salen más. Lo que ocurre dentro lo intuimos por apariciones fugaces de las hermanas, y por el grupo de narradores. Los chicos que salieron con ellos en la fiesta, y que parecen los únicos interesados en saber qué pasa.

Al novelista Jeffrey Eugenides, amante de clásicos como Tolstoy, no le seduce Thomas Mann. Fuente

La forma de reflejar la sociedad occidental de Eugenides es tan fiel, que uno piensa casi de forma inmediata en un libro basado en una historia real. Personalmente busqué en internet esperando encontrar un caso como el de “A sangre fría”, de Truman Capote. Pero no es así, y ahí es donde reside otra de las genialidades del libro. El autor no da explicaciones, jamás nos proporciona ni un solo monólogo de los Lisbon, ni conversaciones entre ellos que revelen su carácter -salvo alguna pincelada imprecisa del padre, y de Lux-. En realidad las protagonistas están completamente desvinculadas de los narradores, forzados a descubrir el argumento muchos años después. De hecho, uno de ellos toma voz hacia el final del libro para hacer mención de su barriguita y su calva, haciendo hincapié en que rememora una adolescencia muy lejana.

Pero lo que hace del libro una obra magistral es la madre Lisbon. The Big Bad Mum. Este personaje resume a la vez el estilo de la narración, y nos da la clave del título. Aparece en contadas ocasiones, la mayor parte de las veces indirectamente, siempre desencadenando la tragedia. No puede decirse que actúe por maldad, y de cara al exterior no parece más que una madre demasiado estricta. Es como esos vecinos simpáticos que un día, frente a nuestra misma puerta, han matado a su mujer después de una vida de maltrato. Nunca lo hubiéramos dicho. Porque no nos preocupamos de saberlo, y porque los signos hacia el exterior no eran lo suficientemente evidentes.

N.B. Existe una película basada en el libro y dirigida por Sofía Coppola, pero no la he visto, y es más, no pienso verla. Nunca lo hago cuando un volumen me ha fascinado tanto como éste, porque estoy en comunión con el autor, y cualquier narración que se construya sobre ésta ya no será lo mismo.

Nadie es neutral en un tren en marcha

Jóvenes estadounidenses adornan con margaritas los fusiles de la policía militar en una protesta contra la Guerra de Vietnam

La literatura está ligada a los libros de fantasía, pero a veces los que hablan de la realidad se vuelven literatura. A mi modo de ver, así ocurre con la historia que narra Howard Zinn en “Nadie es neutral en un tren en marcha”. En tres grandes capítulos, este profesor universitario y pensador norteamericano nos conduce por el Movimiento por los Derechos civiles, la Guerra del Vietnam, y la censura en la Universidad de Boston en la década de 1980. No hay planteamientos grandiosos ni narraciones de los procesos en sí. Simplemente, la voz de quien participó, casi de forma secundaria, en el movimiento que logró equiparar los derechos de negros y blancos en Estados Unidos, en la oposición civil a la intervención estadounidense en Vietnam, y en los derechos a manifestarse y oponerse al rectorado en la universidad.

Pocos acontecimientos, salvo el Mayo del 68 francés, están tan ligados a la protesta civil como el que abanderó Martin Luther King, y los “hippies” que no querían ser soldados en Vietnam. El cine lo ha hecho formar parte de nuestra cultura colectiva, especialmente a través de “La chaqueta metálica” de Stanley Kubrick, , “Apocalipsis Now” de Coppola, “Arde Missisipi” de Alan Parker, y “Adivina quién viene esta noche” de Stanley Kramer. Si se han visto estas cuatro películas, se es capaz de comprender las luces y sombras de ambos procesos.

Luther King dirige en Washington un discurso a los seguidores del Movimiento de los Derechos Civiles

Quienes hemos crecido, y sido educados, al amparo de una Constitución que reconoce las libertades y derechos civiles, damos por hecho que la expresión de nuestras opiniones está garantizada. No sólo a través de medios impresos o digitales, sino encauzados por medio de protestas en la calle, manifestaciones y asociación con grupos que presenten quejas. Es difícil concebir la vida desarrollándose en una sociedad donde los poderes están establecidos de tal modo que no pueden cambiarse. Pero pensemos que la concepción de la monarquía como una institución cuyo poder está sometido al Parlamento, y regulado por una Constitución, tardó en ser realidad, desde que se propuso, doscientos años.

“Los movimientos sociales pueden sufrir muchas derrotas, es decir, es posible que en el corto plazo no consigan los objetivos que persiguen, pero la lucha va erosionando la fuerza del antiguo orden y la mentalidad de la gente empieza a cambiar. Puede ocurrir que aquellos que protestan de momento se crean derrotados, pero no por esto quedan aplastados, sino que su capacidad de reaccionar les levanta el ánimo y les devuelve el valor.”

