A Voyage in the clouds, alta literatura en un libro infantil

La literatura infantil suele ser considerada un arte menor, escasamente tenida en cuenta por los autores de ficción adulta, o relegada al área de los libros de texto. Peor aún, algunos escritores consagrados, considerándola facilona, se lanzan a escribirla, habitualmente con muy pobres resultados. Por eso hoy voy a hablar de un libro álbum, ese formato de libro ilustrado para niños que está dando origen a verdaderas joyas en todo el mundo. Posiblemente, éste sea uno de ellos.

Un viaje por las nubes, la casi verdadera historia del primer viaje en globo entre Inglaterra y Francia
Un viaje por las nubes, la casi verdadera historia del primer viaje en globo entre Inglaterra y Francia

Además de sus cualidades literarias y sus excelentes ilustraciones, lo disfrutarán igual niños y adultos. Este es un aspecto importante y no sé si suficientemente considerado. Son padres y abuelos quienes tienen que leer los cuentos, y es importante que también a ellos les gusten.

Su título llama la atención por la mezcla de francés e inglés, y describe además su contenido, al modo de los viejos libros anteriores al siglo XIX. “A Voyage in the Clouds: The (Mostly) True Story of the First International Flight by Balloon in 1785”. “Un viaje por las nubes: la (mayormente) verdadera historia del primer vuelo internacional en globo de 1785”.

El uso de ambos idiomas en el título no es algo casual, pues la narración nos habla de la colaboración entre un piloto de globos francés, Jean Pierre Blanchard, y un acaudalado caballero estadounidense, John Jeffries. El cual, por cierto, se comporta de modo muy británico: en 1785 tan sólo hacía dos años que Gran Bretaña había reconocido la independencia de su colonia americana.

- ¡Le has negado a la gente mi discurso! - No había tiempo, Doctor. El viento estaba a nuestro favor.
– ¡Le has negado a la gente mi discurso!
– No había tiempo, Doctor. El viento estaba a nuestro favor.

El autor del texto, Matthew Olshan, ha sido capaz de alternar diálogos, narración larga, narración corta, información, chistes y carácter de los personajes, todo en uno. Con el hilo conductor de una rivalidad permanente entre ambos protagonistas, muy interesados en demostrar la superioridad de su nacionalidad frente al contrario. Es uno de los aspectos más divertidos del libro, resueltos con gran pericia literaria. Sobre el Canal de La Mancha, saludan a un barco al que desean buen viaje a través del Canal (así lo llama John, caballero inglés) o de La Manche (como lo denomina Jean Pierre, piloto francés). En el despegue, Jean Pierre alza el vuelo antes de tiempo para ahorrar a los espectadores el largo discurso que trae escrito su compañero John. Y antes de todo eso, las discusiones son frecuentes en cuanto a las disposiciones tomadas para el viaje en globo. El inglés recuerda que la expedición es posible gracias a su dinero, mientras el francés le recuerda que sin su experiencia como piloto no podrían llevarla a cabo.

Todo esto hace muy amena la narración, que tiene su crescendo cuando el globo comienza a perder gas. Obligados a tirar cuanto llevan en la barquilla, ambos caballeros han de desprenderse de todo cuanto llevan encima. Y aquí es donde hay que hablar de las ilustraciones realizadas por Sophie Blackall. Especialmente de aquella en que ambos protagonistas, vueltos de espaldas al lector, y el uno al otro, dudan si quitarse la única prenda que todavía les cubre… sus partes íntimas.

Amigos para siempre. Y sus inseparables perros, también.
Amigos para siempre. Y sus inseparables perros, también.

Sin duda este libro es una de esas muestras de cómo texto e ilustración deben coordinarse para alumbrar un buen libro álbum. Pero además Blackall ha aportado, de manera sutil, mucha información sobre la época. El viaje, efectuado en 1785, respeta en las ilustraciones vestuario, interiores de casas, utillaje de los viajeros, y un sinnúmero de detalles que forman, por sí mismos, una completa información sobre el final del siglo XVIII en Europa.

En suma, es un magnífico libro informativo, con gran calidad literaria, que aúna, además, narración e información. Puede leerse como ficción o como libro informativo. Y su final manda además un mensaje sobre el modo de abandonar las diferencias, y encontrar la amistad, superando juntos las dificultades. Aventuro que no tardaremos en verlo publicado en español, tanto en España como en Latinoamérica. Mientras tanto, el New York Times lo ha incluido como uno de los mejores libros informativos del año 2016. Fue publicado en octubre por la editorial Farrar, Straus, Giroux, del grupo McMillan. En su versión original es también un buen manual para enseñar el idioma a los niños.