Lo que Howard Zinn hace es conducirnos en un largo viaje a través de la protesta social, y lo hace además en acontecimientos clave. Porque aunque nuestra memoria como colectivo humano sea extremadamente frágil, no es sino a partir de los años sesenta cuando los ciudadanos, agrupados en colectivos, demuestran que las leyes estatales pueden cambiarse sin violencia. En las huelgas revolucionarias del XIX, donde era impensable que los obreros reclamaran igual sueldo para mujeres y hombres, y no trabajasen los niños, se sucedían los asesinatos, luchas callejeras y toma de ciudades. Para conseguir que los negros tuvieran los mismos derechos que los blancos en Estados Unidos, hubo muertos, heridos y abusos, pero el Movimiento por los Derechos Civiles hacía sus planteamientos desde la no violencia. Ese punto de partida tan distinto impregna nuestra mentalidad social en el Occidente del siglo XXI, y pocas imágenes lo reflejan tan bien como el estudiante que se pone delante de un tanque en la Plaza de Tiananmén.

“Cuando un grupo que ha sufrido unos perjuicios se percata de que tiene que confiar solo en sí mismo, aun cuando este convencimiento pueda ir acompañado de amargas pérdidas en un sentido inmediato, a la larga se fortalece para luchas futuras. El espíritu de desafío nacido en Albany en aquellos tiempos de disturbios perduraría más allá de la “derrota momentánea” que tanto la prensa como sus corifeos lamentaron entonces de forma tan miope.”

Jóvenes con el símbolo de la paz se manifiestan en contra de la intervención militar estadounidense en Vietnam

Una de las características que eleva a literatura el libro de Zinn, no siendo un libro de ficción, es que no cuenta una historia de héroes y triunfos, sino de caídas y errores. Con una sencillez abrumadora, confirma que fue detenido y golpeado, como muchos otros, en las protestas por los derechos de los negros. Y con una convicción sin alharacas, nos enseña el camino de la protesta a través de la resistencia.

Vivimos, y es un hecho que me sorprende, en una sociedad que solo aprecia el triunfo inmediato. Si los seguidores de un partido político no ven cumplidas sus promesas enseguida, posiblemente dejen de votarle y se enfríe su entusiasmo. Es el modo de vivir propio del siglo XXI, completamente opuesto a las sociedades donde el legado familiar -un legado de convicciones y principios, no de dinero- se concebía como algo recibido de los padres y entregado a los hijos. Eso permitió que se emprendieran luchas de gran alcance, que duraron décadas e incluso siglos, para conseguir vacaciones pagadas para los trabajadores, o sanidad y educación universales. El Movimiento por los Derechos Civiles tardó once años en ver una ley que reconociera la igualdad, y muchos años más en verla aplicada en todo Estados Unidos. La Guerra de Vietnam duró casi dos décadas, aunque la intervención estadounidense sólo se prolongó ocho años. También la historia narrada en el libro de Zinn se extiende desde los años cuarenta a la década de 1980, en una peripecia personal y de acción civil que deja muchas enseñanzas.

“Durante la Segunda Guerra Mundial, nosotros -Estados Unidos, Francia, Inglaterra, el “mundo civilizado”, proclamamos el horror que nos producían los nuevos fenómenos que había traído consigo la moderna guerra aérea, el bombardeo indiscriminado de la población civil de las ciudades. El bombardeo japonés de Shanghai, el bombardeo italiano de los inermes africanos de Etiopía, las bombas arrojadas en Madrid durante la Guerra Civil española, los bombardeos alemanes de Conventry y Rotterdam, ¡pero claro, qué otra cosa se podía esperar de los fascistas! Pero hete aquí que vino la guerra y nosotros hicimos lo mismo, pero a mucha mayor escala.”

Evidentemente, Zinn es partidario de la igualdad racial, y no le gusta la guerra. Está en contra de ella con conocimiento de causa, pues armó buques de guerra y fue bombardero aéreo en la Segunda Guerra Mundial. Resulta por ello especialmente interesante su participación en los movimientos que se opusieron a la Guerra de Vietnam. El problema para los hombres jóvenes estadounidenses es que el alistamiento era obligatorio, y tenían que arriesgar la vida en un país lejano, evidentemente no defendiendo el territorio de su propia nación ante la invasión extranjera, algo legítimo. En 1968, y a raíz de las protestas de estos jóvenes, y quienes, como Zinn, les apoyaron, Nixon prometió en su campaña electoral que pondría fin a la guerra. Después no cumplió su promesa, pero a cambio es un presidente que, por este motivo y por haber espiado al partido rival (caso Watergate), es recordado con vergüenza en su país. Y hablo de una nación que idolatra a sus presidentes.

“En un libro que había publicado dos años antes (Desobediencia y democracia) había abordado la cuestión de si una persona que comete un acto de desobediencia civil tiene la obligación de entregarse para someterse al castigo correspondiente. En mi opinión, no tenía tal obligación y eludir la cárcel equivalía a persistir en su actitud de desobediencia civil y a continuar la protesta. (…) El pueblo es el último que necesita que sus derechos figuren escritos sobre papel porque, si es objeto de abusos o injusticias del gobierno o de la autoridad, puede actuar directamente sobre la injusticia, lo cual es la acción directa… En realidad, lo que necesitan leyes y derechos para aislarse de la acción física y directa del pueblo son el gobierno, la autoridad, las instituciones y las corporaciones.”

Camina con nosotros por la paz en Vietnam, reza la pancarta.

Lo mejor de “Nadie es neutral en un tren en marcha” es que permite varias lecturas. Una, que podríamos encuadrar en la ficción, la visión humana de un hombre común que transcurre a través de los acontecimientos de la historia. Otra, una visión periodística sobre los hechos acontecidos en esos movimientos civiles tan fundamentales. Y finalmente, un manual para el crecimiento personal en tiempos de inestabilidad y conflictos sociales, que son precisamente en los que vivimos inmersos ahora.

Portada de la edición del libro en español, Editorial Hiru

Todos los textos, tomados de la edición española hecha por Editorial Hiru, isbn 84-89753-61-X

Nota final: He usado deliberadamente la palabra negro para referirme a los hombres de piel oscura. Lo hago porque es una palabra del español que no tiene más connotación negativa que la queramos darle. En inglés, “niger” es el peor insulto que puedes hacer a un “afroamericano” u “hombre de color”, pero ese amansar el pensamiento por medio del lenguaje no es algo que me agrade. Tampoco creo que forme parte de la cultura hispánica. En España hay negros, mi hijo va al colegio con compañeros de esa raza, y con otras: chinos, japoneses, y lationamericanos. Tiene los ojos azules y el pelo rubio, y una piel muy blanca, por azares de la genética y los orígenes caucásicos. Pero él no ve como distintos a sí mismo a esos pequeños de ojos, piel y cabello oscuro, y yo no quiero transmitirle la idea de que afirmar en voz alta que su amigo es negro pueda considerarse un tabú. Soy español por azar, pero si me dieran mi nacionalidad a elegir, rellenaría el formulario con la palabra “humana”.

Gloria Fuertes, gran poetisa de adultos

Soy como esa isla que ignorada
late acunada por árboles jugosos,
en el centro de un mar
que no me entiende,
rodeada de nada,
-sola sólo-.

Tres edades, juventud tras la Guerra Civil, años cincuenta en Madrid, y consagración en la década de 1970.

No hay motivo alguno para leer poesía, y menos aún para que la autora de los versos sea Gloria Fuertes. Toda una generación, y tal vez varias, la vieron hace varias décadas como la poetisa vieja y vestida de hombre que hacía versos para niños. Esa producción del suya eclipsó todo lo demás, y no hay que preguntarse porqué. Lo que hay que saber es que Gloria fue pobre, y que después de haber corrido a los refugios antiaéreos de Madrid, para sobrevivir a los bombardeos, tuvo la determinación de escribir poemas, y de elevarse a sí misma, lesbiana y escritora, en la España franquista. ¿Qué hay en los poemas que desconocemos de ella? Contarlo es el motivo de mi artículo, así como dar al lector una oportunidad de hojear rápido sus versos. Hago esto porque en ella puede paladearse lo mismo el sabor a desesperación en un país vencido y pequeño -eso fue lo que dejó la Guerra Civil-, la altura mística, pero sin alas, de San Juan de la Cruz, y la sonrisa irónica de quien envejece para ver que la vida no va a devolverle nada, y tampoco a darle lo más mínimo, por mucho que le entregue. Así es para todos, pero cuando una poetisa lo atrapa con palabras, hay que leerla. De otro modo nos perdemos algo bueno de la existencia. Y para lo breve que es, ya es pena.

Antología y poemas del suburbio

Todos los míos han muerto
y estoy más sola que yo misma.