El contenido histórico del álbum es también muy interesante. El piloto francés, Jean Pierre Blanchard, fue un verdadero entusiasta del vuelo. Hizo demostraciones con sus globos por toda Europa, y realizó viajes que constituyeron auténticas hazañas en su época. Tanto es así, que el presidente de los Estados Unidos, George Washington, presenció personalmente uno de sus vuelos. Su final fue trágico, pero consecuente con su pasión. En 1808 tuvo un paro cardíaco mientras viajaba a bordo de su globo, cayendo de la barquilla, y muriendo. Pero su mujer se había contagiado ya de ese amor por la aeronaútica, y continuó con su trabajo, realizando otros sesenta ascensos tras su fallecimiento. Siendo así una de las primeras mujeres piloto de la historia. Lamentablemente, tuvo la desafortunada idea de lanzar fuegos artificiales desde su globo, provocando un accidente que acabó con su vida.

Detalles informativos para generar preguntas.
Detalles informativos para generar preguntas.

En cuanto al caballero estadounidense que protagoniza este viaje en globo, fue médico, científico, y cirujano militar. Su interés en el vuelo estuvo asociado a la meteorología, en la que fue pionero. Sus mediciones, realizadas un año antes al viaje del que trata el libro álbum, fueron hechas en 1784, sobre Londres. Y subió en globo específicamente para el estudio científico del aire a altitudes elevadas. Cabe decir que hoy las altas y bajas presiones en la atmósfera constituyen la base del modelo de predicción climática. Por todo ello el National Weatherperson´s Day (Día Nacional de los Meteorólogos, celebrado en EEUU el 5 de febrero) fue creado en su honor, para honrar la labor de los meteorólogos de ese país.

PD y declaración de independencia: Ni la editorial McMillan, ni su asociada Farrar, Straus, Giroux, y tampoco los autores del libro tienen relación alguna conmigo. No me han pagado, seducido ni sobornado para hablar bien de ellos. Me gusta leer, y compartir mis descubrimientos. Este es uno de ellos.

Sobre las ilustraciones: la mayoría de imágenes que incluyo del interior están recortadas para respetar los derechos de los autores, y las limitaciones que impone el copyrigth. Su difusión está hecha con el único propósito de dar a conocer el contenido del álbum.

La máquina se para, de E.M. Foster

Imaginemos por un momento que en un momento del futuro pueda producirse una tormenta solar de parecidos efectos al evento Carrington, de 1859. Si en aquel momento del siglo XIX los sistemas de telégrafo se colapsaron, y la sobrecarga en el cableado eléctrico produjo graves incendios, imaginemos lo que sería en el presente. Nuestros sistemas de satélites, que posibilitan las telecomunicaciones, dejarían de funcionar. Ningún tipo de corriente llegaría a los enchufes de nuestras casas y oficinas. Privados de alimentos, de teléfonos, y de internet, la comida fresca apenas duraría dos o tres días. El agua dejaría pronto de manar por nuestros grifos, privadas las bombas que la mueven de energía. Y en las grandes ciudades en que vivimos ponerse a cultivar la tierra, o a criar gallinas, no sería una opción. Sobre todo, porque no podríamos consultar Google para saber cómo se hace.

El Sol con una pequeña tormenta solar en su lado derecho. A diferencia de ésta, la columna de fuego que produjo el efecto Carrington salió despedido cientos de kilómetros hacia el espacio. Fuente: NASA
El Sol con una pequeña tormenta solar en su lado derecho. A diferencia de ésta, la columna de fuego que produjo el efecto Carrington salió despedido cientos de kilómetros hacia el espacio. Fuente: NASA

Esta posibilidad tan poco conocida de nuestro futuro es la base argumental de “La Máquina se para”, de Edward Morgan Foster. Quien conozca al autor de “Regreso a Howard End” o “Una habitación con vistas” debe olvidar todo ese reflejo de la hipocresía social británica dominante a principios del siglo XX. Este libro no es nada de eso, y si hubiéramos de clasificarlo, admitiría la adscripción tanto al género de ciencia ficción, como al de la distopía tecnológica, a una hermosa historia de amor entre una madre y un hijo, o tal vez todo eso a la vez. Cuando una obra admite tantas clasificaciones, sin encajar en ninguna, es que hay una gran narración detrás. Y felizmente, podemos disfrutarla gracias a Ediciones El Salmón.

Una vez más tengo que hablar de esas pequeñas editoriales que han llenado el panorama de nuestro país con una calidad y un criterio llamado a educar a otra gran generación de autores futuros. La gran literatura nace de la crisis y de la posibilidad de leer, y muchas veces más de la primera que de la segunda. Mientras llegan esos tiempos, en Ediciones El Salmón desarrollan una idea de negocio que revolvería las tripas de los gurús en las escuelas de negocio. Porque usando obras libres de derechos, las venden a precios asequibles -9 euros me costó “La Máquina se para”- y reinvierten las ganancias para seguir publicando. Recomiendo severamente visitar su web para aprender de sus comentarios, catálogo, y de su revista Cul de Sac. Esta última promociona la reflexión, y eso no es algo que suceda a menudo hoy en día.

Primera edición de la novela, como narración corta, incluida en el libro de relatos "The eternal moment", 1928.
Primera edición de la novela, como narración corta, incluida en el libro de relatos “The eternal moment”, 1928.

“En aquellos tiempos, la musculatura constituía un demérito. Todos los niños eran examinados al nacer, y los que auguraban una fuerza física desproporcionada eran destruidos. Los partidarios del humanitarismo podían protestar, pero había sido una crueldad dejar vivir a un atleta; nunca sería feliz en las condiciones de vida que la Máquina le asignaba.”

Foster se muestra increíblemente lúcido, dado que la novela se publicó en 1928, para anticipar un mundo futuro que ya constituye nuestro presente. No sólo porque las ciudades modernas nos obligan a ir a gimnasios para recuperar nuestra fuerza física, sino porque en “La Máquina se para” sus humanos viven de forma aislada, comunicándose entre ellos mediante una tecnología muy parecida a internet.

“Cerca está un lugar al que puedo llegar rápidamente por mi propio pie, no uno al que puede llevarme deprisa el tren o la aeronave. Lejos está un lugar al que no puede llegar rápidamente por mi propio pie. (…) El hombre es la medida. Ésa fue la primera lección.”

Pero la novela sólo nos presenta una apariencia de ciencia ficción donde una humanidad alienada ha entregado su libertad a la tecnología. Debajo de ese ropaje late el conflicto generacional entre una madre y su hijo. Él busca desesperadamente la comprensión a su conducta en el seno materno. Pero la sociedad humana ya no proporciona semejante cosa, y de hecho ella contempla las actividades de su hijo Kuno como una alteración impúdica de las normas.

“Yo estaba desnudo, la humanidad parecía estar desnuda, y todos esos tubos y botones y maquinarias no habían venido al mundo con nosotros, ni nos acompañarán cuando salgamos de él, ni tienen tanta importancia mientras estamos aquí.”

Kuno no está conforme con aceptar el dogma de que es imposible vivir fuera del mundo subterráneo dirigido por la Máquina. Con más ánimo exploratorio que rebelde, realiza un doloroso viaje hacia la superficie. Doloroso, porque el ser humano ha perdido su capacidad muscular, y ascender la torre de ventilación para ver cómo es la Tierra le implica descubrir qué es sudar o sentir tirones. Y también porque, una vez fuera, padece el trauma de tener que respirar, y moverse sin ayuda.

Kuno, protagonista de la novela de Foster, en el capítulo que trasladó la novela a la televisión británica. Fuente: http://www.bfi.org.uk/
Kuno, protagonista de la novela de Foster, en el capítulo que trasladó la novela a la televisión británica. Fuente: http://www.bfi.org.uk/

Vashti, la madre, vive bajo tierra, como el resto de la humanidad, en un entorno perfectamente controlado. La Máquina provee de todo lo necesario para cubrir sus necesidades: calor, luz, comida, descanso. No siendo necesario trabajar, ella se dedica a dar conferencias, y a estar en permanente contacto virtual con sus amigos, mediante un sistema análogo al actual internet. Sin moverse, eso sí, de su pequeño cubículo, pues la idea de entrar en contacto físico con otras personas, o desplazarse, le resulta, simplemente, repugnante. Igualmente despreciable resulta atender la insistencia de su hijo Kuno en llamarla, y peor aún, en verla en persona.

A fuerza de insistir, Kuno logra reunirse con Vashti. Pero si esperaba comprensión o respuestas, estaba equivocado. Lo que recibe es el destierro, sinónimo de muerte, porque el Consejo, una especie de gobierno que domina la sociedad, bien aconsejado por la Máquina, dicta tal sentencia contra todo el que trata de salir a la superficie. Y todo esto a su madre le parece perfecto. Quiere permanecer ciega y sorda a lo que Kuno le cuenta, a la posibilidad de que pueda existir un mundo sin la Máquina, a que la humanidad pueda vivir sin ella, y que la Máquina no quiere que ésta lo sepa.

Vashti y Kuno hacia el final de la novela, tal como fue emitido en la televisión británica en 1966. Fuente: http://www.bfi.org.uk/
Vashti y Kuno hacia el final de la novela, tal como fue emitido en la televisión británica en 1966. Fuente: http://www.bfi.org.uk/

Incluso el final de este libro parece una anticipación de nuestro presente, y tal vez de nuestro futuro. Porque la Máquina acaba parándose, como el título indica. En realidad sufre continuas averías que van privando a los humanos de sus comodidades. Pero éstos van aceptándolo como un proceso necesario para conservar a su Máquina, ya casi convertida para ellos en un dios. Cuando el colapso tecnológico es total, la humanidad subterránea, imposibilitada de salir de los túneles, ahora sin luz, en que vive, se enfrenta a la muerte.

Foster, tal como fue pintado por Roger Fry, pintor perteneciente al Grupo de Bloombsbury.
Foster, tal como fue pintado por Roger Fry, pintor perteneciente al Grupo de Bloombsbury.