El suburbio es una palabra abandonada por la creída clase media española, pero quien mas, quien menos, ha crecido en un barrio humilde, y por tanto, en un suburbio. En esta primera colección nos habla de la realidades cotidianas vertidas a la poesía, y esa fue la característica de la Generación de los 50. Una radical modernización de lo que hasta el momento había sido palabra bella, como la entendió la Generación del 27, y que llevaba al extremo la voluntad de arrastrar por el suelo los versos. Alberti, profundamente comunista, quiso también dar al pueblo una poesía fácil, pero siempre dirigida y al objeto de educar, o de lucirse. Gloria Fuertes no lo hace así, sino que cuenta la realidad que la rodea, con el profundo pesar de quien ve, y comprende.

¿Que no soy mística porque canto el suburbio?
(…)
Yo no puedo pararme en la flor,
me paro en los hombres que lloran al sol.
Nadie sabe lo lírico que es
un mendigo que pide de pie.

En los diarios vienen circulares,
papeles hay pegados en la esquina
que prohíben comer pájaros fritos
¡y no prohíben comer hombres asados,
con dientes de metralla comer hombres desnudos!

La Luisa anda enredada con el Pepe.
Tere la castañera escupe raro
y su hijo el botones se hace golfo,
por lo demás aquí no pasa nada.

Setenta años es mucho,
muero viejo, cansado de trabajar,
dieciséis horas últimamente,
y no he ganado en toda mi vida
lo que gana un jugador en una tarde
dando patadas a un balón.
Por este bienestar, y esta armonía,
que me sube del pie a la garganta
sé que muero, (…)
ya no te despertará mi tos de madrugada (…)
mujer, hazte cargo, no es motivo que llores por tan poca cosa.

Aconsejo beber hielo

Déjate de canciones esta noche,
es mejor que apaguemos la luz y encendamos la lumbre.

Parece que Gloria Fuertes se hastía de tanta miseria como narra en el suburbio, y que prefiere mirarse adentro. Hay poemas donde explica cómo le nace el amor, cómo se cansa, cómo percibe su propia vida como extraña, porque no quiere casarse, ser madre ni tener un futuro, sino escribir aunque cene sopas de ajo y se vista en los saldos. Es importante para comprender su obra saber que literatura infantil y adulta se alternó siempre en su creación. Podemos comprobar que en el poema “El del pez” vemos asomar ya el verso rítmico y la narración intrascendente de sus composiciones para niños. Aunque esconda, como si la censura la hubiera corregido, una metáfora sobre su propio corazón y sus ansias. Luego, intermitente, vuelve al amor y a los pobres, no porque quiera mirar precisamente la miseria, sino porque la rodea en el barrio en el que vive. Hay, sin embargo, una capacidad para la sonrisa, que es con la que cierra este volumen, y que anticipa lo que ella será plenamente, con el poema Mi vecino.

Esto era un pez
sin orejas ni piel
– como una rosa
con espinas y sed-.
Era un pez ancho
que nació anteayer
y no tenía agua
donde poder
vivir lo que le dieron
de vida y de ser.

A veces me sucede que no me pasa nada,
ni sangre ni saliva se mueve en mis canutos;
la mente se me para y el beso se me enquista
y a siglos con pelusa me saben los minutos.

Cuando estamos ahogados de ceniza
y nos crujen los huesos de la espalda
y nos riñen los jefes sin mirarnos.
Cuando estamos dispuestos para todo
y hacemos letanía del suicidio.
Vemos, que el silencio ha bajado,
que nos tienden un cable (…)

Mi vecino

El albañil llegó de su jornada
con su jornal enclenque y con sus puntos.
Bajaron a una tienda a por harina,
hicieron unas gachas con tocino,
pusiéronlo a enfriar en la ventana,
la cazuela se cayó al patio.
El obrero tosió:
– Como Gloria se entere,
esta noche cenamos Poesía-.

La poetisa en su etapa como becaria en Estados Unidos

Todo asusta

Asusta querer mucho y que te quieran (…)
asusta ser feliz, asusta el fuego,
sobrecoge la paz, se teme algo,
asusta todo trigo, todo pobre,
lo mejor, no sentarse en una silla.

No hay broma, aunque esté, sino profundidad en el poema Todo asusta que abre el volumen. Y aquí reside una de las razones para leer a Gloria Fuertes, el que, como ella dijo, escribo bajo para que me entendáis bien. Alcanza realmente a tocar lo humano con sus versos a partir de esta obra, con una gran madurez de estilo y temas. Hay en este caso que reproducir versos sueltos, verdaderas perlas, que podrían escribirse en todo tiempo. No olvidemos que Gloria está atada al tiempo en que escribe, y que incluso cuando se mira adentro nos narra la España en que vive, sin citarla. En Todo asusta hay ya la confrontación con una Dictadura que impone su miedo y su dureza, y que no deja ver más horizonte que, una y otra vez, lo mismo.

Cambiamos de gobierno y nada se mejora.

Le fuimos suicidando poco a poco,
y era buena persona.

Tener un hijo hoy,
para echarle en la boca del cañón,
abandonarle en la puerta del Dolor,
tirarle al agua de la confusión.

Miedo da a veces coger la pluma y ponerse a escribir,
miedo da tener miedo a tener miedo,
yo por ejemplo que nunca temí nada (…)

Dan pena los mendigos,
los mendigos de letras,
los mendigos de duda,
los mendigos de ciencia,
esos sí que dan pena.

No te acongojes hombre,
que todo, nada dura.
Cuando llegue ese día,
el de mayor sosiego, (…)
siempre habrá un árbol
que nos ofrezca amable cuatro tablas;
por pobre que seas; que hayas sido,
al final se te dará palmo de tierra (…)
y podrás disponer de aquellas flores,
que a otros muertos les lleven su familia.

Es obligatorio silenciar que hay tumultos
porque pueden echarte del trabajo,
y si cantas verdades la celda te preparan,
te preparan para el llanto, porque es obligatorio…
sufrir siendo persona.

Ni tiro, ni veneno, ni navaja

Ni tiro ni veneno ni navaja,
teniendo que tener un amor vivo
del cielo no me baja la mortaja. (…)
La vida es un maldito sube y baja
un baja y sube que destrenza paces,
y sólo haces bien si el amor haces.

Hay una vuelta atrás y un ir adelante en este libro de poemas, porque encontramos todo lo que ya había en los anteriores, miradas lúcidas, canto al amor sin lirismo, y contemplación triste de cuanto nos rodea. El lenguaje se complica, para lo que ella es, y alcanza así mayor altura, más vuelo. Significativo al respecto es el modo en cómo narra el modo en que nacemos, saliendo del vientre de la madre:

Esta primera puerta que cruzamos
pintada está de rojo.
Por honda herida salimos
de las profundidades de una cueva,
donde el amor el asco o la costumbre
de dos obreros tristes nos fabrican
en una agotadora jornada de segundos;

Nací para poeta o para muerto
escogí lo difícil (…)
Nací para puta o payaso
escogí lo difícil
– hacer reír a los clientes deshauciados- (…)

Poeta de guardia

Maletilla de las letras
por los caminos de España;
sin hacer auto-stop a los catedráticos,
ni a los coches oficiales
ni a las revistas que pagan…
– sólo a los camioneros y a las tascas -;

Uno puede leer a los poetas del Siglo de Oro español, y no solo su poesía, sino las obras de teatro, y también, porqué no, las novelas -Lope de Vega las tiene interesantes-, y hallarse en su presencia con “Poeta de guardia”. No sé si fue lo mejor que escribió Gloria Fuertes, pero pienso que en la España de posguerra qué otra cosa pudo leer sino los clásicos -como tantos poetas españoles-. Y qué bien supo impregnarse de lo profundamente español para verterlo. Un poemario magistral, de hondas reflexiones, lúcida visión y madurez estilística. Lleno de verdades como puños dichas así, a su estilo en el que parece estar comentando lo que pasa sin darse ni un átomo de importancia. Y dejándote, cuando lo piensas, medio derruido al lado del bordillo.

Homenaje de Google en el 99 aniversario de su nacimiento.

Esto sí, a mitad de él se vuelca en los poemas de amor. La maestría sigue allí, con más pasión y profundidad de las que había alcanzado nunca. Hay además en esta etapa de su biografía un antes y un después, porque entrará por primera vez en una universidad -norteamericana- para dar clase. Además de hallar al amor de su vida, la hispanista Phyllis Turnbull. Singularmente las palabras en inglés se cuelan en algunos de sus poemas, haciéndolos así bilingües. No es tanto un capricho o un esnobismo, sino la intuición de escritora acerca de que una verdadera traducción es imposible. También hay una mirada a la ciencia, y al mundo, un salirse de España. Usa la teoría de la evolución y el tiempo del ser humano sobre la Tierra para demostrar lo poco que somos, y asegura que “Ya no tienen quietud ni las estrellas” en relación al primer astronauta ruso que llega al espacio.

Sale caro, señores, ser poeta. (…)
Trabajo como esclavo llego a casa,
me siento ante la mesa sin cocina,
me pongo a meditar lo que sucede.
La duda me acribilla, todo espanta;
comienzo a ser comida por las sombras
las horas se me pasan sin bostezo
el dormir se me asusta se me huye
– escribiendo me da la madrugada-.