Y no seguiré, porque no quiero desvelar el final del libro, ni el destino de Vashti y Kuno, a quien, habiendo leído esta reseña, tenga ganas de leer la novela de Foster. Sólo añadiré que, como prueban los párrafos transliterados, la traducción de Ediciones El Salmón es magnífica. Conserva esa elegancia narrativa del autor, su fluidez de palabra, y la amplitud terminológica de su prosa. Así que muy atentos a su próximo lanzamiento de “La lengua vulgar” de Pier Paolo Pasolini. Porque los que creemos que los grandes retos de nuestro presente ya se produjeron en el pasado, y tal vez sea hora de consultar a nuestros muertos, a ver cómo los resolvieron ellos.

Trabajo sucio, de Larry Brown

Una novela para estar en los altares de cualquier biblioteca
Una novela para estar en los altares de cualquier biblioteca

Me acerco por primera vez a las páginas de Larry Brown en español casi con miedo de ver qué encontraré en mi idioma. Su inglés sureño, del sur de los Estados Unidos, hace en el idioma original algunos de los pasajes incomprensibles. Y no es que dude de la traducción, sino de que el lenguaje pierda fuerza al volcarse al español. Al principio, la verdad, quedo un poco defraudado por la prosa facilona, y un lenguaje aséptico, carente de jerga, y que no parece reflejar el nivel cultural de los protagonistas. Pero se me pasa enseguida. Y, la verdad, acabo preguntándome porqué “Trabajo sucio” no tiene tanta fama como “Johnny cogió su fusil”, de Dalton Trumbo.

El equipo de DW. Fuente www.dirtyworks.com
El equipo de DW. Fuente http://www.dirtyworks.com

Los lectores españoles están teniendo la enorme suerte de que en su país surjan sellos editoriales independientes, dirigidos por grandes lectores. Dirty Works (DW) es uno de ellos, y además la editorial responsable de haber publicado, y traducido, “Trabajo sucio”. La editorial no sería lo mismo sin Javier Lucini, Nacho Reig, Rosa van Wyk e Iban Sainz Jaio. La entrevista en Jot Down habla por sí misma de estos amantes del sur estadounidense, que además cuidan exquisitamente la edición. Merece la pena leerla de cabo a rabo, y descubrir que Lucini es, en sí mismo, un personaje, un escritor, y un rockero. Y si eso ya es fascinante de por sí, el catálogo de DW es como para tenerlo, completo, en la mesilla de noche.

Pero hablemos de “Trabajo sucio”, y de Larry Brown. Para hacerse una idea de lo poco conocido que es, carece de una entrada en la wikipedia en español. Con todos sus defectos, la enciclopedia online es un recurso fácil cuando no sabes quién es alguien, y te sitúa para buscar más información. Gracias al vídeo de una corta entrevista, en inglés, volcada por Lucini en su twitter, descubro a un escritor amante de reflejar a personajes rotos. Lo primero que viene a la cabeza, entonces, es una larga lista de escritores que con una prosa descarnada y una cierta afición a la bohemia, nos descubrieron que en literatura se puede también hablar con estilo de las cosas sucias de la vida. Desesperación, pobreza, drogas, sexo, alcohol, prostitución, como un fin en si mismo, inaugurado en mi opinión por “Las flores del mal”, de Baudelaire. Hablo de una larga lista, que va desde Céline a Buckowsky, y, naturalmente, William Burroughs. Pues bien, Larry Brown no es nada de eso, porque lo supera de largo.

Ilustración para la portada de "Trabajo sucio", de Iban Sainz Jaio.
Ilustración para la portada de “Trabajo sucio”, de Iban Sainz Jaio.

Brown fue un tipo sin formación, que hubo de ir a una academia de verano para reforzar la asignatura de lengua. Bombero, entre otras muchas cosas, aprendió a dominar su lengua a base de escribir -mal, al principio-, y de fracasos editoriales. Tenía una vocación de caballo, y una capacidad enorme para observar a los desgraciados, contar su historia, y conmovernos. Profundamente. Sin usar un solo adjetivo. Esto es lo que hace en “Trabajo sucio”. Esto, y una narración paralela entre dos personajes, los dos protagonistas, ambos soldados, ambos en un hospital de veteranos, ambos con unas secuelas, a consecuencia de sus heridas, terribles. Y lo mejor de todo, en una novela que no es antibelicista, sino humanista.

Porque si al principio la historia transcurre lenta y simplona, y te descoloca porque dos personajes tan absolutamente reventados no rabian, ni se quejan, ni se desesperan, te va agarrando el corazón (por no decir de un sitio más feo) hasta tenerte cogido del todo. Uno podría vomitar por lo injusto que es el mundo con la juventud que es mandada a un servicio militar, y a luchar en la guerra, y luego se desentiende de lo que les haya pasado. Pero en “Trabajo sucio” piensas más en la condición del veterano, de vuelta en la vida civil, con lo material solucionado, y sin ninguna esperanza vital más allá de estar vivo.