Vivir: compás de espera,
si esperas algo bueno es esperanza,
si esperas algo malo tienes miedo,
el miedo y la esperanza se barajan;
aunque te haya tocado el caballo de la muerte,
en este juego a cartas que es la vida
gana el que más sonrisas ponga sobre el tapete.

¿A qué viene ese orgullo?
¿Tú sabes que vienes de las algas?
Hace falta valor para ir al cine,
habiendo tanto que ver por las esquinas (…)

Vivimos de la muerte.
Morimos de la vida.
Tenemos un padrastro,
tenemos una herida.
Tenemos la verbena
tenemos cataclismos,
y nunca somos dueños
ni de nosotros mismos.

Existe eso que huye
lo que cuesta trabajo
lo que puede comprarse sólo con mil lágrimas seguidas,
lo que te dice No, si preguntas si existe,
eso existe.

Cuando te nombran
me roban un poquito de tu nombre;
parece mentira
que media docena de letras digan tanto.

¿Para qué a estas alturas preocuparme,
– escribir en revistas, hojas muertas o libros? (…)
Escribir sobre tu cuerpo
con los dedos mojados en el vino.

Aprendí en el Dolor – ¡vaya cartilla!-,
luego sólo dos libros he estudiado,
el corazón que tengo en este lado,
y el helado folleto de la mente.

Haga el favor de darme una chaqueta,
comida o pantalón no tengo nada.
Si tiene usted mi pie unos zapatos.
Soy sordomudo y solo y casi viejo. (…)
Miradme.
No puedo hablar,
soy sordomudo de verdad.
(Devuélvame el papel no tengo copia)

La poetisa Gloria Fuertes en su mesa de trabajo

Cómo atar los bigotes del tigre

Hay un antes y un después en la Gloria Fuertes que acude a enseñar a Estados Unidos, y que regresa de allí para seguir aquí su trayectoria de maestra, enseñando español a norteamericanos en el Instituto Internacional. Los premios se suceden, y con Poeta de Guardia publicado, ya en 1972 puede dedicarse por entero a la literatura. Es un éxito personal como escritora acompañado de una gran tragedia como persona. Un año antes muere el amor de su vida, Phyllis Turnbull. Y si su imagen pública, y aquello por lo que será más conocida, la literatura infantil, parece un continuo juego, en su poesía cala una hondura, anunciada ya, que la consagra definitivamente como referente literario en español. El poema “Nada de suicidarse”, con su último verso “¡Que las larvas esperen por ahora!, refleja a la vez su amargura, y su voluntad de seguir adelante. A la par, el lenguaje fluye, mirando adentro y hacia fuera, asiendo además lo profundamente humano, y por tanto, lo poético.

Por ella entra y sale la fulana de la angustia…
… La dejé entrar en casa,
y me pidió quedarse,
(…)
La zorra de la angustia
anoche llegó mala…
¿Y cómo voy a echarla
su me vino preñada de esperanza?

(…) te acuestas SOLO en el colchón de clavos
que es la temible ausencia.

Cuando aquí da el horror la media noche,
(…) siete letras por tu nombre -se me clavan-, (…)

– Ahí va Gloria la vaga.
– Ahí va la loca de los versos, dicen,
la que nunca hace nada.

CIUDAD -fin de jornada-.
Tanto vivo en el metro va de cuerpo presente
con los ojos cerrados de cansancio o de sueño;
los escupe la boca del suburbano,
y caminan… caminan…
sin mirar que atardece,
que el cielo está bonito.

He dormido en el andén del metro
– por miedo al despellejo de metralla-
(…) y la noche después de los deshaucios (…)
dormía entre estropajos y asperones
en la tienda del tío cacharrero.
(…) Y a pesar de estos golpes de fortuna
ya veréis porqué tengo buen talante:
he dormido a las penas una a una,
y he dormido en el pecho de mi amante.

(Sobre la bomba atómica)
¡Asco!
Petrifica cunas.
Fundiendo cuerpos bramas
con tu voltaje devorador.
¡Maldita sí maldita bomba de nuevo tipo
y por siempre maldita tu raza y tu historia!

Sola en la sala

Este título continúa al anterior, y es para mi gusto el mejor de su obra, por lo que significa. Quien lo escribe es una poetisa consagrada, que ya no ha de temer la pobreza ni que un humilde trabajo la separe de su vocación de hacer versos. Lejos de envanecerse, la lucidez de su mirada sobre el mundo es absoluta. “Parece que tengo de todo / pero al bajar del Rolls / me pisé los harapos / de cuando era triste.” Puede ser capaz, con la mínima expresión, de dar mucho en cada verso, y los juegos reservados a la literatura infantil tienen algo de la greguería de Ramón Gómez de la Serna, pero llevada a lo serio. “Se bebe para olvidar una cosa / y se olvida todo menos esa cosa.”