A dónde podría conducir una historia como ésta. Lo cierto es que hasta muy avanzado el libro, Brown consigue despistarnos para que no nos demos cuenta de que se masca la desgracia. Una desgracia lenta y contenida, como todo lo demás, lo que la hace más trágica. Pero es que hay una historia paralela, corriendo ante nuestros ojos, que cierra el único rayo de esperanza que nos había abierto el libro. Brutal.

Edición norteamericana del libro, por la editorial Algonquin
Edición norteamericana del libro, por la editorial Algonquin

Entiendo que Larry Brown no sea universalmente conocido. Es un escritor de mucha altura, que posiblemente con el tiempo sobreviva a muchos otros que ahora tienen más fama. Ahora bien, nadie venderá muchos libros contando lo horrible que es el mundo. Me lo dijo una lectora una vez, y fue una gran lección. Para el que quiera aprendérsela.

Comentar, por último, que el diseño editorial de DW es una obra de arte. Lejos de preocuparse únicamente por lo estético, el tipo de papel, impresión, y encuadernación, responde a lo que quienes amamos los libros reclamamos. Calidad, belleza, y consonancia con el contenido. Eso, y el toque de una ilustración en portada que, intuyes, es un aterrador instrumento quirúrgico, obra de Iban Sainz Jaio. Claro que este ilustrador es uno de esos tipos de aquí que hacen unos dibujos como para quedarse tonto mirándolos. Con la lectura llega a saberse lo relevante que resulta. Son los toques, en fin, de unos editores de raza, que acabarán siendo conocidos por todos, y vendiendo cientos de miles de libros.

Portada de la edición DW
Portada de la edición DW

PD. y declaración de independencia: el autor de este artículo no tiene relación alguna con Dirty Works, no le han pagado por él, ni por los elogios, y su única relación con ellos es haberles comprado un par de libros.

Frankestein, el hijo de la Revolución Francesa

Representación de Frankestein en la primera edición del libro de Shelley, en 1817
Representación de Frankestein en la primera edición del libro de Shelley, en 1817

El final de la novela “Frankestein o el moderno Prometeo”, de Mary Shelley, termina con la destrucción. No sólo del monstruo en sí, sino de la idea científica en que se basan los trabajos de su creador, el doctor Victor Frankestein. Pero su comienzo es absolutamente brillante, porque el tesón y el talento de un científico obtienen un logro tan importante como devolver la vida a un muerto. Lo mismo ocurrió, según la opinión de muchos intelectuales de la época, con la Revolución Francesa. Había comenzado con unas propuestas de cambio y mejora en la sociedad brillantes, y terminó en un lamentable, e indiscriminado, baño de sangre.

Uno de los desengañados fue el padre de Mary Shelley, William Godwin, pensador y filósofo. Primero en afirmar que el estado aparentaba preocuparse por nosotros individualmente, pero que en realidad sólo vigilaba las transacciones privadas, para gravarlas con impuestos. Progresista y reaccionario a la vez, propugnaba que los medios de comunicación debían prohibirse, y que los discursos políticos perjudicaban a la sociedad, por basarse en sentimientos, y no en la razón. Sólo la educación de la gente alumbraría un mundo perfecto, y eso exigía un modelo social con mayor igualdad. Miró con simpatía los inicios de la Revolución Francesa, desengañándose cuando el Terror la transformó en un baño de sangre.

Georges Danton, promotor de la Revolución, ministro de justicia y partidario de la ejecución del rey Luis XVI, fue guillotinado durante el Terror.
Georges Danton, promotor de la Revolución, ministro de justicia y partidario de la ejecución del rey Luis XVI, fue guillotinado durante el Terror.

Su hija Mary recibió su pensamiento como influencia, y de manera especial, la preocupación de su padre a raíz de lo que estaba ocurriendo en Francia durante el “Reino del Terror”. Es precisamente en esta etapa, liderada por Robespierre, cuando miles de personas son ejecutadas en la guillotina. Diariamente las plazas se llenan de espectadores que pueden contemplar, en rápida sucesión, decenas de ajusticiamientos. El problema es que los descabezados no son sólo líderes que se opongan a Robespierre o al Terror, sino cualquiera que sea acusado por su vecino de ser contrarrevolucionario. Los juicios son populares, rápidos, y sin garantías.

Tal baño de sangre desengañó a intelectuales como Godwin de que pudiera cambiarse la sociedad mediante la revolución, y a concluir que tal método sólo podía conducir al desorden y la muerte. Además Europa identificó a partir de entonces a los jacobinos con el Terror. De entre los diferentes grupos revolucionarios, éste era defensor ideológico del sistema republicano. Fueron reprimidos por Robespierre, pero en la mentalidad de los contrarrevolucionarios europeos, claramente monárquicos, eran la personificación de todos los males. Unos monstruos no mejores que el propio Frankestein.