Ojo con los seres observantes

Inútiles esponjas que nunca valen
para limpiar la herida.
Observantes
de sucio guante
o de la caraduría
o de la cara corbata
o del nuevo tumor.
Especialista en “joles” de hospitales
en pésames
en duelos
los que nunca te llaman cuando cuelgas un cuadro en un museo.

Lápida en la tumba de Gloria Fuertes. Fuente: Fundación Gloria Fuertes.

Entrégate al dolor hasta que se harte.
Concéntrate en él
y en el que todo nada dura;
y no hagas aspavientos.
Así el dolor se enfriará asqueado
ante tu indiferente misticismo.

A los hombres que ríen con tristeza

A los hombres que ríen con tristeza,
a los otros alegres que sollozan,
a los presos con vocación de santo,
a las putas que iban para monjas,
a los ricos que nacieron nada
y a los gusanos con motora,
dedico
mi vasito de leche
y a dormir…

Se llamaba Gloria Fuertes García. Su obra ha sido estudiada por hispanistas norteamericanos, principalmente. La han dedicado doodles en Google, y hasta en las líneas aéreas escandinavas han bautizado aviones con su efigie. Por su obra poética debiera figurar con derecho, y como una más, entre los poetas de la Generación del 50. Por su desarrollo de la literatura infantil, como pionera de un género que sigue considerándose menor, pero que vive hoy el mayor de los auges. Qué vamos a hacerle, Gloria. Nadie es profeta en la tierra de España, menos aún si en ella nace. Bien lo sabes tú desde tu cielo. Qué orgullosa irás, por los aires, en la cola de un avión que escupe humo.

Imagen de Gloria Fuertes en el avión de Scandinavian Airlines

El último Vostiaco

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El último Vostiaco, Diego Marani, Editorial Gadir

Qué es una lengua cuando desaparece. No desde luego la anecdótica forma de comunicación de un grupo humano, sin el cual la humanidad puede sostenerse y sobrevivir. Si así fuera no tendría importancia alguna, a diferencia de si mañana hubiéramos olvidado para siempre cómo se fabrican las penicilinas. Perder un idioma no nos pone en peligro, y sin embargo reduce a nada la interpretación de la vida que un grupo de personas ha desarrollado en un lugar de nuestro planeta.

Es por ello que El último vostiaco, de Diego Marani, uno de los más hermosos libros que he leído jamás, no habla de una lengua rara del norte de Europa, sino de la incapacidad de ciertos seres humanos para comprender el mundo del otro. Nosotros los occidentales hemos desarrollado una sociedad como única verdad, con sus lenguajes oficiales, que debe imponerse -a nuestro juicio- sobre el pobre indígena del Amazonas que jamás ha oído hablar de la medicina, la ciencia o la ropa.

Marani parece haberse inspirado para crear su vostiaco en los pueblos nómadas que aún pueblan Siberia
Marani parece haberse inspirado para crear su vostiaco en los pueblos nómadas que aún pueblan Siberia

Su argumento es de esos que se relegaría al apartado de lo raro, porque nos sumerge en un mundo académico de lingüistas, y no se me ocurre disciplina científica más alejada del vivir cotidiano. Efectivamente, lo que nos presenta Marani es un entorno intelectual plegado hacia sí mismo e hinchado por el ego del conocimiento. Pero magistralmente le opone la corriente de pensamiento de un vostiaco animista. Es decir, de un hombre de tribu, un ser puro que interpreta el mundo conforme a las creencias de su cultura. Y que, como una lección de vida, no se detiene en su viaje, porque interpreta lo mismo la naturaleza y la ciudad como un entorno que hay que traspasar valiéndose de su conocimiento. No importa si lo que le acechan son osos y frío dispuestos a devorarle, o coches y policías incapaces de entenderle.

“- Una lengua que muere es como un hombre que muere. Por desagradable que sea, es un hecho biológico: otras nacen, otras morirán. Como los hombres, las palabras también deben adaptarse para sobrevivir. Las que se gastan, las que se alejan de su significado, están condenadas a desaparecer -.”

El vostiaco vive refugiado en los bosques, después de haber estado años encerrado en una mina soviética, obligado a realizar trabajos forzados. Cuando regresa a su tierra natal, su tribu no está ya allí, y no es capaz de encontrarla. Una lingüista rusa le descubre por azar, percatándose que es el último portador de una lengua desaparecida. Su estructura demuestra una teoría llamada “esquimaloaleutiana”, según la cual en el espacio geográfico que va desde el Báltico a las grandes llanuras de Norteamérica se hablaban lenguas pertenecientes a un mismo tronco. Esta teoría no es parte del argumento de Marani, sino que existe de verdad entre los lingüistas, con defensores y detractores.