Pero si la génesis de la novela como intento de un científico de mejorar el mundo pudo nacer inspirada por Godwin, en realidad sus innovaciones, hoy muy presentes en el género de terror, nacieron gracias al abad Agustin de Barruel. Antiguo jesuita, fue creador de una teoría de la conspiración absolutamente popular en su época. De acuerdo a la misma, los masones y la secta de los illuminati se habían puesto de acuerdo para acabar con el cristianismo. Su vía de acción era la Revolución Francesa, y sus motivaciones, el culto al diablo y la adoración de Satanás.

A Mary Shelley, y a su marido Percy, les fascinó la obra de Barruel, publicada en 1797, con el título “Memoria para servir a la historia del Jacobinismo”. Un verdadero bestseller de su tiempo. Los detalles de la gran conspiración, inventados, basados en rumores, o de fuentes desconocidas, hablaban de reuniones secretas, de acuerdos en callejones oscuros y solitarios, y de personajes tan anónimos como siniestros. Casi parecía más una novela gótica que un ensayo. En la novela de Shelley el robo de cadáveres, el experimento de devolver la vida al monstruo, y numerosos detalles del argumento, parecen tomar como fuente al preocupado abad francés.

Supuesto símbolo de los illuminati, o de los masones, en los billetes actuales de dólar estadounidenses
Supuesto símbolo de los illuminati, o de los masones, en los billetes actuales de dólar estadounidenses. Fuente: Thinglink

Es evidente que ningún libro puede escapar totalmente a su época, y es casi una ironía del destino que Frankestein, novela por excelencia de terror, tuviera parte de su génesis en el Reino del Terror de Robespierre. El monstruo de Shelley acaba con todo lo que ama su creador, su propia obra científica, y las personas a las que quiere. La Revolución Francesa también acaba matando a sus hijos -Robespierre, como otras tantos líderes, muere a manos de revolucionarios descontentos con el Terror-; y el mismo proceso revolucionario termina en Napoleón, que se corona como más que rey, como emperador.

Para aquellos a quienes hayan acometido ganas de releer la obra, debe advertirse que en la actualidad existen tres versiones. La publicada en 1817 es la más dura y descarnada, además de poco conocida. La que se imprimó en 1818 está corregida por Percy Shelley. Y la que universalmente leemos hoy fue reescrita por Mary Shelley en 1831. Para entonces su marido había muerto ahogado. Enterrado en la playa primero, para cumplir con las leyes de la cuarentena, y desenterrado al mes, su cadáver fue quemado a la orilla del mar. El corazón no ardió, y uno de los asistentes al “funeral”, el novelista Edward Trelawney, lo rescató de las cenizas. Para entregarlo después a su esposa Mary Shelley, que lo conservó de por vida, sin separarse jamás de él. Y sin duda reescribiendo las páginas de su Frankestein en presencia de tan macabro recuerdo. Romanticismo en estado puro. O, si se prefiere, puro terror revolucionario.

El aspecto de este corazón momificado de momia es similar al que tendría el de Percy Shelley. Fuente: Revista Española de Cardiología.
El aspecto de este corazón momificado procedente de Egipto es similar al que tendría el de Percy Shelley. Fuente: Revista Española de Cardiología.

Todas las ediciones existentes de “Frankestein o el moderno Prometeo”, en español, aquí.

El jardín de las delicias, de Ian Watson

Publicación en español de la editorial Martínez Roca
Publicación en español de la editorial Martínez Roca

No concibo que a Ian Watson se le empiece por otra parte que no sea El Jardín de las delicias, pese a que lo general es recomendar Empotrados. A este autor, que escribe en inglés y vive en Gijón, lo encontraréis enmarcado en la ciencia ficción. En el caso de esta novela, la razón es que sus protagonistas son astronautas que llegan a otro planeta, extrañamente habitado. Pero ahí acaban las coincidencias con el género.

En El Jardín de las delicias la exploración espacial es una mera excusa para dar veracidad a un relato delirante, cuyos protagonistas recorren el cuadro de El Bosco que da título a la obra. Un óleo sobre tabla compuesto de tres cuerpos, donde están representados el Edén de Adán y Eva, el Infierno, y el Paraíso. El despliegue de imaginación del pintor está enlazado con toda una galería de figuras simbólicas, algo muy apreciado en el Medievo y Renacimiento. Citaré como único ejemplo una surrealista taberna en el infierno, contenida en el torso de una figura humana, cuyo rostro se vuelve hacia atrás para contemplar lo que pasa en su interior. Se corresponde, como el resto de composiciones del tríptico, con pasajes del propio libro de Watson. Aquí el autor alcanza la cima literaria de su argumento, con un grupo de celebrantes, a los que se unen los protagonistas en una orgía de sexo y vino. Algo relativamente fácil, pues su primer impulso, apenas aterrizan en el planeta-cuadro es desnudarse. Al fin y al cabo todos sus habitantes han renunciado a la ropa, y disfrutan de los placeres carnales en modo “amor libre“.

Detalle del cuadro de El Bosco
Detalle del cuadro de El Bosco

Toda la obra es un viaje de búsqueda mística por el óleo de El Bosco. En realidad los astronautas están intentando dar una explicación lógica a la inteligencia extraterrestre que ha creado la vida en el planeta, siguiendo un modelo tan surrealista como el de la obra pictórica. Pero mientras lo hacen, profundizan en el conocimiento de sí mismos, e indagan sobre la realidad de ser humanos, y de la relación de lo humano con Dios. De modo análogo a lo que hizo Dante en su Divina Comedia, pues es evidente que Watson ha tomado algún préstamo del autor italiano.

Mezcla de alucinación lisérgica, reflexión filosófica, manual de religiosidad new age, y recorrido pictórico por la obra de El Bosco, la novela podría ser un bodrio infumable. Sin embargo, Ian Watson es capaz de aligerar los problemas de fondo del argumento recurriendo al género de la ciencia ficción. El lector puede evadirse de la parte filosófica, si así lo desea, mientras es arrastrado con maestría por unos mundos muy sugerentes, donde hasta el diablo cumple su papel a la perfección. Y lo más importante de todo, sin necesidad de echar ni una sola mirada al cuadro de El Bosco para disfrutar de la narración.

No me gusta el final, sin embargo. Watson se ha metido en un complicado jardín cuya salida intenta, a la vez, ser de altísimo nivel filosófico, que no alcanza, y quedar perfectamente explicado. Mi consejo es disfrutar hasta la entrada de los protagonistas en El Edén, y no sentirse culpable si cerramos el libro a partir de ahí.

PD.: La edición en España, en español, de este volumen, fue realizada por Martínez Roca en 1986. No abunda en las librerías de viejo, pero aún es posible encontrarlo si uno pregunta, y rebusca.

 

La carta de Roald Dahl a favor de las vacunas

La carta de Roald Dahl a favor de las vacunas

Si alguien ha tenido hijos y no conoce a Roald Dahl, es hora de ir a las librerías y bibliotecas, e incluso hacerse con las películas que han adaptado sus obras. Si no ha tenido hijos y no lo ha leído nunca, también. Porque Dahl es mucho más que un autor de literatura infantil, es además un gran transgresor, que supo aportar al género crueldad, maldad, gamberrismo y altura intelectual. Todo lo que apasiona a los jóvenes lectores, y que exigen los adultos. Puede que haya quien haya visto “Charlie y la fábrica de chocolate” de Tim Burton, la “Matilda” dirigida por un inesperado Dany DeVito,  o “Mi amigo el gigante” de Steven Spielberg, sin caer en la cuenta de lo que tienen en común: un mismo autor.

Oilivia Dahl y la defensa de las vacunas por Roal Dahl
Roald Dahl con su familia. Olivia, la primera por la derecha, con el perrito.

Pero hoy quiero hablar de algo mucho más triste que la literatura, y es la muerte de su hija Olivia por una enfermedad hoy tan aparentemente banal como la rubeola. Murió a causa de ella, con sólo 7 años, en 1962. El autor escribió su carta en 1984, porque aunque a algunos les pueda parecer una moderna corriente a la que sumarse, ya existía por entonces el movimiento en contra de la vacunación. Es a sus defensores a quien Dahl habla, y he querido traducir aquí sus palabras, porque creo que los escritores no sólo hacen literatura en sus obras. Y a veces merece la pena leer lo que escribieron fuera de sus libros.

“Olivia, mi hija mayor, cogió la rubeola cuando tenía siete años. La enfermedad cursó según sus síntomas habituales, por lo que me dediqué a leerle en la cama, sin alarmarme demasiado. Entonces una mañana, cuando ella parecía estar ya recuperándose, me senté en su cama para enseñarle cómo hacer animales con limpiapipas de colores, y cuando la animé a hacer uno por ella misma, me di cuenta de que sus dedos y su mente no trabajaban coordinadamente, y que ella no podía ya hacer nada.

– ¿Te encuentras bien?-, la pregunté.

– Tengo sueño”-, me dijo.

En una hora entró en estado de inconsciencia. En las siguientes doce horas estaba muerta.

Foto de Olivia Dahl antes de su enfermedad y muerte
Foto de Olivia Dahl antes de su enfermedad y muerte

La rubeola había evolucionado a una variante terrible llamada rubeola encefálica, y no hubo nada que los médicos pudieran hacer para salvarla. Esto sucedió hace veinticuatro años, en 1962, pero incluso hoy, si un niño contagiado de rubeola evoluciona como Olivia, sigue sin haber nada que los médicos puedan hacer por él.

Por otra parte, hoy hay algo con lo que los padres pueden asegurarse que semejante tragedia no les suceda a sus hijos. Pueden insistir en que sus niños sean inmunizados contra la rubeola. Yo no pude hacer tal cosa por Olivia en 1962, porque por aquellos días no se había descubierto una vacuna contra la rubeola. Hoy existe una vacuna segura y disponible para cualquier familia, y lo único que tienen que hacer es pedir a su médico que se la administre.