“Cuando Ivan se hizo hombre, nadie en la mina sabía quién era aquel indígena nervudo y de baja estatura, de cara aplastada y pómulos salientes como un tártaro. Quien conocía su historia hacía tiempo que había muerto. Los demás tenían miedo de aquel silencio inexplicable que se asemejaba a la locura.”

 

El escritor Diego Marani
El escritor Diego Marani

El problema es que en la novela la existencia del vostiaco es una contrariedad para un famoso profesor y lingüista de Helsinki. Él defiende una teoría, llamada “panugrofinesa”, sobre la superioridad de la cultura finlandesa, origen de los europeos y por tanto los hablantes más antiguos del continente. Los extremos a que va a llegar para defender su tesis, sobre la que ha construido su vida, incluso cuando constata que los hechos la desmienten, lleva el argumento hacia la novela negra. Aunque sólo es un matiz, porque el vostiaco y su corriente interior de conciencia, siempre presente, mantienen el tono poético de la narración. Eso, y el increíble viaje que realiza.

Marani nos depara aún un último descubrimiento cuando finalmente enfrenta a su vostiaco con la sociedad. La música, que ha estado siempre presente en la narración, y que es el lenguaje que él usa para comunicarse con su desaparecida tribu, y con el mundo que le rodea, termina por acercarlo a occidente. En una sala de conciertos, los músicos le llevan al escenario, porque ha respondido al canto de las guitarras eléctricas y los saxos tocando su tambor de piel de animal. Y todos contemplan, admirados, a alguien que no parece pertenecer a su mundo, que no habla su lenguaje, ni lo comprende. Pero que es capaz de comunicarse con la humanidad a través del lenguaje más universal de todos.

“…Iván se puso en pie de un salto. ¡Aquélla era su música! ¡Era el ritmo que los cazadores del Taimir seguían en sus tambores para hacer salir a los osos! … Tiró al suelo el saco, se llevó al pecho el tambor, y él también empezó a tocar la canción del oso enloquecido. … Los músicos abandonaron las partituras y ajustaron sus instrumentos al ritmo endiablado del tambor de Iván, mientras la gente batía palmas entusiasmada creyendo que aquel individuo desgreñado y vestido de pieles fuera otro artista del grupo folclórico estonio Neli Sardelli que aquella noche se exibía con un repertorio único.”

El vostiaco, cuando por fin habla, canta. Y su canto se contagia. Incluso los animales levantan la cabeza en el bosque y los peces se ponen a seguir al barco del que sale esa música.

“Cantaban a voz en grito, sin entender ni una palabra los turistas finlandeses borrachos levantando sus jarras de cerveza … Ninguno de ellos sabía que lo que estaban cantando era el antiguo vostiaco … ni que a miles de kilómetros de distancia … los indios algonquinos de las reservas pronunciaban de la misma manera…”

 

Cuadro "Campesino quemando maleza", de Van Gogh, elegido por la editorial Gadir para ilustrar la portada de la edición española
Cuadro “Campesino quemando maleza”, de Van Gogh, elegido por la editorial Gadir para ilustrar la portada de la edición española

Admiro a Marani, y no únicamente como escritor. Hace años que me declaré adepto de su defensa elegante y universal de la lengua. Porque él insiste en que ningún lenguaje debe conservarse puro, sin mezclarse con el vecino. Pueden decírselo al español, que ha tomado palabras y estructuras del árabe, el francés, el inglés, el incaico y el azteca, y de un sinnúmero de lenguas. Marani parece hablarnos a nosotros, los hispanohablantes, cuando afirma que la pureza lingüística es una invención ideológica de los estados. Aunque, naturalmente, extrapola sus tesis a todo lo humano. Y afirma además que hay que aceptar que algunas lenguas mueren, y que no se las puede proteger “ni con leyes ni con tanques, sino alimentando la cultura y manteniendo viva la sociedad que habla esa lengua”.

Pero quizá la mejor lección de este escritor, fuera de sus libros, sea su opinión sobre el inglés. Lo denomina un medio de comunicación formidable, pues no sólo nos pone en contacto con gran parte del planeta, sino que facilita un lenguaje para el entendimiento universal de todos los seres humanos. “Y lejos de renunciar a su fuerza, cada lengua local debe aprenderlo y domarlo con una actitud activa, no sufriéndolo.”