Todavía no se ha admitido universalmente que la rubeola puede ser una enfermedad peligrosa. Créanme, lo es. En mi opinión los padres que reúsan inmunizar a sus hijos están poniendo en riesgo sus vidas. En América (EEUU), donde la inmunización contra la rubeola es universal, lo mismo la rubeola que la viruela se han, virtualmente, erradicado.

Aquí en Gran Bretaña, a causa de que tantos padres rechacen, lo mismo por ignorancia que por miedo, inmunizar a sus hijos, tenemos miles de casos de rubeola cada año. Además de eso, diez mil sufrirán efectos colaterales debido a ella, de un tipo u otro. Al menos diez mil desarrollarán infecciones pulmonares. Y alrededor de 20.000 morirán.

Dejemos que esta idea penetre en la gente.

Cada año mueren veinte mil niños en Gran Bretaña por rubeola.

Asi que, ¿cuáles son los riesgos que corren sus hijos al ser inmunizados? No hay tales riesgos. Escuchen esto. En un distrito de 300.000 habitantes, habrá sólo un niño cada 250 años que padezca efectos secundarios debido a la vacuna contra la rubeola. Es una posibilidad entre un millón. Deberían considerar si es más posible que sus hijos mueran atragantados con una onza de chocolate antes que se pongan gravemente enfermo por la inmunización contra la rubeola. Así que, ¿de qué se preocupan? Es casi un crimen no vacunar a sus hijos. El momento ideal para hacerlo es a los trece meses, pero nunca es demasiado tarde. Todos los niños escolarizados que aún no hayan sido vacunados contra la rubeola deberían rogar a sus padres que los inmunicen lo antes posible.

El gigante bonachón (The BFG) ilustrado por Quentin Blake
El gigante bonachón (The BFG) ilustrado por Quentin Blake

Accidentalmente dediqué dos de mis libros a Olivia, el primero fue “James y el melocotón gigante”. Fue cuando aún estaba viva. El segundo fue “El gigante bonachón”, dedicado a su memoria después de que hubiera muerto por rubeola. Usted verá su nombre al inicio de cada uno de estos libros. Y yo sé cómo de feliz sería ella si sólo pudiera saber que su muerte ayudó a salvar de la enfermedad y la muerte a otros niños.

(La carta original en inglés aquí)

Es casi obligado mencionar la base científica que llevó a Louis Pasteur a descubrir la efectividad de inocular pequeñas cantidades de bacilos en el ser humano, lo que llamamos vacunación. No es otra que cuando superamos una enfermedad contagiosa nos inmunizamos contra ella, porque nuestro sistema defensivo aprende a reconocer sus agentes infecciosos. Nuestras abuelas y bisabuelas ponían a sus hijos a dormir juntos, para que los hermanos pasaran de una sola vez el sarampión, o la varicela, y en general todas esas enfermedades de los niños, de las que hoy se inmunizan con las vacunas. No eran unas madres con cultura científica, y en muchos casos incluso apenas sabían leer o escribir, o directamente no sabían. Pero se comportaban de forma mas científica que algunos de quienes hoy viven en la sociedad de la información. Eso debería hacer reflexionar a algunos. Eso, y pensar cuánto no hubiera dado Roald Dahl por una cura para su hija Olivia.

A mi no me gustan los libros

Cuando una persona me dice que no le gustan los libros, siempre quedo convencido de que nadie ha tenido la paciencia de encontrar para él, o ella, el libro que le gustaría.  No es extraño, dado lo mareantes que resultan la lista de novedades editoriales anuales, las librerías y sus interminables estantes, los catálogos editoriales, las reseñas, los consejos de amigos, las recomendaciones, y el acumulado de publicación de la cultura humana universal. Eso, por no hablar de los prejuicios a que nos induce nuestra educación, y que exige que una vez superados los dieciséis no leamos libros juveniles, pero sí a Stevenson y su Isla del Tesoro, porque es un clásico, o a Melville y su Moby Dick por lo mismo. La ciencia ficción no es literatura, pero varias obras de Asimov están en esas listas chorras de “1.001 libros que hay leer antes de morir” (¿de aburrimiento?).

La mayor biblioteca dedicada a la conservación de manuscritos y libros raros, en la Universidad de Yale.
La mayor biblioteca dedicada a la conservación de manuscritos y libros raros, en la Universidad de Yale.

Este es un blog para acabar, en la medida de lo posible, con esas ideas, y con los pervertidos que determinan qué puede, y no puede, leerse. Estarán todos los géneros, sin censuras. Y todo, hecho por un escritor a quien todo lo que ha leído -varios miles de libros- aún le parece poco, que sigue descubriendo autores y lecturas cada día, y cuyo único ánimo es descubrirle a otros esos tesoros de los que es capaz el ser humano. Somos una especie capaz de las mayores atrocidades, ruindad y mezquindad, pero ciertos individuos, al ponerse a escribir, me devuelven la confianza en que merezca la pena no extinguirse. Ya veremos.